
Gabriel Giorgi: La ultraderecha propone el aturdimiento como estrategia de comunicación política
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Redacción La Voz
El giro de las sociedades latinoamericanas hacia las derechas más extremas es un hecho cada vez más extendido.
Argentina, Chile, el convulsionado Perú, ahora también Colombia, los renovados bríos del bolsonarismo en Brasil y las señales cada vez más perceptibles de un viraje de similares características en México, son datos que confirman que no se trata de fenómenos aislados, más allá de las particularidades de cada país, sino del avance de una ola regional que luce muy contagiosa.
Ecuador, Costa Rica, Honduras, Panamá y El Salvador muestran gobiernos de derecha que priorizan seguridad, un discurso de austeridad y reformas económicas de acentuada orientación conservadora.

El caso del Gobierno salvadoreño es una versión extrema, a partir de la consolidación de un modelo autoritario bajo régimen de excepción: la mano dura de Nayib Bukele contra la inseguridad le valió altos niveles de popularidad, pero también críticas por el acentuado debilitamiento institucional.
El escenario peruano no es más que el reflejo de un largo proceso de deterioro institucional. El país de la crisis permanente, con presidentes destituidos y un Congreso fragmentado, abrió espacio para la fuerte ascendencia social de discursos radicales que prometen orden frente al caos arraigado.
Por su parte, Bolivia y Paraguay confirman la tendencia hacia la derechización regional, aunque con realidades disímiles.
El presidente boliviano Rodrigo Paz enfrenta una crisis política y económica de alto voltaje, mientras Santiago Peña refuerza en Paraguay el perfil empresarial y conservador del Partido Colorado, consolidando a ese país como bastión estable de la derecha regional.

Este panorama es el resultado del desgaste del ciclo político de izquierda-centroizquierda que predominó con claridad hasta hace poco más de un lustro.
Esa erosión se expresa en fatiga social frente a la inseguridad, el hartazgo provocado por hechos flagrantes de corrupción y un deterioro de los estándares de bienestar general (caracterizado, esencialmente, por procesos inflacionarios de distinta intensidad y desaceleración económica).
Tan poderoso combo de razones explica el cuestionamiento, más bien enojo, del ciudadano promedio hacia las instituciones democráticas, que se lleva puestos desde partidos políticos hasta narrativas que priorizan la protección de derechos sociales. Ni siquiera el periodismo queda a salvo de tanta iracundia, muy acentuada en sectores de clase media.
En este contexto, los outsiders de derecha radical encuentran espacio para crecer, presentándose como salvadores frente al caos.
Sin embargo, sus propuestas suelen estar más cerca de la represión y la concentración de poder (político y económico) que de la construcción de un tejido social sólido con mayor bienestar.
Jair Bolsonaro, aunque fuera del poder, conserva influencia política y capacidad de movilización: su legado es un movimiento ultraderechista organizado, con presencia en el Congreso y en la sociedad, que insiste en una agenda de seguridad y liberalización económica.
El fenómeno “bolsonarista”, en definitiva, no ha desaparecido.
Uno de los hijos del expresidente, Flavio Bolsonaro, ha lanzado su candidatura, lo que confirma que el apellido sigue siendo un capital político y que la familia busca perpetuar su influencia en la vida pública brasileña.

Para los que miran con desconfianza el panorama que se avizora rumbo a las elecciones de octubre, la priorización del mercado y del orden por encima de la cohesión social, puede ampliar las desigualdades y erosionar aún más la confianza en la democracia.
El ascenso de Abelardo de la Espriella, abogado mediático convertido en candidato, refleja el proceso de derechización colombiano.
Su discurso de orden y mano dura, acompañado de un conservadurismo radical, lo posiciona como referente de un sector que busca respuestas rápidas y contundentes.
No obstante, la cercanía que muestra De la Espriella con élites empresariales no siempre impolutas y sectores de las fuerzas de seguridad despierta alarmas: la falta de sensibilidad social y la tentación de gobernar con mano de hierro y a base de negociados turbios bajo el amparo del poder podrían profundizar las fracturas en un país marcado por décadas de violencia y desigualdad.
La institucionalidad colombiana, ya debilitada por la polarización, corre el riesgo de ser sometida a un liderazgo que privilegie la disciplina y los privilegios de un sector de la sociedad sobre la inclusión.
En Chile, la deriva hacia la derecha se consolidó tras el fuerte desgaste que sufrió la izquierda representada por Gabriel Boric, lo que abrió paso a un proyecto conservador que capitalizó el desencanto social con las reformas frustradas.

La llegada de José Antonio Kast a la presidencia en 2026, que no está exenta de complicaciones, tuvo como punto de partida una agenda que combina mano dura en seguridad y migración con disciplina fiscal y nacionalismo, en sintonía con los rasgos sobresalientes de la ola derechista regional.
México aparece como un escenario en disputa. La continuidad del partido Morena bajo Claudia Sheinbaum representa la persistencia de un proyecto con agenda progresista, pero la oposición conservadora busca instalar un discurso de eficiencia y orden frente a lo que perciben como excesos populistas.
Si la inseguridad y el desgaste económico se profundizan en tierra azteca, no es descabellado pensar en la fuerte emergencia de un outsider de derecha con vínculos corporativos, capaz de capitalizar el descontento urbano y empresarial.
El riesgo es que, en un país con profundas desigualdades y violencia estructural, un liderazgo ultraderechista podría agravar la fragmentación social.
En Argentina, el triunfo de Javier Milei con un discurso libertario y antisistema marca un cambio radical en la política nacional, con un proyecto que prioriza el mercado por encima de la cohesión social.

Las consecuencias de su plan se reflejan en una economía con fuerte contracción inicial, consumo deprimido y endeudamiento creciente, junto a un plano social atravesado por tensiones y protestas, lo que obliga al Gobierno a buscar la asistencia y el respaldo de Donald Trump para sostener la viabilidad de su modelo en el escenario internacional.
La comparación con Europa resulta inevitable. Allí, el avance de la ultraderecha también ha sido notorio en los últimos años en países como Italia, Francia y Alemania, donde partidos nacionalistas y conservadores han capitalizado el miedo a la inmigración, la crisis económica y la desconfianza hacia las instituciones comunitarias.
Al igual que en América latina, los outsiders europeos se presentan como defensores del orden y la identidad nacional, pero su llegada al poder amenaza con debilitar los consensos democráticos y con profundizar la división social.
La diferencia es que Europa cuenta con instituciones más sólidas y con un entramado comunitario que, al menos por ahora, actúa como freno a los excesos autoritarios.
Tanto en Europa como en América latina, el fenómeno comparte un rasgo común: la erosión del centro político y la emergencia de liderazgos que apelan a las emociones más primarias de la sociedad.
El populismo de izquierda, con sus políticas redistributivas, ha desgastado las instituciones, pero la ultraderecha amenaza con un impacto más profundo en la cohesión social, al priorizar el mercado y la disciplina por encima de la inclusión y la equidad.
Mientras tanto, en Estados Unidos, el panorama muestra un contraste llamativo. Donald Trump, quien supo encarnar el auge de la ultraderecha en el país, atraviesa una etapa de declive.
Su influencia política se ha visto erosionada por causas judiciales, divisiones internas en el Partido Republicano y un desgaste evidente en su capacidad de movilización, a lo que se suma el rechazo ciudadano a la serie de catastróficos desaciertos cometidos en el plano internacional durante su segunda presidencia.
Aunque conserva una base fiel, su figura ya no tiene el mismo magnetismo que en 2016 o en 2020, y su candidatura enfrenta obstáculos cada vez más difíciles de superar. El trumpismo, como fenómeno político, parece entrar en una fase descendente.
Este retroceso de Trump ocurre al mismo tiempo en que la ultraderecha gana terreno en América latina y en Europa, lo que plantea un escenario paradójico: mientras el referente más visible del populismo de derecha en el mundo pierde fuerza en su propio país, sus imitadores y herederos ideológicos avanzan en otras regiones.
La pregunta de fondo es si este declive en Estados Unidos marcará un límite global al ciclo ultraderechista o si, por el contrario, América latina y Europa seguirán profundizando un camino que amenaza con desgarrar el tejido social y debilitar las democracias.