Entrevista. Ariel Rot, en el umbral de sus 50 años con el rock & roll: Tengo un espíritu juvenil y entusiasta
El músico volverá a Córdoba en días, en el marco de un show que celebra lo mejor de su obra. Sus bandas eternas, el exilo familiar y qué guitarristas le gustan.
Este viernes 22 de mayo y a las 20, Club Paraguay (Marcelo T. de Alvear 651) recibirá una descarga de rock & roll en su estado más puro y sofisticado. Es que regresa a la ciudad Ariel Rot, una de las figuras más influyentes de la música en español de los últimos 50 años, con un espectáculo que promete ser algo más que un solemne encadenamiento de canciones.
En rigor, la propuesta busca ser una celebración de vida y maestría técnica, bajo la premisa de que el rock debe ser tan elegante como primal.
Siempre de acuerdo a información oficial, este tour no es un ejercicio de nostalgia vacía, sino un recorrido vital inspirado en el espíritu de En Vivo Mucho Mejor, un disco que Rot publicó en 2001 y que en 2025 fue reeditado en vinilo.
El repertorio seleccionado busca encender emociones a través de clásicos que han definido a varias generaciones. Desde los himnos de Los Rodríguez, como Milonga del marinero y el capitán, Mucho mejor y la desgarradora Me estás atrapando otra vez, hasta joyas de su etapa solista como Semillas en el aire, grabada originalmente con su socio creativo Andrés Calamaro.
Por supuesto, la revisión también reparará en Tequila, la banda que un adolescente Ariel formó en Madrid, a pocos meses de que su familia se estableciera en esa ciudad empujada por el exilio.
Como bien señala su amigo Sergio Makaroff, Rot se encuentra en su “punto más dulce de maduración”, y su corporalidad es “una fuerza de la naturaleza que custodia el tesoro de los clásicos del rock para que sean disfrutados como si no hubiera un mañana”.
En suma, Ariel Rot reconecta con Córdoba en un momento de profunda reflexión personal, marcado por el recuerdo de su exilio en 1976 y la vigencia de una obra que, en sus propias palabras surgidas en diálogo con La Voz, suena hoy más vibrante y arrolladora que nunca.
–¿Qué hacés apenas llegas a Argentina? ¿A quién visitás? ¿A qué hogar concurrís?
–Lo primero que hago es llegar a la casa de mi padre que está ansiosamente esperándome. Mi padre vive en Argentina y eso es uno de los motivos por los que cada seis meses estoy aquí, porque ya no puede viajar a España y, bueno, es una visita muy esperada por él. En cuanto llego nos juntamos, desayunamos... Llego generalmente en los vuelos de madrugada y sí, él está aquí esperándome. Después, bueno, no sé, salgo a pasear un rato por aquí; estoy en la zona del Botánico y por ahí.
–Me parece bárbaro y me emociona ese reencuentro. Pero pasemos a la música, que es lo que nos reúne aquí. Tu obra es profusa, tanto por lo que legaste con tus bandas como por tus contribuciones como solista. Entonces, ¿qué recorte hiciste ante tanto material disponible? Eso sí, no te quiero dinamitar el factor sorpresa...
–Bueno, hay temas festivos y más populares, y los hay también los que no sonaron en la radio pero que toda la gente que me sigue (mucha o poca, depende de quién lo mire) convirtió en clásicos. Canciones más íntimas, no por eso aburridas, pero que sí que son más personales, más de autor, te diría. Tales los casos de Vicios caros, Cenizas en el aire... Entonces hay un poco de todo, ¿no? Hay, por supuesto, temas que grabamos con Los Rodríguez, que son muy conocidos y esa parte es como la más festiva, digamos. Pero también hay muchos temas míos personales, como El vals de los recuerdos, que habla de mi primer día de llegada a Madrid en el ’76. En él describo las sensaciones de llegar a un sitio desconocido. Todos son rocks, eso sí.
–Si uno hace un paneo de las publicaciones sobre vos en medios iberoamericanos y de las últimas décadas, se repite el rótulo de “pilar del rock en España”. ¿Te autopercibís así sin dramas o te da pudor?
–Yo formé parte de Tequila, un grupo que marcó mucho a una generación en un país que venía de la dictadura, del franquismo, y que de repente se abrió tras 40 años de aislamiento. En cada compartimento cultural, hubo piezas claves que acompañaron esa apertura. En lo musical Tequila, con su rock & roll fresco, juvenil y desenfadado, ocupó ese lugar. De repente, ¡pum!, se pasó de blanco y negro al color. Lo que sí me reconforta es que muchas veces voy por la calle y gente de mi edad se me acerca de modo respetuoso y me reconoce esa cuestión. Lo curioso de Tequila es que siguen estando vigentes esas canciones. Muchas, no todas obviamente. Hay algunas que traspasaron el tiempo; hay toda una generación que, como me suelen decir, nos lleva en el corazón.
Ariel Rot y las consecuencias de un exilio familiar
–A propósito que aquellos años tempranos de tu carrera, me interesa conocer qué sensaciones te atravesaron el pasado 24 de marzo, cuando se cumplieron 50 años del último golpe militar en Argentina. Tu familia tuvo que exiliarse en Madrid, así que, supongo, te debés haber sentido movilizado. .
–Es un tema muy profundo el que me estás preguntando. Yo sí... a mis 16 años dejamos nuestra vida, lo que yo conocía por vida hasta ese momento, cuando no existían estas cosas como ahora, ¿no? Entonces iba rumbo a lo desconocido, lo dejé todo. Sin embargo, lo viví como una aventura por la edad que tenía y por el entusiasmo que sentía por la música. Pero hay algo que se rompe con el exilio. Ya nunca más recuperas eso que dejaste y también tiene efectos colaterales como el que te estaba contando al principio: que las familias se disgregan, dejan de estar unidas, dejas de tener esa sensación de tíos, primos, hermanos, no sé qué, de todos juntos pasando los fines de semana o el domingo comiendo juntos. Todo eso es algo que mucha gente tiene alrededor tuyo y tú no. Todo eso se dispersa. Entonces, con el tiempo, el exilio afecta más de lo que afectó en su momento.
–¿Y a esos 16 años ya eras un gran violero? Habías tomado clases con Claudio Gabis, OK, pero cuál era tu nivel guitarrísticamente hablando.
–Mira, yo llegué a España y... viste que soy muy modesto, pero ¡¡¡humillé!!!
–Epa.
–Sí, yo ya tocaba muy bien con 16 años. Normal, o sea, llevaba desde los 10 tocando y tocando mucho, todo el tiempo. Estudié con Gabis y me ponía discos y me juntaba con otros guitarristas mayores que yo a aprender y ya lo tenía dentro de mí a todo... y lo practicaba y estaba muy motivado. Entonces, a Madrid llegué con un peso como guitarrista. De hecho, el primer disco de Tequila lo grabé al año de habernos exiliado, con 17, y lo escuchas y ahí se escucha un guitarrista ya experimentado.
Disimular ser un guitar hero
–Tremendo. Ahora te hago una consulta contextual. Teniendo en cuenta la deriva de la música popular iberoamericana y te diría hasta global, se ha redefinido un poco el rol del guitarrista. ¿Lo notas a eso? Digamos como que ahora hay que ser más plural, si se quiere, no tan guitar hero. ¿Cómo ves esa reconfiguración de una formación o de un proyecto de música popular porque se filtra el hip hop, hay nuevos matices, nuevas influencias?
–A ver, el rol del guitar hero quedó defenestrado ya en el año '77, cuando empezó el punk. Mejor era disimular, hacer de cuenta que sabías tocar menos de lo que tocabas.
–¿Tuviste ese conflicto?
–No, no, no. Pero si escuchas mis discos de esa época en solitario, como Debajo del puente (1984), sí que yo también quería ser un chico moderno. Tenía 23 años, ya había tenido toda la historia de Tequila, que era un rock & roll clásico y básico, y yo también buscaba hacer discos con guitarras procesadas, vestirme de oscuro con los pelos en punta, pertenecer a todo lo que estaba pasando. Ahora ya se rompieron mucho los prejuicios, hay de todo. La gente quiere impactar mucho también por las redes en lo visual; entonces, también creo que a veces hay un exceso de postureo para sobresalir. Como se convirtió en algo tan visual la música (para bien o para mal, cada uno lo ve como quiere verlo), que lamentablemente ves engendros de todo tipo. Mucho virtuosismo también, porque hoy en día la gente viene muy preparada y tiene las herramientas para prepararse porque tiene un montón de tutoriales. Y se pone muy fácil, siempre y cuando tengas voluntad y talento, por supuesto. Después, claro, hay que encontrar qué es lo que querés decir con todo eso, ¿no? Eso es lo más importante.
–La expresión “En Vivo Mucho Mejor” lleva implícita la idea de una reivindicación del directo por encima de la situación de estudio. ¿Sos un guitarrista clásico que se aburre en estudio o sos un artista aventurero en ese ámbito?
–Me fascina. Me fascina ir armando en el estudio, ir metiendo distintas guitarras hasta que encuentro el equilibrio. Claro, desde que no tengo banda, y desde que no suelo grabar con otro guitarrista, me acostumbré a ocupar los dos lugares: los que ocupaba en mi banda y el que podía ocupar Julián Infante, básicamente, que fue el guitarrista con el que más toqué. Me gusta mucho el estudio, pero llevo años sin componer canciones nuevas y lo que más extraño es grabar.
–¿Pero no estás preparando cosas para tu 50° aniversario en la música? En el ‘77 fue el debut de Tequila…
–Se cumplen 50 años, sí, y estoy preparando cosas que todavía no las puedo anunciar mucho.
–Qué efeméride, ¿no? 50 años suena potente, pero te veo vital, joven. ¿Te sentís así? ¿Te sentís un joven perpetuo?
–Sí, tengo un espíritu bastante juvenil y entusiasta. En una carrera de 50 años pasa de todo. Hay momentos de entusiasmo, momentos de desencanto, momentos en que hay que pelear, momentos en que el viento sopla a favor. En un momento estaba yo en horas bajas y surgió un programa de televisión.
–Sí, te iba a preguntar sobre eso. “Un país para escucharlo” se llamó ese ciclo. ¿Qué podés contar sobre él?
–Que recorrer España para revisar las tradiciones musicales de cada región me volvió a conectar y me puso otra vez, interna y externamente, en el mapa musical. Y a partir de ahí volví a tener un nuevo ciclo. Hice los 25 años de Hablando solo (1997), junté a mi vieja banda con la que hacía 20 años que no tocaba… Dio la casualidad de que pudieron justo en ese momento porque todos armaron sus proyectos. A partir de ahí es como que viví un cambio de piel.
Guitarras y guitarristas, según las preferencias de Ariel Rot
–Recién fui víctima de mi prejuicio de creer que reivindicabas el directo por encima de la situación de estudio. Ahora voy a ir a otro prejuicio mío de que sos un guitarrista más de Stratocaster y Telecaster que de Gibson, ¿Es así o sos un alma libre que toca lo que se le presente?
–Bueno, no... digamos que con las guitarras que más hermanado me siento, incluso si pienso en general, son dos Fenders: con una Strato amarilla que usaba con Los Rodríguez y con una Telecaster que uso ahora que está toda rota y tal. Pero es lindo tener aventuras aparte de tu pareja fija, ¿no? Es lindo ser infiel. Espero que no se lo tome nadie mal esto; quiero decir que de repente te dan una Gibson y tocas de otra manera. No uso Gibson en mi show aquí, pero me encanta. Tengo una 335 que la uso mucho en los conciertos cuando necesito ese… ese grano, ¿no? La Fender es más transparente, no ocupa ese lugar de una manera tan vertical como una Gibson.
–¿Tenés el oído atento para nuevos guitarristas?
–Tengo los oídos más puestos en descubrir guitarristas del pasado. Mucho Johnny “Guitar” Watson y, obviamente, T-Bone Walker con toda esa escuela blusística (sic). No te podría dar nombres ahora mismo, pero también disfruto e indago en la escuela del funk, donde hay guitarristas increíbles. Y de lo nuevo, bueno, en Argentina yo ahora mismo sé que hay grandes guitarristas, porque tengo colegas aquí con los que voy a tocar; yo toco con una banda argentina. Pero soy más de toda la escuela que viene de Kubero Díaz, de Claudio Gabis... Igual, para mí el mejor guitarrista de Argentina, y esto va a sorprender, es Luis Alberto Spinetta.
–Es un violero muy creativo y singular, claro.
–Es único lo que hace. Tocar rápido un montón de acordes o escalas son herramientas ya muy utilizadas, pero lo que él hacía, lo que él buscaba, la personalidad que tenía, los sonidos... Yo lo valoraba y me conmovía muchísimo de chiquito. Me sé de memoria los solos de Luis Alberto Spinetta. Tal vez la gente esperaba que hable más de guitarristas clásicos de rock y de blues, pero el mágico es él. Tiene lo que busco en un guitarrista realmente. Lo que hace en Artaud y lo que hace con Pescado Rabioso es descomunal. Para mí eso es una lección de lo que es ser un guitarrista con personalidad, con vuelo, estilo y originalidad. Es lo más importante que hay.
–A mí me pegó mucho tu disco “La Huesuda”, por eso de que reflexionó sobre la muerte sin solemnidad. Recién contabas que hacía mucho que no componías y me intrigaba: ¿Qué disparador podés usar en este tiempo para volver a componer una canción? ¿Qué te llama?
–A mí también me gustaría saber (risas). Mira, hubo un momento en que me distancié de la composición. Siempre encuentro algo que me da más ganas de hacer que sentarme a componer, la verdad. Sigo haciendo música, por supuesto, revisando mis propias canciones y preparando los conciertos, dándole vueltas, juntándome a tocar con gente... o sea, que la música está todo el tiempo presente. Pero hubo una distancia, me distraje y no volví a conectar con eso. Fueron muchos años de estar casi obsesionado por no dejar pasar el tiempo sin componer. O sea que es una liberación en un punto.



