Locura. Dallas habló cordobés: choris de Bell Ville y el motoquero que cruzó América por Messi

Hinchas de Belgrano, Instituto y Talleres dicen presente en un fiestón que se armó en el Klyde Warren Park de Dallas en la previa del Argentina-Austria.

21 de junio de 2026 a las 09:50 p. m.
Sebastián Roggero
Sebastián Roggero
Enviado especial a EE.UU
Dallas habló cordobés: choris de Bell Ville y el motoquero que cruzó América por Messi
Banderazo argentino en Dallas.

El partido recién se jugará este lunes a las 14 en Arlington. Argentina estaba arribando a la ciudad para esperar el choque en el estadio AT&T ante Austria por la segunda fecha del Grupo J.

Sin embargo, a más de 30 kilómetros de allí, en pleno centro de Dallas, ya se escuchaba una canción conocida. Bombos. Banderas. Camisetas celestes y blancas. Familias enteras. Chicos corriendo entre los árboles. Y miles de personas cantando como si estuvieran en una popular argentina.

Por unas horas, el Klyde Warren Park dejó de ser uno de los parques más emblemáticos de Dallas para convertirse en una tribuna albiceleste.

Unas 3.000 personas participaron del banderazo organizado en la previa del encuentro frente a Austria. Hubo hinchas llegados desde distintos rincones de Argentina, pero también desde ciudades estadounidenses. Y, como suele ocurrir cada vez que la selección aparece en algún rincón del planeta, Córdoba dijo presente.

Estaban los de Belgrano. Los de Talleres. Los de Instituto. Los de General Paz Juniors. Estaban los que llegaron en avión, los que recorrieron miles de kilómetros en auto y hasta uno que apareció después de cruzar medio continente en motocicleta. Dallas seguía siendo Dalllas, pero entre bombos, canciones y banderas apareció una escena tan argentina como inesperada: una choripaneada.

Una choripaneada al estilo de Bell Ville

Detrás de una parrilla improvisada estaba Juan del Gorro, oriundo de Bell Ville, la ciudad que también vio nacer a Mario Alberto Kempes.

"Aquí estamos con familia y amigos de toda Argentina", contó mientras repartía choripanes a los hinchas que iban pasando. El aroma a asado se mezclaba con los cánticos dedicados a Lionel Messi y con el humo de una parrilla que parecía empeñada en demostrar que, incluso a miles de kilómetros de distancia, hay costumbres que no se negocian.

Los chorizos, explicó, son elaborados por argentinos radicados en Estados Unidos. "Son muy buenos", aseguró mientras mostraba orgulloso la mercadería que había llevado hasta el banderazo.

En motocicleta para solo ver a Messi

A pocos metros de allí, otro cordobés acaparaba las miradas. Javier Pietronave tiene una historia que parece salida de una película de aventuras. Nació en Córdoba, se crió en Río Cuarto, hoy vive en San Luis y el pasado 8 de marzo arrancó un viaje que tiene como destino final Alaska. Pero en el medio apareció el Mundial. Y cuando apareció el Mundial, cambió la hoja de ruta. "Estoy yendo de San Luis a Alaska y no podía faltar el Mundial. Es año mundialista", contó con una sonrisa que parecía imposible de borrar.

Llegó a Dallas arriba de una motocicleta BMW 900 Adventure después de atravesar buena parte del continente americano. La travesía incluyó Ecuador, Colombia, México y uno de los puntos más complejos para cualquier viajero terrestre de América: el Tapón del Darién.

Banderazo argentino en Dallas.
Banderazo argentino en Dallas. (La Voz)

Allí no hay rutas. Por eso tuvo que subir la moto a un avión de carga para trasladarla entre Colombia y Panamá. "Fue una locura", resumió. La aventura también tuvo riesgos. En Ecuador, recordó, la gente le recomendaba no avanzar por algunas zonas debido a la inseguridad. Pero siguió. Porque el objetivo estaba claro. Ver a Messi. "Tengo entrada para mañana. Gasté 1.500 dólares, pero quería verlo", explicó.

Mientras hablaba, alrededor seguían sonando los bombos y los cantos de la multitud. Había algo de locura en semejante esfuerzo. Y también algo profundamente argentino. Porque el Mundial suele provocar esas historias difíciles de explicar desde la lógica.

El "Glorioso" y el "Poeta"

En otro sector del parque, un grupo de cordobeses discutía sobre fútbol y sobre historia. Uno de ellos llevaba una camiseta de Instituto y aprovechó la charla para reivindicar el aporte al seleccionado nacional. "Tenemos tres campeones del mundo: Ardiles, Kempes y ojalá que algún día también Dybala vuelva a ponerse la nuestra", lanzó entre risas y cargadas amistosas.

A pocos metros, un hincha de General Paz Juniors sostenía una bandera del Poeta que llamaba la atención entre tantas camisetas albicelestes. Porque si algo quedó claro durante el banderazo es que la Selección tiene una capacidad única para borrar fronteras futboleras.

Por un rato no importan los colores de cada fin de semana. No importa si uno es de Belgrano, de Talleres, de Instituto o de Juniors. Todos terminan cantando la misma canción. Todos terminan abrazándose después de un gol. Todos terminan sintiendo que forman parte de algo mucho más grande.

La imagen se repetía una y otra vez. Familias completas. Abuelos. Padres. Niños. Jóvenes. Algunos con entradas para el partido. Muchos otros sin ellas. De hecho, uno de los reclamos más repetidos durante la jornada tuvo que ver justamente con la dificultad para conseguir boletos. "El 90 por ciento de la gente que está acá no tiene entrada", aseguró un hincha mientras observaba la multitud.

La frase generó asentimientos inmediatos. Porque buena parte de quienes llegaron hasta Dallas todavía seguían buscando una oportunidad para entrar al estadio. Y aun así estaban allí. Cantando. Saltando. Participando de un banderazo que parecía más importante que cualquier preocupación logística.

También apareció una mujer que sostenía una bandera de Diego Maradona. Una presencia inevitable en cualquier reunión de argentinos. Cuando le preguntaron por la eterna comparación entre Diego y Messi, respondió con una reflexión que sintetizó bastante bien el clima del lugar. "Tenemos a los dos mejores jugadores de la historia. Ya no hace falta elegir".

Quizás por eso el banderazo tuvo algo más profundo que una simple previa futbolera. No fue solamente una reunión de hinchas. Fue un punto de encuentro. Una especie de patria portátil instalada por unas horas en el corazón de Texas. Una ciudad que durante estos días escucha inglés, español, portugués y decenas de idiomas distintos, pero que parece entender perfectamente el lenguaje universal del fútbol.

Cuando el sol empezó a bajar sobre Dallas, las canciones siguieron sonando. Los bombos siguieron marcando el ritmo. Las banderas continuaron agitándose entre los árboles del parque. Y los cordobeses siguieron apareciendo por todos lados.

Banderazo argentino en Dallas.
Banderazo argentino en Dallas. (La Voz)

El de Bell Ville con los choripanes. El de Río Cuarto que cruzó América en moto. El de Instituto recordando a Kempes. El de Juniors con su bandera. Los de Villa del Rosario. Los de Belgrano. Los de Talleres. Estos últimos chicaneándose por el reciente clásico que ganó el Pirata. Miles de kilómetros lejos de casa.

Pero apenas un puñado de canciones de distancia de Córdoba. Porque a veces el Mundial produce eso. Convierte un parque de Dallas en una esquina argentina. Y hace que, durante un rato, el corazón de Texas lata al ritmo de cordobeses.