Debate. ¡Basta de polarización en la política argentina!

Terminar con la polarización implica reconocer que los otros no hacen todo mal y que nosotros tampoco hacemos todo bien; que los adversarios no son enemigos y que los aliados no son súbditos.

08 de junio de 2026 a las 12:02 a. m.
José Emilio Graglia
¡Basta de polarización en la política argentina!
Basta de polarización, pidió el arzobispo de Buenos Aires durante el Tedeum.

La polarización política es consecuencia de los extremos ideológicos y, a su vez, causa de los fracasos gubernamentales y del debilitamiento de las democracias. Sucede cuando los actores políticos, oficialistas u opositores, se definen por contraste al resto. “Ellos son los demonios y nosotros somos los ángeles”, es la consigna de los polarizadores de hoy y de siempre.

“¡Basta de arengar la polarización!”, dijo el arzobispo de Buenos Aires con motivo del Tedeum del pasado 25 de Mayo, sin eufemismos y lejos de cualquier indirecta o rodeo. En la cara del presidente de la Nación y de los funcionarios que lo acompañaron. Desde Karina Milei hasta Santiago Caputo, pasando por el jefe de Gabinete y demás ministros presentes.

Sin dudas, ellos fueron destinatarios del mensaje, el cual, vale destacarlo, recibieron con inusual estoicismo durante y, sobre todo, después del Tedeum. La Libertad Avanza es el resultado de la polarización. Su llegada a la Casa Rosada se explica, entre otros factores, por su capacidad de polarizar con la “casta política”, representada por los fracasos de los gobiernos precedentes.

Ahora bien, los destinatarios del mensaje también fueron los dirigentes de la oposición al gobierno libertario, mal que les pese y por mucho que se hagan los distraídos. Esa dirigencia opositora debería escuchar atentamente los dichos de monseñor Jorge García Cuerva y entender que sólo polarizando con el mileísmo nunca serán una opción de poder real.

Polarizar con el oficialismo de turno, sostener que todo está mal y amontonarse para derrotarlo en las siguientes elecciones es una equivocación que repiten muchas oposiciones, en los ámbitos nacional y provincial. Así como ningún oficialismo puede seguir sin autocrítica, ninguna oposición puede llegar para cambiar todo porque nada está bien.

Finalmente, el mensaje también es para los “dirigentes de centro”. Esos que no son ni una cosa ni la otra. Los que no son mileístas ni antimileístas y tampoco son kirchneristas ni antikirchneristas. No son. Semejante indefinición de una posición propia contribuye a la polarización de manera directa e inmediata, favorece los extremos y, lo peor, debilita la democracia.

La Argentina de los tercios

A riesgo de una exagerada simplificación, en nuestro país hay un tercio que se piensa peronista o afín al peronismo y otro tercio que se siente antiperonista o afín al antiperonismo. Esto es más o menos así desde hace ocho décadas. Esa es la grieta de las grietas en la política argentina, desde mediados del siglo pasado hasta el presente. Un abismo que han cavado desde ambos lados.

Algunas veces, el peronismo ha sabido captar una parte del tercio del medio. Por ejemplo, durante los tiempos de Carlos Menem (1989-1999) o de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner (2003-2015).

Otras veces, las menos, el antiperonismo ha sabido hacerlo. El primero fue Mauricio Macri, en 2015, y el segundo fue Javier Milei, en 2023.

Ni unos ni otros supieron, quisieron o pudieron construir consensos. El menemismo y el kirchnerismo se creyeron eternos y desfallecieron a manos de sus contradicciones. El macrismo no supo respetar a sus aliados de origen y así como Macri fue el primer presidente elegido sin ser radical ni peronista, también fue el primer presidente que no pudo ganar su reelección, aunque sí logró concluir su mandato.

Ganaron polarizando y quisieron gobernar polarizando. Ahí se equivocaron. Porque gobernar es mucho más que ganar una (o varias) elecciones. Gobernar es resolver problemas y mejorar la calidad de vida de personas, en especial de las que tienen más necesidades y menos recursos. En una democracia, eso se puede lograr, pero no sostener sin consensos.

El gobierno de Milei corre ese mismo riesgo si no logra evitar la tentación del ensimismamiento político.

El Pacto de Mayo fue un buen intento, aunque lamentablemente fallido. La polarización es el camino incorrecto, también para La Libertad Avanza, porque lleva al mismo destino final: la insostenibilidad de sus políticas y el debilitamiento del régimen democrático.

Terminar con la polarización implica reconocer que los otros no hacen todo mal y que nosotros tampoco hacemos todo bien; que los adversarios no son enemigos y que los aliados no son súbditos. No significa eliminar los disensos sino gestionar los conflictos mediante el diálogo, abandonando autoelogios y difamaciones. ¿Quién dijo que vivir en democracia era fácil?

Autor del libro “El medio también existe: Equilibrios nuevos entre viejos extremos”