
A la encendida polémica con la UIA se sumaron datos “lapidarios”
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Redacción La Voz
Argentina está entre los países de la región en los que menos confianza generan los empresarios. No es un fenómeno nuevo. Por el contrario, hunde sus raíces en la dinámica sociológica, económica y política que talló la modernidad en esta parte del mundo. Y hasta ofrece matices entre los grandes centros urbanos y el interior productivo.
No sorprende, entonces, que en el país haya apenas alrededor de 12 empresas formales cada mil habitantes, una densidad muy parecida a la de 30 años atrás. En Brasil es el doble y México nos triplica.
Hay, en cambio, una valoración positiva de los emprendedores, sobre todo a partir de la profunda fase de resiliencia que provocó la crisis de 2001/2002.
Pero cuando esas personas consolidan sus negocios, ya no generan el mismo nivel de simpatía y suelen ser desterradas a un espacio mucho más opaco, en el que ya se apiñan varias generaciones. Es probable que Marcos Galperin, de Mercado Libre, sea un símbolo de ese proceso.
Por eso estamos acostumbrados a ver cómo el empresariado se lame sus propias heridas puertas adentro. A veces hay marea alta, pero el costo de asomar la cabeza suele ser significativo. Y eso, a la vez, aunque suene contradictorio, también genera sospechas, porque induce a que muchos piensen que, al fin y al cabo, la relación de los sectores público y privado se teje en cuartos oscuros.
No menos cierto es que muchos empresarios se han cobijado, durante décadas, bajo la manta del poder de turno, una especie de clientelismo VIP, fruto también del paternalismo estatal que ha dominado el inconsciente colectivo, amasado por años de regulaciones que llegaron a niveles excesivos.
Sería ridículo pensar que en un país con baja calidad institucional, las representaciones empresariales sean una mosca blanca. La endogamia suele dominar en muchas instituciones del sector privado, y entre tanta mediocridad, todos terminan acomodando el cuerpo.
La llegada de Javier Milei a la Casa Rosada despertó simpatías explícitas en el sector empresarial, por el trazo grueso del pensamiento económico del líder libertario y por un sentimiento revanchista acumulado en los años del kirchnerismo. Más aún cuando el Presidente los consideró “héroes”.
Pero de esa misma boca surgen ahora acusaciones y descalificaciones que atragantan al “círculo rojo”. Así como en su momento nadie quería “pelear” con Cristina Fernández, tampoco ahora hay candidatos para subirse al ring que armó Milei.
El Presidente pegó primero y, por las dudas, pegó segundo y tercero también. Ligaron, en seguidilla, Paolo Rocca (Grupo Techint), Javier Madanes (Fate y Aluar) y Roberto Méndez (Neumen Neumáticos). A la postre, "Don Chatarrín", "Gomita Alumínica" y "el Señor Lengua Floja", respectivamente, para el anecdotario de motes creados por Milei.
El Gobierno concentró sobre ellos una acusación genérica para describir cómo funcionaba el modelo de economía cerrada que imponía precios a su antojo en un mercado cautivo. Los cazadores en el zoológico.
La Unión Industrial (UIA) y la Asociación Empresaria Argentina (AEA) no devolvieron los golpes, pero hicieron público su dolor. Pidieron respeto y más diálogo. Además, insistieron en que al zoológico no lo armaron ellos.
El ministro Luis Caputo (Economía) aclaró que la gestión libertaria no es antiempresaria, pero se preocupó por remarcar la línea de cal que divide a los competidores de los prebendarios. El Gobierno está con los primeros porque, descuenta, no son los pedigüeños seriales.
La vulnerabilidad de la imagen del sector empresario siempre ha sido funcional para cualquier Gobierno. Quizá la diferencia con el actual es que el sector no esperaba que el golpe viniera por la derecha y con tanta virulencia.
Hay quienes creen que la razón es la imperiosa necesidad de Milei de desviar el foco del cansancio, la frustración y ciertas dosis de enojo que la transición del cambio de modelo está empezando a generar.
En una entrevista con Ámbito Financiero, Javier Codini –presidente de la empresa de electrodomésticos que lleva su apellido, con sede en San Francisco–, describió la coyuntura con una comparación.
“Yo lo grafico de esta manera: tenés un edificio que, de golpe, empezó a tener problemas de agua, de luz, de gas. Comenzamos a tener problemas estructurales. Entonces, hay que hacer un edificio nuevo. Empezamos con los cimientos y volteamos el edificio viejo, pero mientras tanto, ¿dónde dormimos?”.
El Gobierno, lo ha dejado claro, no tiene intención alguna de improvisar un campamento para quienes se han quedado a la intemperie. Un punto de quiebre que todavía no deja ver la curva ascendente.