Opinión. La bandera después de la bandera

Millones celebramos el trapo de "Las Malvinas son argentinas" en Atlanta. Pero mientras repetíamos la consigna, España y el Reino Unido tiraban abajo la verja de Gibraltar sin ceder un centímetro de soberanía. Estuve en las islas con mi familia y vi lo que casi nadie cuenta: los isleños comercian con Uruguay, vuelan por Chile y se atienden en Londres. Con todos, menos con el país que tienen enfrente.

28 de julio de 2026 a las 02:39 a. m.
Juan Manuel Aráoz*
La bandera después de la bandera
"Las Malvinas son argentinas": la bandera que mostraron los jugadores de la Selección después de ganarle a Inglaterra.

La imagen dio la vuelta al mundo: los jugadores de la selección desplegaban una bandera pintada a mano con la leyenda "Las Malvinas son argentinas" tras vencer a Inglaterra en Atlanta. El Reino Unido pidió que la FIFA investigara. 40 años después de "la Mano de Dios", fútbol y Malvinas volvieron a fundirse en un mismo grito.

Yo también me emocioné. Pero pasada la euforia, queda una pregunta incómoda: ¿qué cambió en Malvinas después de esa bandera? Nada. Y esa misma semana, casi sin titulares, ocurría algo que sí altera la historia de una disputa colonial de tres siglos.

El 15 de julio cayó la última verja física del continente europeo: la de Gibraltar. No la tiró abajo un ejército ni una cumbre de cancilleres. La tiró abajo la gente: 15 mil trabajadores que la cruzaban a diario, las familias mezcladas de ambos lados. Los gobiernos llegaron tarde a firmar lo que la vida cotidiana ya había decidido. Y atención al detalle decisivo: España no cedió nada. Su reclamo de soberanía sigue intacto, escrito en el mismo tratado que voltea la frontera. La lección es disruptiva: la soberanía del siglo 21 no se declama en los estadios ni se agota en los despachos; se teje en el vínculo humano acumulado durante generaciones.

Durante más de 40 años tratamos a Malvinas como un asunto exclusivo del Estado, dejando afuera al actor más poderoso de esta causa: el propio pueblo. El mismo que pintó una bandera en una sábana y la hizo llegar a un estadio burlando todos los controles. Esa energía existe y es inmensa. La pregunta es si vamos a seguir gastándola sólo en el gesto o si vamos a ponerla a construir.

No hablo desde la teoría. Hace un par de años, cumplí un sueño personal: viajé a las islas con mi esposa y mis cuatro hijos. Antes de la guerra, el vínculo entre el continente y las islas era denso y cotidiano: había una oficina del Correo Argentino, una planta de YPF, la pista de aterrizaje la construyó Argentina. Todo eso se perdió en 1982, y no lo perdieron sólo ellos: lo perdimos nosotros.

¿Hoy? Los isleños compran los tomates a Uruguay. El vuelo comercial sale desde Punta Arenas, en Chile. Para cuestiones médicas complejas, viajan hasta Londres. Se vinculan con todos sus vecinos, menos con el país que tienen literalmente enfrente. No perdimos las islas en 1982: venimos perdiéndolas todos los días desde entonces. Esa silla vacía en la mesa de los isleños es nuestra. Nadie nos la quitó: la abandonamos. Y volver a ocuparla no requiere permiso de Londres ni resolución de la ONU. Requiere decisión, paciencia y pueblo.

La propuesta incómoda es devolverles Malvinas a los ciudadanos de a pie. No como consigna, sino como tarea: intercambios deportivos, académicos, culturales, científicos; correspondencia entre escuelas; memoria compartida de los caídos de ambos lados. Esto no es ingenuidad: es estrategia.

Partir de la realidad que dejó 1982 –lo sostengo desde hace tiempo y sé que incomoda– no es rendirse: es la única base realista para construir. Porque ante los ojos de los isleños cargamos con la sombra de haber llegado con armas, y ningún alegato jurídico borra esa memoria. Sólo la transforma la evidencia sostenida de que enfrente hay un pueblo pacífico que no los amenaza, sino que los espera: miles de gestos ciudadanos, pequeños, constantes, imposibles de fingir.

La analogía con Gibraltar tiene límites, y prefiero decirlos yo: allá hay frontera terrestre y una arquitectura europea que acá no existe; y en España ya hay quienes denuncian cesión encubierta, la misma objeción que recibirá esta propuesta. ¿Estrategia paciente o resignación? No se responde con palabras, sino con hechos acumulados. Pero justamente por eso la vía ciudadana es la correcta: un gobierno puede congelar el diálogo; no puede congelar la amistad entre dos clubes ni la carta de un chico de Villa María a otro de Puerto Argentino.

Y los puentes no se construyen desde una sola orilla. Del otro lado, también hay un pueblo: familias que quieren alimentos más cercanos, enfermos que preferirían no volar 13 mil kilómetros, chicos que sólo conocen al vecino por los relatos de sus abuelos. La verja de Gibraltar la fueron aflojando los dos pueblos, cruce a cruce, hasta que a los gobiernos no les quedó más remedio que sacarla. El día que caiga el muro invisible del Atlántico Sur –y va a caer–, no lo va a haber tirado un canciller ni una bandera en un estadio. Lo habrán tirado dos pueblos que, cada uno desde su orilla, decidieron no esperar más.

*Director de Fundación Idear Córdoba