Días contados. El año en que repartí felicidad en cupones
Gané 52 kilos de helado y descubrí que los premios más memorables no son los más caros ni los más importantes, sino aquellos que terminan formando parte de la vida cotidiana de muchas personas.
Hay noticias que uno recuerda exactamente dónde estaba cuando las recibió. La primera entrevista importante. El primer trabajo. Un llamado inesperado. Y después están esas otras noticias que, sin tener ninguna trascendencia real, terminan convirtiéndose en una de las anécdotas más repetidas de la vida. Hace un año me pasó algo así. Me gané 52 kilos de helado.
Todavía hoy, cuando lo digo en voz alta, me parece una locura. Tal vez porque nadie está preparado para dimensionar qué significan 52 kilos de helado. Ni siquiera yo lo estaba cuando me avisaron que había ganado un concurso por el Día del Periodista, cuyo premio era un año de helado gratis.
La propuesta sonaba muy bien. Hasta que apareció el dato concreto: 52 kilos. Equivalía a uno por semana, durante un año entero. La reacción de las personas a las que les conté fue exactamente la misma: “¿52 kilos? ¡Es un montón!”
Y claro que era un montón. Era tanto que durante semanas sentí que tenía que dar explicaciones. Como si hubiera heredado una fortuna imposible de administrar.
Lo curioso es que, al principio, yo también pensé el premio desde la lógica de la acumulación. Imaginé el freezer lleno. Imaginé reuniones familiares. Imaginé cenas. Imaginé cuánto tardaría una persona normal en consumir semejante cantidad de helado. Pero me equivoqué, ya que el premio nunca se trató de comer helado. Se trató de compartirlo.
La economía de los pequeños regalos
Los primeros cupones los canjeé personalmente. Había algo ceremonial en eso: elegir el sabor, pasar a retirarlo, llevarlo a casa, sentir que estaba aprovechando el premio. Hasta que un día descubrí un detalle que cambiaría por completo la historia. No hacía falta que fuera yo quien retirara el kilo, sino que podía hacerlo cualquier persona.
Parece una información menor, pero fue revolucionaria, ya que de repente el premio dejó de pertenecerme exclusivamente. Los cupones empezaron a circular, primero tímidamente y después de manera descontrolada. Alguien organizaba una comida y aparecía algún cupón. Alguien cumplía años, y aparecía otro.
Durante varios meses conviví con una sensación extraña: la de tener siempre algo para regalar. Y en una época donde todo parece medirse en términos de productividad, rentabilidad o utilidad, descubrí el valor de los regalos simples. Nadie necesita un kilo de helado, pero casi nadie se pone triste cuando recibe uno.
El tráfico de cupones
Con el tiempo, la situación adquirió características bastante peculiares. Había conversaciones cotidianas que terminaban con una pregunta inesperada: “¿Te queda algún cupón?” o “¿Sabés cuántos kilos vas canjeando?” Y yo revisaba mi teléfono como quien consulta una cuenta bancaria.
En cierto punto, esos códigos de barras se habían convertido en una moneda paralela, una economía informal basada exclusivamente en el placer. No servían para pagar cuentas ni mejoraban la situación económica de nadie, pero generaban algo mucho más grande: alegría.
Durante un año repartí cupones entre familiares, amigos, compañeros de trabajo y conocidos. Y cada vez que alguien los recibía ocurría exactamente lo mismo: sonreía. No recuerdo otro regalo tan simple capaz de producir una reacción tan universal. Quizá sea por su capacidad extraordinaria para convertir cualquier día común en un día un poco mejor.
Una historia que había empezado mucho antes
Lo más curioso de toda esta anécdota es que mi relación con la empresa detrás del premio no comenzó cuando gané el sorteo, sino que empezó mucho tiempo antes, cuando todavía no era periodista. Inició cuando apenas era una joven estudiante que miraba televisión.
Recuerdo particularmente un programa llamado Container. En una de sus ediciones, el colega y compañero de redacción Walter Giannoni mostraba cómo se fabricaban los helados en una planta industrial cordobesa.
Era uno de esos informes que parecen simples, pero que despiertan fascinación: las máquinas, los procesos, todo el detrás de escena de una producción enorme. Mientras veía esas imágenes, pensé algo muy concreto: "Quiero hacer eso”, quiero conocer fábricas y mostrar cómo se hacen las “cosas”.
Años después, cuando ya trabajaba como periodista, tuve la posibilidad de crear un segmento llamado Made in Córdoba en Vía País. La propuesta consistía en mostrar cómo se elaboraban algunos de los productos más representativos de la provincia. Y el primer capítulo se grabó precisamente allí, en esa fábrica, en el mismo lugar que había visto por tele años atrás. Sin saberlo, aquella visita terminó siendo otra pieza de una historia que todavía no había terminado de escribirse.
El último kilo
Toda historia necesita un final, y la de esta llegó hace pocos días. El último cupón, el número 52, el cierre oficial de un año entero de helado. Decidí utilizarlo en un lugar simbólico: la redacción. Fue un viernes por la noche, cuando me encargué del postre de esa jornada.
Mientras compartíamos ese último kilo con compañeros, pensé en algo que no había advertido durante los 12 meses anteriores. Yo había ganado el premio, pero nunca había sido realmente mío. Había pasado por demasiadas manos, había estado presente en demasiadas reuniones y había acompañado demasiadas conversaciones.
La mayor parte de esos 52 kilos fueron compartidos, y quizá ahí radique la diferencia entre consumir algo y disfrutarlo, porque los recuerdos más lindos rara vez tienen que ver con lo que uno guarda para sí mismo, sino que por lo general aparecen en aquello que se comparte.
Hoy ya no quedan cupones, ya no hay más kilos pendientes ni mensajes para preguntar si todavía tengo alguno disponible. El premio terminó, pero la anécdota sigue viva, sigue apareciendo en conversaciones y generando la misma sorpresa de siempre: “¡52 kilos es un montón!”
Durante un año tuve la posibilidad de regalar pequeños momentos de felicidad. En tiempos donde las noticias suelen estar cargadas de urgencias, conflictos y preocupaciones, me gusta pensar que esta historia es apenas un recordatorio de que la alegría suele esconderse en lugares inesperados.
Por eso, ahora que la historia terminó y que el último kilo ya fue compartido, sólo queda agradecer.

