Aves. La historia detrás de la foto: el espectáculo del picaflor espátula
Es uno de los colibríes más bellos y, por extraordinario, de las aves más buscadas del mundo. Costó, pero un día lo encontramos, en plena selva peruana amazónica. Y vale contarlo y mostrarlo.
De chico –incluso ya de adolescente– no había visto bibliografía ni existían documentales sobre aves sudamericanas. Muchas de esas especies habitan zonas remotas, profundamente inaccesibles, territorios que durante años permanecieron fuera del radar hasta de los naturalistas más curiosos.
Con el tiempo empecé a escuchar hablar de un ave increíble. Una especie muy llamativa. No vivía en el Amazonas brasileño –como uno tiende a imaginar cuando piensa en selva amazónica–, sino en el norte de Perú, en los afluentes del río Amazonas, particularmente en el valle del río Utcubamba.
Se trata del fascinante picaflor espátula (Loddigesia mirabilis).
Entre las más de 370 especies de picaflores que existen en América, esta es considerada una de las más bellas y espectaculares del mundo. Es pequeña (apenas 15 centímetros incluyendo su ornamento) y su cuerpo, como el de todo colibrí, es diminuto, casi ingrávido.
Pero lo vuelve inconfundible su cola: dos plumas extremadamente largas y finas que se separan del resto y culminan en discos perfectos, como pequeñas espátulas suspendidas en el aire.
Esa imagen empezó a llamar mi atención y me puse a investigar cómo llegar a ella.
El valle amazónico
El destino era un poblado mínimo, enclavado entre acantilados y cordilleras, en el valle de Gocta, en Perú. Allí cae una de las cascadas más altas del mundo, un salto imponente, principal atractivo de la zona.
Pero lo que verdaderamente me impactó fue la vegetación. No era la selva llana que solemos imaginar: aquí la selva trepa montañas. Es, de algún modo, una continuidad amplificada de nuestras yungas argentinas: más húmeda, más densa, más exuberante. Orquídeas suspendidas, mariposas gigantes, aves por todas partes. Una biodiversidad que abruma.

Las comunidades del lugar habían vivido históricamente de la agricultura y la ganadería. Las laderas estaban trabajadas en terrazas; se cultivaba maíz y otros productos básicos. Durante años, el turismo se limitó a la gran cascada. Nadie hablaba del picaflor espátula.
Hasta que una familia descubrió que, en sus propios terrenos, entre las flores de sus laderas, aparecía este increíble picaflor.
Esos campos habían sido utilizados para criar caballos. Para sostener pastizales, se desmontaban sectores de vegetación nativa, de selvas. Pero el hallazgo cambió la ecuación económica: retiraron el ganado, dejaron regenerar la flora autóctona e incluso comenzaron a replantar especies nativas.
Y cuando regresaron las flores, regresó el picaflor. Construyeron entonces unos pequeños espacios de observación, con bancos y un techo de paja. Nada ostentoso. Apenas lo necesario para esperar y disfrutar.
La espera
Nuestro grupo estaba compuesto mayormente por fotógrafos de naturaleza. Algunos llevaban grandes teleobjetivos, pero otros solo binoculares y celular. A todos nos unía el amor por la naturaleza y por los viajes.
Nos ubicaron a menos de tres metros del punto donde, según nos indicaron, solía aparecer. La distancia era ideal. La dificultad era la velocidad y la falta de luz.

Como todo picaflor, el espátula es vertiginoso. Su vuelo es impredecible, su presencia, muy fugaz. Hay que estar atento al zumbido antes que a la imagen.
Nos sentamos a esperar. La familia nos ofreció té y café. Una mujer, junto a sus hijos, coordinaba todo con naturalidad. No era un espectáculo montado: era una economía familiar que había aprendido a convivir con la maravilla de la naturaleza.
De pronto nos avisaron que lo habían escuchado. El sonido precede a la forma. Pero verlo no es sencillo: la vegetación es densa y el ave es diminuta. Hasta que apareció.
Después de tantos vuelos en avión, horas de viaje y caminos de montaña, el cansancio se disipó en un instante. Frente a nosotros estaba una de las aves más extraordinarias del planeta.
Su cola parecía desafiar cualquier lógica aerodinámica. Uno podría pensar que semejante ornamento sería un obstáculo. Sin embargo, es justamente lo que determina su éxito reproductivo: la hembra elige al macho con la cola más desarrollada. Lo que parece exceso es estrategia evolutiva.
Durante esa mañana regresó entre 10 veces. Libaba las flores frente a nosotros y desaparecía nuevamente en la montaña, para luego volver al mismo circuito. Los picaflores realizan recorridos fijos: vacían el néctar, continúan su ronda y regresan cuando las flores se han recargado. Una coreografía precisa entre planta y ave.
La fotografía
En lo fotográfico, nada fue inmediato. Hubo cientos de intentos fallidos antes de conseguir la imagen buscada.
A veces el picaflor quedaba suspendido, pero el fondo estaba demasiado cerca y se confundía con las flores. El desafío era generar profundidad, encontrar un plano más lejano (la montaña, una vegetación distante) que permitiera separar al ave del entorno y resaltar su silueta.
En la selva montañosa la luz es inestable: lluvia, llovizna, niebla, un rayo de sol repentino. Cada variación transforma la escena. Trabajar allí exige paciencia y adaptación constante. Finalmente, las imágenes buscadas llegaron.
Este viaje dejó dos certezas. La primera es el valor de compartir la experiencia con quienes se animan a destinos remotos, exigentes, poco convencionales. La espera, el silencio y la observación atenta son parte de la enseñanza.
La segunda es más profunda. Durante décadas, ese territorio fue modificado por la lógica productiva tradicional. Hoy, en cambio, la presencia del picaflor espátula sostiene una economía alternativa: un turismo de bajo impacto donde el recurso no se extrae, sino que se conserva. Cuanto más bosque se regenere y más individuos habiten la zona, mayor será el beneficio para la comunidad local. Es una lógica inversa al extractivismo.
Cuando la belleza se vuelve visible, puede transformarse en argumento de conservación.
El picaflor espátula no es solo una de las aves más extraordinarias del planeta. Es también la prueba de que aquello que parece exceso –una cola desmesurada, un ornamento improbable– puede terminar sosteniendo un ecosistema entero.
- Guillermo Galliano es fotógrafo de naturaleza y presidente de la Fundación Mil Aves, de Córdoba.



