Plan de lectura. Serú Girán bajo la lupa: el mapa literario de la banda que fue refugio y resistencia
En la antesala de la presentación de Serú Girán por Lebón y Aznar, revisamos el contenido de los libros sobre la mítica banda.
Hay bandas que se escuchan y hay bandas que se habitan. Serú Girán pertenece, sin discusiones, a esa estirpe de fenómenos que no solo construyeron una discografía impecable, sino que edificaron un refugio ético y estético en el momento más oscuro de nuestra historia. Entre 1978 y 1982, mientras el país intentaba sobrevivir al silencio de las botas, Charly García, David Lebón, Pedro Aznar y Oscar Moro inventaron un lenguaje. Fue una alquimia fantástica que, mirada a la distancia, sigue arrojando esquirlas de lucidez que hoy son recogidas por una serie de libros imprescindibles.
Esta literatura sobre Serú Girán nos permite entender cómo hizo Charly García para captar el pulso de un país sitiado y, con una perspectiva de décadas, desarmar el juguete rabioso que fue el “supergrupo” argentino para concluir que su música sigue siendo el territorio donde vamos a buscarnos.

La banda de sonido del terror y la belleza
Uno de los aportes más agudos a esta hemeroteca serugiranesca es, sin duda, Entre lujurias y represión (Sudamericana, 2020) del ya citado Mariano del Mazo. El periodista, que reconoce a Serú como parte de su propia “educación sentimental”, plantea una tesis necesaria: la banda fue el epicentro creativo de la dictadura, esculpiendo canciones que, en palabras del autor, “registraban la angustia de la ciudad y la desolación del individuo (lo colectivo, lo personal), temas que conducían a callejones sin salida, al tiempo que invitaban a la fiesta”.
Del Mazo no se queda en el análisis técnico. Con la precisión de quien ha frecuentado los pasillos del rock nacional durante décadas, asegura que “sus canciones eran delicadas, líricas, crípticas, bufas, rabiosas y melancólicas: siempre emotivas, vibrantes y sensuales”.
Para él, la aparición de Serú significó un cambio de paradigma: “Con apenas cuatro discos en el período original, grabados en un lapso de cuatro años, Serú Girán cambió para siempre la sensibilidad del público y la concepción del espectáculo, alcanzando estándares de una profesionalización inédita”.
En sus páginas, Del Mazo describe cómo Serú logró surfear el totalitarismo sin desentenderse, pero estetizándolo.. No fue un camino lineal. Entre el primer disco homónimo de 1978 (“grandilocuente, hermoso, sinfónico, orquestal, gris ya desde su tapa”) y Peperina (1981), hubo una transformación que acompañó el desmoronamiento del régimen. “Serú Girán fue la banda de sonido del terror, que colaba temas como Los sobrevivientes y La grasa de las capitales y, mucho más enfáticamente, Canción de Alicia en el país, en años en que nadie hablaba”, apunta Del Mazo con contundencia.
La crónica de un fan que se hizo cronista
En esa misma línea de rescate histórico, pero desde una mirada que conjuga la pasión del fan con el rigor periodístico, aparece Walter Ignacio Domínguez con Serú Girán. La historia (Planeta, 2018).
Domínguez, hoy editor jefe de Espectáculos en Clarín, comienza su relato con una imagen que muchos cordobeses y argentinos de su generación podrían firmar: “El 28 de julio de 1978 me encontró abrigado. Había faltado al colegio. Estaba desde el mediodía haciendo cola en el Luna Park para entrar a ver algo denominado Festival de la Fundación Genética Humana… Iba a presentarse para un público masivo la nueva banda de Charly García”.
Lo que Domínguez logra en su libro es capturar esa sensación de estar asistiendo al nacimiento de algo gigante, incluso cuando el debut fue incomprendido y tildado de “hermafrodita” por una crítica que aún no estaba lista para la sofisticación que traían de Brasil.
Su libro es un viaje por la formación de esa “alquimia fantástica” que unió a un veterano de guerra como Moro con un joven prodigio como Aznar, creando lo que muchos llamaron la unión de John Bonham y Jaco Pastorius en el cono sur.

El milagro de La entrevista imposible
Pero si hablamos de hallazgos literarios, el podio se lo lleva La entrevista imposible, el libro de Luciano di Vito y Fernando González. Aquí, la historia se vuelve casi un policial arqueológico. Los autores, que en 1988 eran apenas periodistas amateurs, lograron lo que nadie más pudo: sentar a los cuatro Serú en una misma mesa, seis años después de su separación y cuatro antes del regreso en River.
Durante décadas, esta charla fue una leyenda urbana de la que solo circulaban fragmentos difusos o el famoso bootleg de la zapada posterior en el estudio TMA. En esas páginas, emerge la voz de los protagonistas sin el filtro del tiempo. Es David Lebón quien recuerda con sencillez el origen del nombre: “Fue por una letra inventada que hizo Charly muy linda. No teníamos ningún nombre y él me dijo que podíamos llamarnos Serú Girán y fue re-simple”.
En esa tarde de marzo de 1988, los músicos repasaron su propia obra con una honestidad brutal. Aznar no dudaba en elegir Esperando nacer como “la gloria”, mientras Lebón se inclinaba por la nostalgia ferroviaria de El mendigo en el andén. Moro, por su parte, reivindicaba Peperina como su álbum favorito: “Fue el disco cumbre, el menos complicado para grabar y el más efectivo”.
Lo que queda claro en este testimonio es la idea de Serú como una entidad colectiva. “A la gente lo que le gustó es que éramos un grupo, un verdadero grupo, y ahí el arte salía porque nadie imponía más de lo que podía o quería hacer”, reflexionaba Lebón en aquella charla recuperada. Charly, parco pero definitivo, confirmaba ante la pregunta de si fue su mejor grupo con un rotundo: “Sí”.

Pedro Aznar: La voz de la conciencia musical
En una entrevista reciente con David Lebón y Pedro Aznar para La Voz, esa misma mística sobre la composición colectiva volvió a emerger. Pedro, siempre analítico y profundo, reforzó conceptos que ya asomaban en la literatura sobre la banda. En el intercambio se habló de ese espacio que Charly le cedió (“Vos sos compositor también, hay un espacio en los discos para que vos pongas tus cosas”, le dijo García, según recuerda Pedro en el libro de Di Vito y González) y cómo eso permitió canciones de una densidad existencial única.
Para dar cuenta de cómo capitalizó la invitación de García, y cómo supo captar una vibración de época, Pedro recordó su tema Paranoia y soledad, incluido en La grasa de las capitales (1979).
En su momento, él mismo sentía que sus aportes podían sonar “incongruentes” o fuera de contexto, pero hoy entiende que esa canción “tiene todo que ver con el alma del disco que hablaba del momento de represión, del momento de cosa densa y de buscar la salida”. Esa es, quizás, la mejor definición de lo que Serú Girán significó para miles de argentinos: una búsqueda constante de la salida a través de la belleza.
Para Pedro, el proceso de Serú fue de un crecimiento impresionante. Moro lo decía en 1988 y Aznar lo sostiene hoy: “Fue un crecimiento grande para todos; insisto, impresionante”.
Esa evolución, que fue desde el “caos divino” y costoso de la grabación del primer disco hasta la pulcritud creativa de Bicicleta (1980) y Peperina, es lo que hoy seguimos desglosando en cada nueva biografía que aparece.
Peperina por Peperina
Aunque estos libros destacan a Peperina como "álbum cumbre" y pieza clave en la evolución del grupo, no incluyen síntesis de los libros escritos por Patricia Perea, la periodista cordobesa había criticado duramente a Serú Girán en las páginas del Expreso Imaginario y a la que Charly García le dedicó ese himno tan bello como misógino.

Peperina por Peperina (1995) y Peperina II. Gourmet lacaniano (2015) constituyen ejercicios de reivindicación personal y memoria crítica. En ellos, Perea se distancia de la caricatura "cristalina" y "aburrida" que Charly García plasmó en la canción para ofrecer su propia versión de los hechos.
El texto funciona como un testimonio de la Córdoba de los años '70 - '80 y como un descargo frente al impacto que tuvo el estigma de la canción en su vida profesional y privada.
La cita con la memoria en Córdoba
Leer sobre Serú Girán es una forma de mantener encendido el fuego, pero escucharlos en vivo (o al menos a esa mitad fundamental que conforman Lebón y Aznar) es la experiencia definitiva. Por eso, el dato no es menor para los melómanos cordobeses: David Lebón y Pedro Aznar actuarán el próximo viernes 26 de junio en el Quality Arena de Córdoba.
Será una noche para que las canciones que registraron la angustia y la esperanza de una generación vuelvan a sonar en el aire de la Docta. Será la oportunidad de ver a dos músicos que, como dice Del Mazo, lograron “diluir sus egos en una alquimia fantástica” para crear una obra que superó los límites de lo que se podía decir en una dictadura.
Al final del día, todos estos libros (el de Del Mazo, el de Domínguez, el del rescate de Di Vito y González) coinciden en un punto: Serú Girán no fue solo una banda de rock. Fue el lugar donde aprendimos que, incluso en el centro de la grasa y el terror, siempre hay una melodía que nos puede salvar. Como me dijo Pedro hace poco, se trataba de encontrar el “goce” y la “polenta” en medio del silencio.
Este viernes, en el Quality, el rompecabezas de la memoria sumará una nueva pieza. Porque, como dice el libro de Domínguez invocando esas sensaciones personales, la historia de Serú no terminó en 1982 ni en 1992, año en el que se concretó una reunión algo tumultuosa.
Se sigue escribiendo cada vez que una aguja baja sobre el vinilo o cuando dos de sus protagonistas se suben a un escenario para recordarnos que el tiempo, a veces, no puede con lo que es verdaderamente eterno.



