Idolatría. "Messi, te amo, hermano": la declaración de los argentinos después de otra noche mágica del 10
El ingreso de Lionel Messi y su gol para cerrar el 3-1 sobre Jordania desataron una nueva ovación en el Mundial. Los hinchas que siguieron a la selección hasta Dallas coincidieron en una idea: el viaje ya valió la pena.
No había terminado de vaciarse el Dallas Stadium cuando empezó otro partido. No tenía árbitro, ni líneas, ni reloj. Se jugaba entre los pasillos, las escaleras mecánicas, las puertas de salida y el inmenso estacionamiento donde miles de argentinos seguían cantando como si todavía faltaran 10 minutos para el pitazo final.
El protagonista era uno solo. Nadie discutía el resultado. Lionel Messi acababa de volver a ganar.
Argentina había derrotado 3-1 a Jordania para cerrar con puntaje ideal el Grupo J del Mundial 2026. El equipo de Lionel Scaloni ya estaba clasificado antes del comienzo del encuentro, pero igual necesitó de su capitán para terminar de apagar cualquier intento de reacción del rival. Jordania había descontado y sembrado una mínima incertidumbre. Entonces apareció él. Entró en el segundo tiempo, aceleró cuando el partido parecía dormido y convirtió el gol que devolvió la tranquilidad.
Fue suficiente para que el estadio explotara otra vez. Y también para que, apenas terminó el encuentro, la conversación de los hinchas dejara de girar alrededor del resultado y se transformara, una vez más, en una declaración de amor hacia el mejor futbolista del planeta.
"El mejor del mundo, el mejor de la historia. No se puede decir más nada. Campeón en todo, en la vida y en el fútbol. Un fenómeno. Se merece todo lo que tiene y mucho más", resumía un cordobés mientras todavía buscaba la salida del estadio ante el micrófono de La Voz.
No era el único emocionado. "Messi, te amo. Te amo, hermano", gritaba otro, sin preocuparse demasiado por quién lo escuchara. En realidad, nadie estaba para juzgar excesos. Porque alrededor suyo aparecían escenas parecidas. Padres abrazados con sus hijos, amigos que repetían el gol una y otra vez mirando el celular y gente que seguía filmando el campo de juego vacío, como si quisiera guardar unos segundos más de una noche que sabía irrepetible.
Muchos habían cruzado miles de kilómetros con un solo objetivo. Ver a Messi. Y varios confesaban que ese sueño ya justificaba cada dólar invertido. "Ya me pasó todo. Se pagó todo solo. Una maravilla. Una experiencia inolvidable", decía un hincha todavía con la camiseta empapada. Otro iba un paso más allá. "Vi el mejor gol que vi en mi vida en una cancha."

No importaba que Messi hubiera jugado apenas un rato. A esta altura ya no se mide el tiempo que pasa dentro del campo, sino lo que provoca cada vez que pisa el césped.
"Menos mal que entró Messi", resumía otro simpatizante. "En 10 minutos hizo un gol. ¿Qué más se puede decir? Siempre hace lo que quiere."
Las frases se repetían con distintas palabras, pero todas desembocaban en el mismo lugar. Hablar de Messi ya no es solamente hablar de fútbol. Es hablar de recuerdos, de viajes, de emociones compartidas y de una generación que sabe que está viendo algo que difícilmente vuelva a repetirse. Un cordobés lo sintetizó con una frase imposible de traducir fuera de Argentina. "Gracias por todo el cariño que nos das. Ídolo, culiado."
Y otro dejó escapar una sensación que cada vez aparece con más frecuencia entre los hinchas. "Leo es único. Lo vamos a extrañar demasiado."
No era nostalgia. Era conciencia. Cada Mundial puede ser el último. Cada gol parece tener un valor distinto porque nadie sabe cuántas funciones quedan de este espectáculo. Mientras los parlantes del estadio empezaban a apagarse y las banderas emprendían el regreso hacia los hoteles, la cabeza de todos ya viajaba rumbo a Miami.
Cabo Verde a la vista
El viernes llegará el cruce de 16avos de final frente a Cabo Verde. Y, aunque casi nadie se anima a regalar nada en un Mundial, la confianza volvió a instalarse entre los argentinos. "No va a ser fácil porque un Mundial nunca es fácil, pero vamos a pasar tranquilos", opinaba uno.
"Argentina pasa tranquilamente", respondía otro.
Las predicciones empezaron a aparecer como si el partido ya estuviera en marcha. "Nos los vamos a comer. Confíen, chicos."

Algunos imaginaban un 2-0 "cuidando jugadores". Otros se animaban a un 4-0 con goles de Julián Álvarez, Lautaro Martínez y un doblete de Messi. También aparecieron los más cautos, esos que conocen demasiado bien el ADN del hincha argentino.
"Ganamos 2-1. Vamos a sufrir un poquito, pero pasamos." Lo curioso fue que, aun con resultados diferentes, casi todos coincidían en un detalle. Messi iba a convertir. Parecía un trámite más que un pronóstico. Como si el Mundial tuviera un libreto que el capitán insiste en reescribir partido tras partido. Dallas ya quedó atrás. Ahora la ilusión se muda a Miami. Argentina sigue en carrera, el sueño del bicampeonato continúa intacto y los hinchas vuelven a hacer las valijas. Con una certeza que se escucha igual en Córdoba, en Texas o donde juegue la selección. Si Messi entra, siempre puede pasar algo. Y cuando pasa, el Mundial vuelve a sentirse un poquito más argentino.

