Fraternidad religiosa. El hombre, semilla de eternidad
Elevemos, pues, hoy nuestra oración y nuestra gratitud a Dios por nuestro querido hermano, el pastor Norberto Ruffa.
La Sagrada Escritura nos dice: "Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto". Esta palabra no habla solamente de la naturaleza, sino también del misterio más profundo de la vida humana, de la vocación, del servicio y de la eternidad.
La vida del hombre se parece a ese grano de trigo: madura con la palabra de Dios, recibe fuerza de la fe y luego cae en la tierra, no para perderse, sino para dar fruto en Dios con una vida nueva. Del mismo modo, cada don que Dios siembra en el alma humana es una semilla: si el corazón es tierra buena, si la vida está abierta a Dios, esa semilla brota, crece y produce mucho fruto, convirtiéndose en alimento, consuelo, luz y esperanza para muchos.
Una semilla así había recibido nuestro querido hermano espiritual, el pastor Norberto Ruffa. Y no dejó que esa semilla quedara estéril. Con la calidez de su corazón, la sencillez de su fe y la fidelidad de su servicio, hizo de ese don un fruto vivo. Su vida fue palabra; su palabra, consuelo; su presencia, fraternidad; y su ministerio, testimonio del amor de Cristo. El don que había recibido no lo guardó para sí, sino que lo compartió con muchos, por medio de su palabra, de sus obras, de su oración y de su amor.
Hoy decimos que ha concluido su camino terrenal, pero la fe cristiana nos enseña que quien duerme en el Señor no se pierde. Pasa de lo temporal a lo eterno, del servicio en esta tierra al Reino de la luz y de la paz. Y aunque ya no esté visiblemente entre nosotros, las semillas de su vida siguen creciendo en los corazones de otros. El amor que sembró, las palabras que pronunció y el testimonio que entregó continúan dando fruto.
Elevemos, pues, hoy nuestra oración y nuestra gratitud a Dios por nuestro querido hermano, el pastor Norberto Ruffa. Que el Señor conceda descanso en Su luz a su alma fiel, y nos dé también a nosotros la sabiduría de no olvidar jamás que ninguna semilla sembrada con amor se pierde ante Dios, sino que, a su tiempo, da fruto en la tierra y en la eternidad.
*De la Iglesia Apostólica Armenia en Córdoba, integrante del Comipaz


