¿Fútbol elitista? Mundial 2026: por qué en Canadá casi no se vive como tal
Toronto y Vancouver reciben el Mundial con turismo, pero poco interés local y entradas inaccesibles.
Difícil es imaginar que un Campeonato Mundial pase inadvertido en cualquier parte del mundo. Incluso en Canadá, donde el fútbol aún no ha germinado con la potencia de otras regiones del planeta. Toronto y Vancouver son las sedes canadienses de la 23ª edición de la Copa del Mundo, donde se respira un tenue ambiente mundialista aportado, mayormente, por el arribo de turistas y, claro está, por la enorme cantidad de residentes extranjeros de esta tierra, eminentemente cosmopolita.
Pero como nunca antes en la historia de la competencia, el nativo del país sede permanece en gran número ajeno a la competencia. Un poco porque el fútbol no figura entre los deportes preferentes, otro poco porque no se espera demasiado de su selección -pasar a segunda ronda ya sería un éxito- y, también, porque los precios de las entradas ahuyentan hasta a los bolsillos generosos.
“No te preocupes, no vas a ver estadios vacíos, porque el día del partido la organización termina regalando entradas sobre la hora para que se vean gradas llenas”, nos aseguró un colega local después de percibir que para los escasos canadienses seducidos por la posibilidad de asistir a un partido mundialista, el gustito resultaba una inversión millonaria.

“Acá en Canadá, la empresa que comercializa las entradas aplica el algoritmo de oferta y demanda, trepando los valores a cifras astronómicas. Así, por ejemplo, un boleto para ver el debut argentino ante Argelia oscila entre los 861 y los 17.135 dólares estadounidenses.
“No hay forma de gastar ese dinero por 90 minutos de fútbol”, nos decía resignado un porteño residente en Toronto, quien confesó que en la Copa América pasada había llegado a su límite personal al pagar 650 dólares para ver Argentina-Canadá en Nueva Jersey, a ocho horas de carretera desde su casa. “Mi hijo quería ver a Lionel Messi y fue un gusto que quise darme, pero ahora sólo queda verlo por TV como si el torneo se jugara en Qatar”.
Gilberto, un venezolano residente hace más de una década en Toronto, se lamentaba de manera doble. “Cuando se conocieron las sedes, me ilusioné con ver la Vinotinto en la ciudad en que vivo. Después que nos eliminaron, me quedé con el consuelo de que al menos podría ver un partido mundialista aunque no jugara mi país. Pero cuando vi los precios de las entradas me volví a desilusionar. No pagaré 1.000 dólares para ver un partido de Panamá, que son los tickets más baratos”.
Conor y su esposa Lauren, turistas irlandeses, pasaron por Montreal donde el viernes la selección europea jugó con Canadá en un amistoso de preparación (empataron 1-1). “Estamos de paseo por América del Norte y el Mundial no era lo central de nuestro viaje, pero estaba dentro los planes. Después de ver los precios de las entradas para el torneo, me doy por cumplido con haber alentado a mi selección en la previa”, decía resignado.

Está claro que, edición tras edición, el certamen más importante del mundo es cada vez más elitista. El negocio va superando por goleada a lo deportivo. ¿Cuánto cotizará una entrada para ver el único partido a jugarse en 2030 en el Monumental? La inflación de la Fifa, se sabe, viaja en Jumbo.
Lo único seguro es que no estará al alcance de la mayoría casi absoluta del hincha argentino. La otra certeza es que tampoco tendrá un valor cercano al de 1978, cuando fue sede del certamen. En aquella ocasión los tickets más baratos salieron a la venta en 3,50 dólares, un equivalente a 17 dólares de hoy.
A la hora de pasar por boleterías, el “más popular de los deportes” sufrió una metamorfosis indisimulable hasta convertirse en el “más elitista de los deportes”. El negocio se fagocitó el juego. Y entra a la cancha sabiéndose ganador desde el puntapié inicial.



