Análisis. Rumbo al Mundial 2026: la Argentina del Messi "viejo" no es candidata por nostalgia...

El ciclo más exitoso de la historia del seleccionado argentino se pone a prueba en Estados Unidos desde el 16 de este mes. Números y razones para entender a un equipo sin igual.

07 de junio de 2026 a las 07:12 p. m.
Rumbo al Mundial 2026: la Argentina del Messi "viejo" no es candidata por nostalgia...
Lionel Messi, capitán de la selección argentina de fútbol.

Antes de Qatar, la selección argentina perseguía números. Ganar el tercer Mundial, romper el calvario que supuso intentarlo desde 1990 hasta el 2022. Y, obvio, recuperar prestigio: eso de sentirse otra vez en la escena con las potencias. Eso de bordar la estrella arriba del escudo fue más que simbólico: fue un renacer emocional. Y sí, después del mágico triunfo sobre Francia en el estadio Lusail, cambió la historia: los números empezaron a perseguir a la selección argentina. Los récords. Las estadísticas. Las comparaciones históricas. Las rachas. Los títulos. Todo.

La selección que debutará el martes 16 de junio ante Argelia, en Kansas City, no llega al Mundial 2026 solamente como campeona del mundo. Llega como la cabeza visible del proceso más exitoso que haya tenido el fútbol argentino.

Y los números ayudan a explicarlo. Porque detrás de las emociones de Qatar, de los penales del “Dibu” Martínez, de los goles de Julián Álvarez y de las magias de Lionel Messi existe una montaña de datos que sostiene una conclusión: nunca antes una selección argentina ganó tanto durante tanto tiempo.

La historia empezó después del derrumbe. Después de Rusia 2018. Después de la eliminación ante Francia. Después de la sensación de que el ciclo de Messi se consumía entre frustraciones y oportunidades desperdiciadas. En ese escenario apareció un cuerpo técnico que parecía transitorio. Lionel Scaloni, Pablo Aimar, Walter Samuel y Roberto Ayala llegaron sin credenciales como entrenadores sí con pasado más que respetable como jugadores de la selección. Y terminaron construyendo algo mucho más grande que un plantel: hicieron un equipo.

Uno que ganó un Mundial, dos Copas América y una Finalíssima. Uno que disputó 94 encuentros y ganó 68. Uno que convirtió 208 goles y recibió apenas 49. Uno que mantuvo su arco invicto en 59 partidos. Uno que consiguió la racha más extensa de la historia del seleccionado, con 36 encuentros sin perder.

Y uno que todavía no conoce la derrota ante una selección europea durante el ciclo. La estadística es impactante. La sensación que genera también. Porque Argentina ya no llega a los torneos importantes con la incertidumbre de otros tiempos.

El referente

Y buena parte de esa identidad tiene nombre y apellido: Lionel Messi. A los 38 años (cumplirá 39 el 24 de este mes), el capitán sigue siendo el centro gravitacional del equipo. Cada entrenamiento, cada partido y cada viaje parecen atravesados por la misma pregunta: cómo está Messi. Si descansó bien. Si está recuperado. Si puede jugar. Si puede acelerar. Parece exagerado. Pero no lo es.

Los números ayudan a entender por qué. Messi registra 198 partidos con la camiseta argentina, 116 goles y 56 asistencias. Es el futbolista con más presencias y el máximo goleador de la historia. Es mito. Es bandera. Es tatuaje. Y aunque hoy ya no sea aquel delantero que convirtió 92 goles en un año calendario, continúa siendo el jugador que maneja los tiempos de los partidos como nadie, el que acelera cuando todos frenan, el que encuentra espacios donde no existen y el que convierte una pelota detenida en una oportunidad de gol.

Aunque la gran noticia para Argentina es que aprendió a vivir sin depender exclusivamente de él. Durante el ciclo Scaloni, el seleccionado disputó 25 partidos sin Messi. Ganó 19, empató tres y perdió tres. Efectividad del 79,16 por ciento. Acaso la mayor demostración de independencia fue aquella goleada 4-1 sobre Brasil en el Monumental, una exhibición que sirvió para confirmar algo que ya parecía evidente: el equipo está por encima de cualquier individualidad. Incluso de Messi. Aunque con Messi sea mejor. Mucho mejor.

Por eso la ilusión del bicampeonato aparece como algo más que una fantasía. La última selección capaz de defender exitosamente una Copa del Mundo fue Brasil, en 1958 y 1962. Los registros de aquella conquista sobreviven en fotografías en blanco y negro. La posibilidad de que Argentina repita semejante hazaña ocurriría en tiempos de redes sociales, transmisiones en 4K y millones de celulares registrando cada instante. Más de seis décadas después. Sería perfecto.

Y si existe un equipo preparado para intentarlo, parece ser este. No solamente por sus figuras. También por su capacidad para renovarse. Scaloni jamás se enamoró de los nombres. Se enamoró de las ideas. Por eso durante su ciclo utilizaron la camiseta argentina 128 futbolistas. Por eso hizo debutar a 65 jugadores. Por eso el equipo nunca dejó de cambiar para seguir siendo el mismo.

Los históricos convivieron con los jóvenes. Los campeones del mundo compartieron espacio con quienes apenas estaban dando sus primeros pasos. Y así se fue formando una columna vertebral que sostiene el proyecto. Rodrigo De Paul, el jugador con más presencias del ciclo. Leandro Paredes. Nicolás Otamendi. Emiliano Martínez. Cristian Romero. Lautaro Martínez, autor de 36 goles durante la era Scaloni. Julián Álvarez, con 14. Más Enzo Fernández y Alexis Mac Allister. Nombres distintos. Funciones distintas. Una misma idea.

Porque esta selección ya atravesó todas las pruebas posibles. También conoció derrotas dolorosas. Y sobrevivió a todas. Sin perder la esencia. Sin dinamitar el proyecto. Sin abandonar la convicción. Por eso Argentina es candidata. No candidata por nostalgia. Sino candidata porque ganó. Porque sigue ganando. Porque construyó una identidad reconocible.

Y porque detrás de cada título, de cada récord y de cada estadística hay algo más importante que los números. Hay una selección luchadora que ahora persigue un desafío que perforaría los límites de lo legendario: conseguir el bicampeonato.