Días contados. Brooklyn queda en Córdoba: la cancha de Parque Las Heras donde ver “la NBA” es gratis

Entre mates, códigos callejeros y personajes únicos, una media cancha en el parque Las Heras de la ciudad de Córdoba se convierte cada sábado en el mejor espectáculo de básquet de la Capital.

06 de junio de 2026 a las 01:44 p. m.
Brooklyn queda en Córdoba: la cancha de Parque Las Heras donde ver “la NBA” es gratis
Días contados. Ilustración de Juan Delfini.

Le había pasado varias veces de refilón los sábados a la mañana, cuando salgo a caminar o trotar por la Costanera de una Córdoba que todavía tiene aroma a baile, allá por la zona del Estadio del Centro y la Plaza de la Música.

Nunca me había arrimado. Por respeto o por ese temor medio injustificado que generan los lugares donde parece que todos saben algo que vos no.

Pero ese sábado, algo me dijo que frenara. O mejor dicho: que dejara de hacerme el distraído.

Jesús de Temu

Me metí por el arco gigante del parque Las Heras, a unos metros de la feria de ropa usada que se arma en carpas blancas, y a los pocos pasos apareció el ruido más hermoso del mundo: la pelota picando sin cesar, las zapatillas que chillan contra el piso y ese “chas” metálico que hacen las cadenas cuando la pelota entra limpia. Un sonido que no admite traducciones: o te gusta... o estás en el lugar equivocado.

Me arrimé despacio, en modo observador.

Había escuchado que en el corazón del parque había una media cancha donde se jugaban picados a matar o morir. Que se juntaba una linda banda. Y que era picante. No en el sentido violento, sino en ese otro más incómodo: se juega un básquet crudo y natural.

El espacio es simple: un aro, media cancha, una tribuna de tres escalones y mucho verde alrededor.

Al frente, cruzando la calle, está la sede de la Federación Cordobesa de Básquet. Como si el básquet formal de árbitros y planillas mirara desde allá arriba, con cierta curiosidad, pero sin entender del todo qué pasa acá abajo.

Me senté en silencio. Se jugaba un cuatro contra cuatro hermoso. De manos firmes y contactos que, en otro contexto, serían falta. Acá no. Acá hay una justicia más antigua, más intuitiva.

A un costado, un flaco enorme con pinta de pivote sacaba fotos. Se llama Jorge. Me alcanzó un mate sin demasiadas preguntas, lo cual ya lo ubicó automáticamente en un lugar de privilegio. Hay gestos que reemplazan cualquier presentación.

De repente, un señor de pelo largo y barba se gira y me mira.

–Entramos en el próximo, eh.

No dejé dudas con mi sí. Más por impulso que por convicción, como suelen ser las decisiones importantes.

Después me enteraría que se llama Mario. Acá le dicen “Jesús de Temu”. Un apodo injusto, pero bastante preciso.

Pasan unas jugadas más y el partido termina. Nos toca entrar a cancha, finalmente, con tres desconocidos.

La primera pelota que me pasan se me escapa de las manos de una manera escandalosa. No es que la pierdo: se me escabulle como si jamás hubiera tocado una en mi vida. La pelota sale disparada hacia el parque como si quisiera desvincularse de mí para siempre. Un papelón completo, sin atenuantes, de esos que uno querría negociar con el olvido.

–Dale, que estamos fríos –me dice Mario, con una fe que no se condice con lo que acababa de ver.

Nos comemos un 7 a 0 bastante contundente. De esos que no dejan margen para la autocrítica, porque directamente no hubo tiempo.

Yo me dedico a pasar la pelota. Entiendo rápido que ese es el proceder cuando sos nuevo en un lugar.

Es como cuando te hacen un espacio en una mesa de café. Lo que corresponde es el silencio por dos o tres jornadas, y escuchar a los locales. Decir una pavada apenas uno se sienta puede decretar que uno es un boludo importante.

Lo mismo en una cancha de básquet, y más en esta.

Obviamente toca salir y esperar el próximo turno.

Cada vez cae más gente. Un pibe en patineta con la pelota en la mochila. Otro que tiene 10 minutos antes de entrar a laburar vestido con la ropa de empleado municipal. Todos con la misma intención, como si hubiera una cita tácita que nadie organizó, pero todos cumplen.

Mario se sienta al lado mío.

–Yo vengo todos los sábados a la mañana. Se arma lindo. Los domingos ya es una locura… Vienen pibes que juegan bien, en serio. Yo vengo a ver. Me gusta más que la NBA. Y es gratis.

Se ríe. Pero no tanto.

La autoridad de la costumbre

En la cancha, uno con camiseta de Michael Jordan pide falta tras una bandeja.

–Yo vengo todos los días acá –dice Jorge– y en el reglamento de esta cancha eso no es falta. Sacamos nosotros.

Y listo. No hay repetición, no hay discusión. Hay costumbre. Y la costumbre, en estos lugares, suele tener más autoridad que cualquier reglamento escrito.

Así funcionan las reglas: el que convierte sigue, se juega a 7, el triple vale dos y las faltas dependen, en gran parte, de cuántos sábados llevás viniendo. Por tu antigüedad.

Nos toca volver a jugar.

Ya mis compañeros no son tan desconocidos, lo cual, en este contexto, es un avance importante.

El partido otra vez viene cuesta arriba, pero me animo a soltar dos o tres pases lindos que despiertan algún murmullo de aprobación desde afuera. Que en este ámbito vale más que cualquier estadística, porque no queda registrada en ningún lado, salvo en la memoria de los que estaban ahí.

De repente, me queda un tiro de frente.

De tres.

Mi primera intención es pasarla. Por historia, por prudencia. Pero levanto la vista.

Mario me mira.

Y en esa mirada hay una confianza que no sé si merezco, pero que en ese momento alcanza.

Tiro.

El ruido de las cadenas explotando hace todo más lindo de lo que debería.

Uno de los triples más lindos de mi vida… lejos del básquet federado y de los clubes. En una cancha sin techo, un sábado a la mañana.

Perdemos 7 a 5.

Pero la sensación es otra.

Sin pagar un peso

–Ya te descubrí. Sos buen jugador vos. Sos un pasador –me dice Mario.

El elogio viene con mensaje incluido.

Hay más mates, más partidos, más gente.

Un señor canoso con unas Topper de lona mete un tiro en suspensión que sería envidia del "Pichi" Campana.

Mario se levanta.

–Me llevo todas derrotas, pero la pasamos bien.

Nos damos la mano. Y en esa frase, medio al pasar, queda resumido todo lo que importa: "Venite el sábado que viene", solicita.

Yo también me voy. Vuelvo caminando hacia la Costanera, a mi rutina de sábado.

Me llevo un raspón en la rodilla, que arde, un 1 de 1 en triples que pienso sostener estadísticamente hasta el final de mis días… y la sensación de haber estado una hora en Brooklyn.

Sin salir de Córdoba.

Y sin pagar un peso.