Economía. 8-M: por qué las 24 horas no son iguales para hombres y mujeres

Las mujeres trabajan menos horas remuneradas que los varones. Del total de personas que realizan tareas domésticas y de cuidado, la gran mayoría son mujeres, y además dedican muchas más horas por día a esas actividades.

08 de marzo de 2026 a las 12:02 a. m.
Virginia Giordano (*)
8-M: por qué las 24 horas no son iguales para hombres y mujeres
Ilustración Eric Zampieri.

Escribir sobre el Día de la Mujer cada 8 de marzo se volvió más difícil de lo que parece. No porque falten temas, sino porque el debate está cada vez más polarizado. En un extremo, un feminismo que a veces presenta a las mujeres como víctimas permanentes de un sistema omnipresente.

En el otro, el boom en redes que romantiza la vuelta a los roles tradicionales: las trad wifes, una tendencia en redes sociales que muestra mujeres reivindicando un ideal de vida centrado en el hogar, en el cuidado de la familia y en la feminidad tradicional. Dos relatos opuestos, pero con algo en común: ambos tienden a simplificar.

Y si hay un lugar donde esas simplificaciones abundan, es en el mercado de trabajo. No porque sea el único plano de la desigualdad, sino porque ahí se juega algo muy concreto: la autonomía económica.

Desde mi lugar de economista y especialista en mercado laboral, creo que el 8-M sigue siendo una buena oportunidad para reflexionar sobre algo menos vistoso y más útil: mirar dónde estamos parados y qué desafíos siguen pendientes, tratando de dejar de lado consignas y emociones. Porque cuando el debate se vuelve puramente ideológico, los problemas reales tienden a desaparecer.

Los problemas de las mujeres en el mercado de trabajo

Si lo miramos de manera objetiva, las mujeres presentan en promedio un desempeño laboral más débil que los varones en varios indicadores clave. Tienen menores tasas de participación y de empleo, mayores niveles de inactividad y mayores tasas de subocupación.

También registran menores ingresos promedio, una brecha salarial persistente incluso a igual nivel educativo y menor acceso a posiciones jerárquicas o de mayor productividad.

Además, sus trayectorias laborales suelen ser más intermitentes, lo que impacta en la acumulación de experiencia, en ingresos y en protección social a lo largo del ciclo de vida. Esto no es un fenómeno aislado ni coyuntural: es el resultado de una combinación de factores estructurales que, si no se abordan, seguirán reproduciendo las mismas brechas generación tras generación.

Ilustración Eric Zampieri.
Ilustración Eric Zampieri. (La Voz)

Una parte importante de la explicación está en la estructura del empleo femenino. Las mujeres se concentran en pocas ramas de actividad, muchas de ellas asociadas a salarios más bajos y a mayor informalidad. El trabajo doméstico, por ejemplo, está prácticamente feminizado, y sectores como salud y servicios sociales también presentan una fuerte presencia femenina.

Cuántas horas trabajan mujeres y varones

Las mujeres trabajan menos horas remuneradas que los varones –en promedio, 34 horas semanales frente a 44– y esa diferencia no aparece por casualidad. Del total de personas que realizan tareas domésticas y de cuidado, la gran mayoría son mujeres, y además dedican muchas más horas por día a esas actividades.

Es decir, la menor dedicación al empleo pago no refleja menor ambición ni menor capacidad, sino que el tiempo disponible para el trabajo formal está condicionado por una organización del hogar que sigue siendo desigual.

Aquí ayuda traer una mirada que permite entender por qué estas brechas son tan persistentes. La economista Claudia Goldin, premio Nobel de Economía 2023, mostró que en muchos mercados laborales los salarios más altos están asociados a una prima por disponibilidad total: jornadas largas, horarios rígidos y continuidad sin interrupciones.

En ese contexto, muchas mujeres toman decisiones perfectamente racionales: optan por trabajos más flexibles o con menor intensidad horaria porque la estructura de cuidados todavía recae mayoritariamente sobre ellas. La elección es lógica dentro de ese esquema, pero tiene costos concretos en ingresos, en estabilidad y en trayectoria.

El problema, entonces, no es discriminación directa, es un problema de diseño institucional y de incentivos: un mercado laboral que premia la disponibilidad absoluta termina penalizando a quienes cargan con la mayor parte del cuidado.

Y esas restricciones se acumulan con el tiempo. Más interrupciones laborales, mayor concentración en sectores de menor estabilidad, menor acumulación de experiencia y menores ingresos a lo largo de la vida. Los indicadores no reflejan diferencias de capacidad, sino las consecuencias de un sistema que todavía no se adapta bien a trayectorias laborales diversas.

¿Cómo evitar estas diferencias?

La buena noticia es que muchas de estas brechas no son inevitables. En distintos países, se aplicaron políticas que ayudan a reducirlas. Ampliar la cobertura de guarderías y de centros de primera infancia públicos y de calidad libera tiempo que hoy se destina al hogar y permite una mayor inserción laboral.

Pero el desafío del cuidado no se limita a la infancia: en la práctica, las mujeres también suelen asumir el cuidado de padres mayores, de familiares enfermos o de personas con discapacidad.

Por eso, además de ampliar servicios de cuidado, es clave reducir y redistribuir la carga de trabajo dentro del hogar. Parte de esta transformación puede venir de la tecnología y de mejores servicios públicos: herramientas que faciliten las tareas domésticas y soluciones para el cuidado de personas mayores.

Pero también hay una dimensión cultural. Todavía hoy, ante cualquier problema escolar o médico, la primera persona a la que suelen llamar es a la madre. Y cuando un padre envejece o se enferma, muchas veces quien termina haciéndose cargo es la hija mujer.

Además, hay un argumento que conviene subrayar: el económico. Diversos estudios del Fondo Monetario Internacional (FMI) muestran que reducir las brechas de participación laboral entre varones y mujeres puede tener efectos significativos sobre el crecimiento económico. Más mujeres en empleos formales y productivos implica más producción, más recaudación y mayor potencial de desarrollo.

Por eso, quizás el desafío del 8 de marzo sea correr la discusión de los eslóganes y volver a lo esencial: la autonomía económica. No como consigna, sino como condición concreta para elegir. Elegir un proyecto de vida, una carrera, una maternidad o no, un trabajo o un emprendimiento.

La igualdad real no se construye sólo con discursos ni con nostalgia por el pasado. Se construye con reglas, con instituciones y con cambios culturales que permitan que trabajar y cuidar no sean trayectorias incompatibles.

Economista y coordinadora de Idesa.