Fotografía. Caminar la Antártida: donde el blanco lo ocupa todo

Un viaje al continente helado, con el sueño de hacer imágenes de sus aves. Miles de pingüinos, y mucho más, para conmovernos en un punto del planeta único, extremo y distinto.

28 de marzo de 2026 a las 10:37 a. m.
Guillermo Galliano *
Caminar la Antártida: donde el blanco lo ocupa todo
Pinguinos en la Antártida.

Conocer la Antártida –un lugar remoto, aislado, extremo– fue durante años una idea persistente. Como a todo viajero, me rondaba en la cabeza. Pero en mi caso no era sólo curiosidad: era una necesidad.

A los 23 años ya había recorrido todas las provincias del país. Me faltaba una sola pieza para completar ese mapa personal: la Antártida Argentina. Y no era un detalle menor. Era cerrar un deseo profundo, algo que venía construyendo desde hacía tiempo. Pero llegar no era simple.

A la Antártida no viaja cualquiera. Es un territorio reservado casi exclusivamente para militares, para científicos y para un turismo de elite. Yo no pertenecía a ninguno de esos mundos. Era sólo un fotógrafo de naturaleza.

Así que empecé desde cero.

Sin contactos, sin referencias, sin puertas abiertas. Sólo con una idea clara: realizar un relevamiento fotográfico de aves en la península antártica y así unir mis tres pasiones: las aves, los viajes y la fotografía.

Durante meses armé un proyecto. Logré el aval de algunas instituciones, de ONG y de periodistas que conocían mi trabajo. Y, como suele pasar, el destino empezó a acomodar las piezas: en Córdoba conocí a la hija de un comodoro, que me abrió la primera puerta. Después vino el Edificio Cóndor, en Buenos Aires. Un brigadier. Reuniones difíciles de conseguir. Esperas. Idas y vueltas.

Hasta que apareció una secretaria. Era bióloga y la secretaria del brigadier que tenía la última palabra, de él dependía mi viaje. Pero ella entendió el proyecto de inmediato. Se entusiasmó. Lo defendió. Se volvió, sin saberlo, una pieza clave. Entre su impulso y mi insistencia, lo improbable empezó a volverse posible.

Hasta que llegó el permiso. Y, con esa firma, todo cambió.

Fui incorporado a la lista de vuelo. Salíamos entre Navidad y Año Nuevo, en un Hércules. Pero ni siquiera entonces era seguro. Ese avión –viejo, noble– y sus repuestos definían el cuándo.

Dos veces viajé a Buenos Aires y el vuelo se canceló. Volvía a Córdoba con la sensación de estar siempre al límite un mal cálculo y se esfumaba mi posibilidad.

Hasta que una noche decidí arriesgar. Sin confirmación oficial, sólo un rumor, tomé un colectivo a medianoche. A las 3 de la mañana, ya en ruta, llegó el mensaje: el Hércules despegaba a las 8 de ese día.

Si no hubiera tomado esa decisión, no llegaba a la pista de El Palomar y perdía el vuelo. Pero esa mañana, finalmente, despegamos.

Volar, volar

Hicimos escala en Río Gallegos. Dormimos poco. Nos avisaron que debíamos estar listos: si sonaba la sirena, significaba que las condiciones en la base Marambio estaban dadas y había que salir de inmediato y eso podría ser a cualquier hora. Dormí vestido.

Nos entregaron la ropa antártica característica de color naranja. Todo lo necesario para enfrentar un ambiente que no perdona.

Una recorrida por la Antártida. Otro mundo a la vista.
Una recorrida por la Antártida. Otro mundo a la vista. (Guillermo Galliano)

A las 4 de la mañana, con viento fuerte y temperaturas bajo cero, despegamos en plena oscuridad. Gritos fuertes con las directivas, todos subimos en fila, el ruido de los motores y el zumbido de las enormes hélices ya en acción eran impactantes. Todo parecía una película.

Subir a ese avión fue una experiencia en sí misma. No era un vuelo cualquiera.

Era un Hércules cargado de historia: Malvinas, rescates, misiones. Pero también de sombras. En ese fuselaje enorme, donde viajábamos unas 60 personas junto a un helicóptero desarmado, se mezclaban sensaciones opuestas.

Gratitud. Orgullo. Y también, un eco incómodo del pasado de una dictadura me llevó a pensar en los tiempos difíciles que pasó el país en esos años.

Adentro no había asientos. Íbamos sentados en redes, contra las paredes. El ruido era ensordecedor. No se podía hablar.

Hasta que, en una pequeña ventanilla, apareció una tenue luz: estaba amaneciendo.

Primero vi algunos témpanos dispersos en un mar azul profundo, señal de que estábamos sobrevolando el Pasaje de Drake. Después, eran cada vez más grandes, el paisaje ya era otro: miles de bloques de hielo flotando, como si el océano se hubiese fragmentado.

Estaba yendo a fotografiar a lo más lejos que podía llegar dentro de la Argentina.

Cuando el avión tocó tierra, la ventanilla se cubrió de barro. Todo vibró. El impacto fue brutal.

La pista de Marambio –de tierra y hielo– exige precisión absoluta: ni demasiado congelada, ni demasiado blanda. Todo estaba calculado. Y funcionó. Habíamos llegado.

La vida en la base tenía sus propias reglas. El clima mandaba. Había días en los que no se podía salir. Entonces recorría talleres, oficinas, hablaba con la gente. Registraba todo. Era otra forma de entender ese mundo.

Ahí conocí a Damián Mares, técnico en telecomunicaciones. No es militar y había ido para reparar unos equipos sólo por el día para regresar en el mismo Hércules. Pero ese avión que debía llevarlo de regreso se fue sin él. Quedó varado. Incluso pasó su cumpleaños en la base.

Nos hicimos amigos. Y fue él quien me acompañó en la parte más intensa del viaje.

Ir por los pingüinos

Mi objetivo era una colonia de pingüinos Adelia (Pygoscelis adeliae) a unos 10 kilómetros al sur. Parecía poco. No lo era.

El primer intento falló. Salimos en grupo, pero uno de los compañeros se descompensó y tuvimos que regresar cargándolo en medio del fuerte viento, del barro, de la nieve y de las pronunciadas pendientes que hicieron muy difícil regresar a la base.

Ahí entendí que no llegar a la pingüinera era una posibilidad real. Días después, se abrió una ventana con un corto período de relativo buen tiempo.

Unas horas de un viento menos fuerte y sin nieve. Meteorología dio el OK. Y salimos. Sólo dos: Damián y yo. Había dos caminos: por arriba, entre montañas nevadas, o por la costa. Elegimos la costa. No era el camino habitual. Era más directo, pero también, más peligroso.

La “playa” era apenas una franja entre el mar y un acantilado de arenisca. Sólo existía con marea baja. Si subía, desaparecía y debíamos ir y volver con la marea baja y las horas nos daban muy justas, pero igual decidimos arriesgar.

Si subía, no había escapatoria. Era avanzar, o no volver. Y avanzamos. Fue la caminata más exigente de mi vida. Frío, viento, peso. Cada paso costaba.

Entre las rocas, focas de Weddell dormían camufladas. En una ocasión pisamos una sin verla. El rugido nos paralizó a los tres: a la foca, a Damián y a mí. Era muy difícil distinguirlas entre las piedras.

A veces caminábamos sobre témpanos. Otras, nos metíamos en el agua. Desde lo alto del acantilado caían rocas, redondeadas por la erosión, del tamaño de una rueda de auto. Sin aviso, lo cual era extremadamente peligroso y debíamos estar muy atentos.

Avanzábamos mirando el suelo y el cielo. Tensión pura. Y aun así, lo disfrutábamos.

Hasta que el paisaje cambió. El acantilado se abrió. Apareció un valle. Saqué los binoculares. Y ahí estaban.

Miles. Decenas de miles. Más de 70 mil parejas de pingüinos Adelia. Habíamos llegado. Y entonces pasó algo inesperado. No huyeron: se acercaron. Cientos de pingüinos caminando hacia nosotros, curiosos. Nos rodearon. Nos observaban, casi chocándonos, como si fuéramos algo completamente nuevo.

No había miedo. No nos reconocían como una amenaza. Y en eso había algo profundamente conmovedor. Estábamos, pero no estábamos. La vida seguía su curso, intacta.

Nos sentamos. Damián se durmió entre las rocas. Yo caminé, fotografié, observé. Pichones. Nidos. Rutinas. Vida en estado puro.

Estar rodeado por mas de 72 mil parejas de pingüinos de Adelia con el mar de Weddell de fondo fue una experiencia única y haber llegado con todo lo que implicó lograrlo fue realmente un momento no sólo de contemplación, sino también de reflexión y de agradecimiento. Fue una de las tardes más intensas de mi vida.

Hay que volver

El regreso no fue más fácil. La marea empezó a subir antes de nuestros cálculos y aceleramos nuestro retorno.

La franja de playa desaparecía, cada vez era más estrecha. El agua avanzaba, cargada de témpanos que chocaban entre sí.

Por momentos, avanzábamos subiéndonos a ellos para no mojarnos, ya no había quedado suelo firme, el agua había llegado hasta la pared del acantilado. Resbalando, calculando cada paso, nos sacamos los guantes para con uñas y dedos poder agarrarnos mejor de los témpanos. Las manos no tenían ningún movimiento, estaban completamente congeladas.

Hasta que, finalmente, dejamos atrás el acantilado y pudimos con lo justo subir a tierra firme, con barro y nieve, pero ya a salvo.

Días antes había pasado Año Nuevo en la base. Entre militares científicos de todo el mundo, con los que organizábamos eternos campeonatos de ping-pong. Con risas, brindis, humanidad.

Nunca se hacía de noche. Había que taparse los ojos para dormir. Todo era nuevo. Todo era extremo. Hoy quedan las fotos. Miles.

Y permanece otra cosa: la certeza de haber llegado.

La Antártida no es sólo un destino. Es un límite. Un recordatorio.

  • Guillermo Galliano es fotógrafo de naturaleza y presidente de la Fundación Mil Aves, de Córdoba