Estados Unidos. Donald Trump y el fin del orden liberal
El actual endurecimiento autoritario no puede explicarse sólo por la personalidad del Presidente. Hay algo más profundo. El propio sistema político estadounidense está mutando hacia formas cada vez más plebiscitarias y personalistas.
Durante décadas, Estados Unidos se pensó a sí mismo como una maquinaria institucional casi perfecta. Una república blindada por checks and balances, jueces independientes, prensa libre y una burocracia profesional capaz de limitar cualquier deriva caudillista.
La llegada de Donald Trump –y, sobre todo, su regreso al poder– no destruyó de manera inmediata ese mito, pero sí reveló algo mucho más inquietante respecto de que el sistema norteamericano dependía menos de sus instituciones formales que de consensos culturales hoy completamente erosionados.
El segundo mandato de Trump parece confirmar eso. Ya no se trata del outsider caótico de 2017, rodeado de funcionarios improvisados, generales incómodos y republicanos tradicionales que actuaban como diques de contención.
El trumpismo actual es otra cosa, y tiene más que ver con un proyecto político mucho más consciente de sí mismo, ideológicamente coherente y decidido a disputar el control total del aparato estatal estadounidense.
Trump no emerge de la nada. Es el producto histórico de décadas de desindustrialización, financiarización, desigualdad regional, crisis identitaria y pérdida de legitimidad de las élites cosmopolitas estadounidenses.
Se trata, en gran medida, del agotamiento del liberalismo tecnocrático posterior a la Guerra Fría.
La gran división
Mientras Wall Street y Silicon Valley acumulaban riqueza y poder simbólico, enormes sectores del país comenzaron a percibir que el “sueño americano” ya no les pertenecía.
La globalización benefició a las costas y destruyó buena parte del corazón industrial del país. Las guerras interminables fracasaron. La crisis financiera de 2008 demolió la confianza en Wall Street. Y luego llegó una revolución cultural progresista que amplios sectores conservadores sintieron como hostil, moralizante y excluyente.
Trump entendió algo que gran parte del establishment sigue sin comprender. En una época de fragmentación social extrema, la política deja de organizarse alrededor de programas racionales y pasa a estructurarse alrededor de identidades heridas.
El trumpismo funciona menos como una ideología coherente que como una reacción cultural de masas contra el orden liberal-globalista.
Por eso el actual endurecimiento autoritario no puede explicarse sólo por la personalidad de Trump. Hay algo más profundo. El propio sistema político estadounidense está mutando hacia formas cada vez más plebiscitarias y personalistas.
El presidente deja de ser un administrador institucional para transformarse en un líder tribal que promete proteger a “la verdadera nación” frente a enemigos internos.
El trumpismo nunca creyó demasiado en la neutralidad institucional. Considera que el Estado norteamericano –universidades, agencias federales, inteligencia, medios, burocracia, big techs, organizaciones no gubernamentales– fue colonizado por una élite progresista hostil al ciudadano común.
Bajo esa lógica, expandir el poder presidencial deja de verse como una amenaza y pasa a percibirse como una necesidad defensiva.
Polarización extrema
El concepto de “deep state” (Estado profundo), ridiculizado muchas veces como mera paranoia, expresa precisamente esa sensación de desposesión política.
Millones de votantes creen que, independientemente de quién gane las elecciones, existe un entramado permanente de poder tecnocrático que gobierna por encima de la voluntad popular. Trump capitaliza ese resentimiento y promete destruirlo desde adentro.
Por eso el segundo mandato muestra un intento mucho más agresivo de controlar la burocracia federal, desplazar funcionarios de carrera y concentrar autoridad en el Ejecutivo.
No es sólo una cuestión administrativa, sino que se trata de una batalla por quién controla el Estado norteamericano en una época de polarización terminal.
Sin embargo, reducir todo esto a una simple “dictadura inminente” también resulta intelectualmente pobre. Estados Unidos continúa teniendo elecciones competitivas, una prensa ferozmente opositora, gobernadores poderosos y tribunales capaces de bloquear medidas presidenciales. De hecho, gran parte de la agenda de Trump termina judicializada de manera constante.
Las democracias modernas no sobreviven sólo gracias a constituciones escritas. Necesitan moderación, reconocimiento mutuo entre adversarios y ciertos límites tácitos. Eso es precisamente lo que parece haberse roto.
La paradoja histórica es notable. Durante años, Washington promovió a nivel global discursos sobre republicanismo, institucionalidad y gobernanza democrática, mientras en su interior crecía una crisis profunda de legitimidad social.
Hoy Estados Unidos empieza a parecerse cada vez más a esas democracias fatigadas del siglo 21 donde la polarización transforma cada elección en una batalla existencial. Trump no creó esa crisis: la aceleró, la expresó y la volvió irreversible.
Lo verdaderamente inquietante no es sólo el trumpismo. Es que buena parte de sus adversarios tampoco parece creer ya en el viejo consenso liberal.
Unos quieren un Ejecutivo fuerte para aplastar al “Estado woke”; otros quieren utilizar el aparato institucional para disciplinar discursos considerados peligrosos o reaccionarios. Ambos bandos desconfían crecientemente de la neutralidad democrática.
Quizá el fenómeno Trump sea, en el fondo, el síntoma norteamericano de algo más amplio: el agotamiento del orden liberal surgido tras 1989.
Un mundo donde la globalización prometía prosperidad infinita, las tecnocracias reemplazaban la política y la historia parecía haber terminado. La historia, evidentemente, no terminó. Volvió con furia.
Analista internacional

