Días contados. La apuesta que me trajo al mundo
Cruzó el bar con esa decisión que solo tienen las mujeres que no esperan que el destino haga el primer movimiento. Lo tocó en el hombro. Le habló al oído. Nadie supo qué dijo exactamente. Pero a los dos minutos estaban en el medio de la pista.
En los pueblos, las historias no empiezan con fuegos artificiales. Empiezan con una frase tirada al aire, una cerveza apoyada sobre una mesa de fórmica y un grupo de amigas aburridas un sábado a la noche. Así empezó esta.
El bar se llamaba El Dorado. Quedaba en Hernando y se trataba de uno de esos lugares donde las luces eran bajas, el piso pegajoso y el DJ pasaba lentos sin pedir permiso. Afuera, las motos y hasta quizás algunas bicicletas apoyadas en la vereda; adentro, las miradas que iban y venían como si el mundo fuera exactamente eso: un salón rectangular con olor a humo y a colonia barata.
Estamos hablando de algún año entre las maravillosas décadas de 1960 y 1970.
Mis viejos todavía no eran mis viejos. Eran apenas dos desconocidos orbitando en el mismo lugar.
Olga y Luis
A ella, a la Olguita Bertalot, le habían dicho que había un tal Mulaciatti de Almafuerte que no bailaba nunca. Que tenía plata. Mucha plata. Que era de buena familia. Que campos por acá, que apellido por allá. En los pueblos los apellidos pesan más que las billeteras.
Ella lo miró desde la mesa, entre divertida y desafiante.
–A que Mulaciatti me saca a bailar o me pagan un trago –les dijo a sus amigas, con complicidad y picardía. Como sabiendo que iba por un imposible. Por algo que no se iba a dar. Pero les iba a regalar una anécdota para reírse el domingo.
No era amor lo que la empujó a pararse. Era orgullo. Y un poco de audacia también.
Cruzó el bar con esa decisión que solo tienen las mujeres que no esperan que el destino haga el primer movimiento. Lo tocó en el hombro. Le habló al oído. Nadie supo qué dijo exactamente. Pero a los dos minutos estaban en el medio de la pista.
Las amigas se miraban incrédulas. La apuesta estaba ganada. Mulaciatti estaba, finalmente, bailando.
Lo que nadie sabía –ni siquiera ella– era que ese muchacho no se llamaba Mulaciatti. Era Luis Laurino, el “Luisito”. De Almafuerte, sí.
Pero no tenía campos, no era millonario y tampoco heredaba fortunas. Era ferretero. De manos ásperas y sonrisa fácil. Con dos hombros que habían subido y bajado ya miles de bolsas de cemento de camiones.
Pero bailaba.
Bailaba como quien descubre algo nuevo. Como quien no sabía que estaba esperando exactamente eso: que alguien lo empujara a la pista y le desarmara la rutina.
Un tipo macanudo
Esa noche no pasó nada extraordinario. No hubo promesas eternas ni declaraciones dramáticas. Hubo risas, un par de canciones más y la sensación extraña de que el aire había cambiado de densidad.
Ella volvió con sus amigas sabiendo que Mulaciatti no existía. Pero que en Almafuerte había un Luis Laurino que era un tipo macanudo.
Al otro día, cuando el pueblo de Hernando todavía bostezaba, él estaba lavando el auto frente a la casa. No era una estrategia brillante ni un plan elaborado. Era lo único que se le ocurrió para estar cerca. Para arrimarse a la Olguita Bertalot que conoció la noche anterior.
Junto a sus amigos, el “Luisito” volvió a Hernando, se enteraron dónde vivía la familia Bertalot y se instalaron a un par de casas a limpiar su chata Ford azul y blanca. Una estrategia para esperar que la “Olguita” saliera a comprar el pan. Y atacar.
El agua corría por la vereda de una manguera que les prestó un vecino amable y él miraba de reojo la puerta, esperando que saliera.
Y salió.
La decisión más importante
Dicen que el amor no siempre entra por los ojos. A veces entra por la insistencia. Por la ternura. Por la simple decisión de quedarse un rato más.
“Vengan a tomar una cerveza”, dijo mi tía Nora, la hermana de mi mamá, siempre cómplice, siempre hermana de su hermana, asomándose con naturalidad a ese comienzo que todavía no sabía que era definitivo.
Los pibes de Almafuerte entraron. Rieron. Volvieron. Se hicieron habitués. Las distancias entre Hernando y Almafuerte empezaron a medirse en ganas y no en kilómetros.
Mulaciatti –porque así le quedó para siempre– ya estaba perdido. No por la apuesta. No por el orgullo. Sino por esa piba que se animó a desafiar un apellido inventado y terminó encontrando un hombre real.
En los pueblos las historias tampoco terminan con fuegos artificiales. Terminan con mates compartidos, discusiones por el precio del hierro en la ferretería y domingos de asado.
Se quedaron.
No por casualidad.
No por costumbre.
Se quedaron porque esa apuesta de sábado a la noche resultó ser la decisión más importante de sus vidas.
Y de la mía.

