Aves de Córdoba. La historia detrás de la foto: una lechucita en la primera salida de su cueva
Un ejemplar de lechuza vizcachera fotografiada en zonas rurales del sur de la provincia de Córdoba.
En uno de los tantos viajes del equipo de la Fundación Mil Aves, esta vez junto al biólogo Guillermo Sferco y el fotógrafo Carlos Carmona, el destino fue el sur de la provincia de Córdoba, allí donde se funde con los límites de San Luis y de La Pampa.
La misión era clara: realizar un relevamiento de aves, con especial atención en el cardenal amarillo, una especie emblemática de los ambientes abiertos, pero que finalmente no encontramos. Las jornadas transcurrían entre caminatas diurnas, transectas y observación minuciosa, acompañados por una guardaparque local que conocía el territorio al detalle.
Pero fue de noche cuando la historia cambió. Las salidas nocturnas tenían su propia lógica: recorrer lagunas, humedales y sectores más áridos, en un paisaje donde el frío cala hondo y la oscuridad es total.
En una de esas noches, algo cruzó el camino a la distancia. Un movimiento mínimo, apenas perceptible. Las luces de la camioneta no alcanzaron para identificarlo.
La duda obligó a frenar. Bajaron. Linternas en mano. El silencio alrededor. Y esa sensación nítida de que algo estaba ahí.
Después de unos minutos de búsqueda, apareció: un juvenil de lechucita vizcachera (Athene cunicularia). Solo. Quieto. Aferrado al suelo como parte del paisaje. Aún no volaba, pero ya se había aventurado fuera de su cueva, ese refugio esencial para una especie que rompe con la lógica de la mayoría de las aves nocturnas. Eso sí, sus padres silenciosos sobrevolaban la zona para no delatarlo.
Porque a diferencia de otros búhos y lechuzas, la vizcachera no vive en árboles. Habita en cuevas bajo tierra. Muchas veces no las construye ella misma, sino que aprovecha cuevas hechas por vizcachas o quirquinchos. Allí, en un túnel que desemboca en una cámara de nidificación, pone sus huevos —blancos, redondeados— y cría a sus pichones en un espacio protegido del exterior.
Ese juvenil , sin embargo, estaba afuera. Expuesto. En plena noche.
Confianza extraña
La escena tenía algo de improbable. Por comportamiento, estos animales suelen refugiarse rápidamente ante cualquier amenaza, más aún en etapas juveniles. Pero ahí estaba, confiando en la protección de la oscuridad, mimetizado con la arena, sosteniendo la quietud como estrategia de defensa.
Las linternas revelaron lo que la noche ocultaba: el plumón aún de joven, la mirada alerta, la fragilidad y la resistencia conviviendo en un mismo cuerpo.
Se tomaron algunas fotografías, breves, respetuosas.
La lechucita vizcachera es una especie clave. Se alimenta de insectos, roedores, pequeñas aves y reptiles, cumpliendo un rol fundamental como controladora natural. Su presencia beneficia directamente a los ecosistemas –y también a las actividades humanas– al mantener en equilibrio poblaciones que, de otro modo, podrían volverse problemáticas.
A diferencia de otras aves, muestra cierta tolerancia a la presencia humana. Pero eso no la vuelve inmune. Entre sus principales amenazas aparecen la pérdida de hábitat y una presión cada vez más cotidiana en las zonas más urbanizadas: perros y gatos domésticos que, por instinto o juego, las cazan, las hostigan o destruyen sus cuevas y también padecen la problemática con los agroquímicos en zonas más rurales.
Aun así, no es una especie en peligro. Está protegida por la legislación provincial y nacional, y sigue siendo una de las presencias más emblemáticas de los paisajes abiertos de gran parte del país.
Esa noche, el equipo siguió su camino. Quedó la imagen. La anécdota. Y el encuentro con ese juvenil que, en medio de la inmensidad y la oscuridad, parecía sostener algo más que su propia historia: el pulso discreto pero persistente de la vida en el campo.
Porque a veces, en la naturaleza, lo más valioso no es lo que se busca. Es lo que aparece breve, silencioso.
- Guillermo Galliano es fotógrafo de naturaleza y presidente de la Fundación Mil Aves, de Córdoba



