La economía. ¿Preparados para jugar el segundo semestre de la economía argentina?

El primer objetivo es consolidar las tendencias positivas de la macro. Pero, además, hay que reducir las principales fuentes que generan preocupación: el andarivel elevado del riesgo país; el freno en el consumo y en el empleo, y la falta de confianza en el peso.

14 de junio de 2026 a las 12:01 a. m.
Jorge Vasconcelos (*)
¿Preparados para jugar el segundo semestre de la economía argentina?
Ilustración Eric Zampieri. (La Voz)

También para la economía hay un antes y un después del Mundial de Fútbol. Se trata, en el segundo semestre, de consolidar tendencias positivas, como el aumento en las reservas del Banco Central de la República Argentina (BCRA), el ciclo de desaceleración de la tasa de inflación y el nuevo equilibrio “tasas-dólar”, vigente desde abril, que requiere más tiempo para robustecer la confianza y el crédito.

A su vez, encontrar la forma de revertir los tres principales factores de preocupación del primer semestre: el andarivel elevado del riesgo país; el freno en el consumo y en el empleo, y la falta de confianza en el peso.

No abundan instrumentos para esos desafíos, por lo que ha sido muy oportuna la mejora de calificación crediticia del país dispuesta por Fitch y S&P.

Países con nota similar a la de Argentina (B-), colocan bonos en el mercado internacional con rendimientos del orden del 8% anual, lo que abre la puerta a emisiones de deuda que permitan cumplir con las obligaciones externas sin alterar las reservas del BCRA, refinanciando los vencimientos.

Entrar en esa dinámica permitiría bajas adicionales de riesgo país, clave para contener expectativas de inflación y devaluación, con lo que esto implica en función de recuperar dinamismo en el mercado interno.

En caso de que en el segundo semestre comiencen a superarse las limitaciones del primero, podría potenciarse la dinámica de inversiones que ya están en ejecución en el marco del Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones (Rigi).

Con la ayuda del "efecto Ormuz"

No sólo cuentan estos mecanismos de promoción: el “efecto Ormuz”, junto con la invasión de Rusia a Ucrania, han puesto en valor los proyectos de inversión asociados a recursos naturales, en una etapa en la que Argentina está dejando atrás el cierre de su economía, incluyendo los acuerdos con la Unión Europea y los Estados Unidos.

No se trata de olvidar las innumerables tareas pendientes, sobre todo aquellas destinadas a facilitar la reconversión productiva de los sectores para los que es más traumático dejar atrás una economía dominada por los cepos al cambio y al comercio exterior.

Ilustración Eric Zampieri. (La Voz)
Ilustración Eric Zampieri. (La Voz) (La Voz)

La reforma laboral empieza a ser operativa, por lo que la cuestión del financiamiento de esa reconversión y los impuestos distorsivos que subsisten (de las tres jurisdicciones) escalan en la agenda.

En el plano crediticio, si el Gobierno fuera capaz de aprovechar el envión derivado de la mejora de calificación, estirando el plazo promedio de su endeudamiento, habrá un impacto positivo directo sobre la disponibilidad de préstamos a favor del sector privado.

Faltó conexión entre el crédito y el dólar

Hay que subrayar que en el primer semestre faltó la conexión entre el crédito y la fenomenal performance compradora del Banco Central en el mercado de cambios, a un ritmo cercano a los U$S 100 millones por día. Esa dinámica se explica por la excepcional abundancia de oferta de divisas, no por la demanda de dinero.

Así, los pesos emitidos a cambio de los dólares fueron retirados (esterilizados) por la acción conjunta del Tesoro y el BCRA, quitando combustible para la expansión del crédito al sector privado.

Para el segundo semestre, cabe suponer que la compra de dólares por parte del Central habrá de ceder, pero aun cuando sea menor, dos variables son extremadamente relevantes para la macro: a) que el promedio diario no sea inferior a los U$S 50 millones, para seguir acumulando reservas; b) que los pesos emitidos a cambio de divisas dejen de ser retirados de circulación, para que resurja el crédito.

La inflación está desacelerando desde el pico del 3,4% de marzo, y el 1,9% de la inflación núcleo de mayo lo certifica. Lo importante es que esto está ocurriendo en un contexto en el que las tasas de interés de cortísimo plazo fluctúan entre el 20% y el 25% anual.

No hizo falta subirlas para que cediera la variación mensual del IPC, y eso es buena noticia para el futuro cercano, ya que se requiere más tiempo de esa política de tasas para que el crédito comience a reaccionar.

Objetivos externos e internos

Los U$S 50 millones diarios como “objetivo” para las compras por partes del BCRA en el segundo semestre son, por supuesto, una cifra hipotética, pero tienen sentido macro tanto en el plano externo como interno:

Frente externo. El BCRA asumió el compromiso de acumular reservas netas por U$S 8 mil millones este año y, considerando un pago a realizar por U$S 1.400 millones (Bopreal), faltarían por comprar unos U$S 4 mil millones. A U$S 50 millones por día, en el segundo semestre podrían acumularse U$S 6.600 millones; sería positivo para las expectativas sobrecumplir aquella meta.

Frente interno. La emisión de pesos asociada a compras por U$S 1.100 millones por mes sería equivalente al 3,7% del stock de la base monetaria, una expansión que podría ser consistente con la tendencia de desaceleración de la tasa de inflación, en la medida en que aumente la demanda de dinero, o en todo caso, requerir intervenciones esterilizadoras en el margen. Si esto fuera factible, entonces podría aportar combustible a la expansión del crédito, la variable olvidada del primer semestre.

Este escenario, con guarismos que no son proyecciones, sino simplemente órdenes de magnitud, tiene ahora más chances de poder materializarse, de la mano de la mejora de la calificación crediticia, con una prima de riesgo país que bajó a 450 puntos.

Encender nuevos motores en la economía

Hay que encarar el segundo semestre (y más allá) asumiendo que, sin sacrificar el camino de las reformas estructurales, la búsqueda de estabilidad y la apertura de la economía, nuevos motores pueden encenderse para reforzar el empuje del agro, la minería y los hidrocarburos, que ponderan 15% en el PIB y 64% en las exportaciones de bienes.

Ese plus al nivel de actividad y el empleo, a su vez, puede reconocer dos vertientes:

a) Segmentos que se verán beneficiados como proveedores o usuarios de las inversiones y la producción de los tres sectores que están liderando, que tienen mayor efecto multiplicador que el que se asume en los debates políticos.

b) Actividades para las que es relevante una macro más ordenada y que pueden ser capaces de dar saltos de productividad para ser más competitivas, incluyendo aquí franjas amplias de manufacturas, construcción, logística, servicios turísticos y de la industria del conocimiento.

Esta diversidad de situaciones hace demasiado rústico el diagnóstico basado en “ganadores y perdedores”.

Hace falta un Rigi para la reconversión

Focalizando en la industria manufacturera, que pondera más de un 20% en el PIB, para los últimos tres años hay que distinguir dos rondas diferentes de ajuste.

La primera, que tuvo lugar en el arranque de 2024, viniendo de un 2023 repleto de distorsiones (controles de precios, tarifas subsidiadas, tasas de interés negativas y “planes platita”). La siguiente, desde abril-mayo de 2024 en adelante. Es en esta segunda ronda donde hay que detenerse para diferenciar sectores.

Abril de 2024 marcó un piso, tras la brutal caída de 16,5% interanual del IPI, explicada por el ajuste, pero, sobre todo, por el distorsionado “punto de partida”.

En cambio, desde abril de 2024, el IPI se incrementó 6,2% en el acumulado de dos años, pero fue en los últimos 12 meses en los que se observó una marcada diferencia entre aquellos sectores con mayor capacidad de adaptación a las nuevas reglas de juego y aquellos que están requiriendo una profunda reconversión.

En dos años, desde abril de 2024, se tiene que la producción de alimentos se incrementó 5,6%; madera, papel y refinación de petróleo, entre 9,4% y 9,6%; productos químicos, 17%; y minerales no metálicos, 20,4%. Incluyendo muebles, estos sectores representan el 56% de la industria manufacturera.

Al margen de ciertos rubros en situación intermedia, los sectores con mayores dificultades (que ponderan un 30% en el IPI) incluyen maquinaria y equipo; industrias metálicas básicas; prendas de vestir, textiles y automotores. Es el cuadrante en el que se registran caídas de entre 5% y 10% respecto de abril de 2024, pero con empresas que, dentro de cada sector, se han diferenciado positivamente.

Son evidencias que la agenda de políticas públicas debe recoger. Antes que un “super-Rigi”, hace falta un Rigi para la reconversión.

(*) Economista.