Editorial. La transformación del mercado de trabajo
La estabilidad de las tasas de desocupación en la Argentina oculta un derrumbe crítico de los ingresos, que fuerza a miles de trabajadores hacia la precariedad y el pluriempleo para subsistir.
La realidad del mercado de trabajo en la Argentina atraviesa una transformación silenciosa y profunda.
Los indicadores tradicionales de desempleo, que permanecen en niveles estables, ocultan una erosión sistémica del bienestar de la población.
El verdadero núcleo del conflicto no reside en la falta de puestos, sino en la insuficiencia de los ingresos reales.
Las autoridades –en especial las que diseñan las medidas económicas– deben entender que la posesión de un empleo ya no garantiza la salida de la pobreza ni la previsibilidad económica de los hogares.
En el Gran Córdoba, el fenómeno de los "ocupados demandantes" ilustra esta crisis con una nitidez alarmante. Este grupo, integrado por personas con trabajo que requieren de forma activa otro puesto o más horas, alcanza a 30,2% de la población económicamente activa.
Esta cifra duplica la media nacional y revela una presión salarial sin antecedentes en la región. El desplome del salario real, que en sectores estatales nacionales registra caídas de hasta 40%, fuerza una reconfiguración drástica de la vida cotidiana y familiar.
Este cambio de paradigma transforma la estabilidad del empleo formal en un recuerdo lejano para amplios sectores de la sociedad. La informalidad laboral creció de modo acelerado y se posiciona como el único "colchón" posible frente a la expulsión del sistema registrado.
Ante la escasez de vacantes con plenos derechos, los trabajadores optan por "inventar" su propio sustento bajo la lógica del cuentapropismo.
El comercio informal, la venta a través de redes sociales y los servicios de transporte por aplicaciones móviles surgen como refugios de emergencia frente a la crisis.
El problema de fondo es la magnitud del derrumbe en el poder adquisitivo de los ciudadanos.
El emprendedurismo individual y la supuesta flexibilidad se presentan a menudo como formas de libertad moderna, pero en este contexto son meras estrategias de subsistencia.
Si los ingresos resultaran dignos y suficientes, la pérdida de protecciones legales asociada a la informalidad podría encontrar alguna compensación en la capacidad de ahorro o de consumo.
Sin embargo, la evidencia muestra lo opuesto: jornadas laborales interminables para cubrir apenas las necesidades básicas de alimentación y de vivienda.
La crisis impacta de lleno en la clase media y en los sectores profesionales. Asimismo, las mujeres de entre 30 y 64 años lideran el incremento en la tasa de actividad, en un intento por sostener el presupuesto familiar ante la inflación.
Estar desocupado representa hoy un "lujo demasiado caro", que poca gente puede permitirse de forma prolongada.
Si no se piensan normas para impulsar el deprimido mercado interno, no habrá incentivos para la creación de empleo de alta calidad.
El desafío nacional no consiste sólo en generar puestos, sino en devolver al salario su capacidad de otorgar una vida digna.
Sin ingresos fuertes que compensen la falta de derechos, el nuevo paradigma laboral sólo será la crónica de una precarización irreversible.

