Debate. Más allá de la condena: las necesidades de las víctimas

La maquinaria institucional está diseñada para castigar el delito, no para sanar el espíritu del afectado.

30 de junio de 2026 a las 01:08 a. m.
Adrián Vitali
Más allá de la condena: las necesidades de las víctimas
Los Abuelos de Agostina Vega, afectados por el femicidio de su nieta.

La experiencia de la injusticia y la tragedia humana plantea una de las paradojas más profundas de la vida en sociedad. Cuando una persona sufre una agresión o un daño irreparable, la comunidad suele reaccionar mediante la intervención del sistema judicial y a través de la manifestación de la solidaridad comunitaria.

Sin embargo, solidarizarnos con quien sufrió una injusticia no repara el daño. El consuelo no resucita a nadie ni restaura el estado previo a la agresión.

Vivimos en el espejismo de la reparación penal, creyendo que el derecho penal equilibra la balanza tras un crimen. Sin embargo, que la Justicia condene al culpable no subsana el daño ocasionado a la víctima.

La Justicia penal sólo hace justicia con el culpable, al poner plazo temporal a su castigo. En la gran mayoría de los ordenamientos legales, cumplir la pena permitirá al victimario recuperar lo perdido: su libertad.

Al finalizar su condena, el culpable recibirá la absolución y el perdón del sistema, tras haber saldado su deuda abstracta con el Estado.

Mientras el transgresor tiene un camino trazado hacia la restitución de sus derechos ciudadanos, la víctima permanece atrapada en las consecuencias irreversibles del acto delictivo.

El sistema utiliza ese acto condenatorio como ejemplo para el resto de la sociedad, instrumentalizando el castigo para disuadir a futuros infractores.

Esto es lo único que se le puede ofrecer a la víctima como sistema. La maquinaria institucional está diseñada para castigar el delito, no para sanar el espíritu del afectado.

Nadie puede reparar el dolor injusto que sufrió la víctima. Ninguna indemnización económica, disculpa pública o sentencia de prisión posee la facultad de retroceder el tiempo. Un homicidio deja un vacío permanente; una agresión física o psicológica altera para siempre la relación del individuo con su entorno.

Solidarizarse por una injusticia que ha vivido otro no modifica el acto injusto ni lo repara en un sentido material. La empatía del entorno no tiene propiedades mágicas ni reconstructivas.

El hecho histórico del agravio permanece inalterable en el pasado.

La solidaridad sirve para que esa persona vulnerada no viva en soledad el dolor del desamparo. Al estar presentes, al escuchar y abrazar al afectado, la comunidad mitiga el frío del aislamiento y le recuerda su dignidad intrínseca en medio de la desolación.

El acompañamiento colectivo adquiere una dimensión política y cultural indispensable. Solidarizarnos con el dolor y la tragedia es una forma de decir colectivamente que no queremos la violencia en nuestra sociedad.

Es un acto de protesta silenciosa pero contundente, que redefine los valores del tejido social. Aunque la palabra de aliento no borre la cicatriz, la presencia del otro establece un límite ético frente a la barbarie, confirmando que la agresión a un individuo es una afrenta contra toda la humanidad.

La solidaridad comunitaria, aunque desprovista del poder de revertir el daño físico o psicológico, emerge como la única respuesta digna ante la tragedia.

Al negarse a dejar a la víctima en el desamparo y al manifestar un rechazo absoluto a la violencia, la empatía humana no repara el pasado, pero sostiene el presente y siembra la promesa de un futuro donde la dignidad sea resguardada por la comunidad.

Exsacerdote católico y escritor