Banderazo épico. Ni Belgrano, ni Talleres, ni Instituto, ni Racing: en Miami Beach todos juegan para la selección

El banderazo argentino en la previa del duelo con Cabo Verde convirtió a Miami Beach en una extensión de la tribuna albiceleste. Entre miles de hinchas, La Voz encontró una escena imposible en Córdoba: piratas, albiazules, gloriosos y académicos compartiendo cargadas, abrazos y una misma ilusión.

02 de julio de 2026 a las 10:35 p. m.
Sebastián Roggero
Sebastián Roggero
Enviado especial a EE.UU.
Ni Belgrano, ni Talleres, ni Instituto, ni Racing: en Miami Beach todos juegan para la selección
Banderazo épico. Ni Belgrano, ni Talleres, ni Instituto, ni Racing: en Miami Beach todos juegan para la selección.

Tremendo. Imponente. Y con tono cordobés. El banderazo más groso de la historia de la hinchada argentina tuvo gente nuestra. Con tonada. El mar seguía ahí. El sol también. Pero por unas horas Miami Beach dejó de parecerse a Miami Beach. El celeste y blanco se tragó la arena, las palmeras y la avenida. Miles y miles de argentinos transformaron uno de los lugares más famosos de Estados Unidos en una popular gigante, con bombos, banderas, camisetas y un repertorio de canciones que cruzó el continente sin perder una sola estrofa.

Era difícil caminar. Más difícil todavía encontrar un espacio libre. Si el Hard Rock Stadium tiene lugar para unas 70 mil personas, la sensación era que la fiesta necesitaba dos estadios para albergar a todos los que soñaban con ver a la selección frente a Cabo Verde. Mientras algunos seguían buscando una entrada dispuestos a pagar cifras que hace unos días parecían imposibles, otros decidieron que el verdadero espectáculo ya estaba ocurriendo ahí, frente al mar.

Y en semejante multitud apareció una postal que en Córdoba rozaría la ciencia ficción.

Un hincha de Belgrano. Otro de Talleres. Uno de Instituto. Otro de Racing. Todos juntos. Todos riéndose. Todos cantando por la selección.

"Esto no lo veríamos en una calle de Córdoba", se escucha entre risas apenas La Voz acerca el micrófono. La frase resume mejor que cualquier análisis lo que provoca un Mundial. Las camisetas de los clubes siguen puestas en el corazón, pero durante un rato quedan escondidas detrás de la celeste y blanca.

Las cargadas, claro, no desaparecen. Apenas cambian de tono.

"El único club que puede hablar de todos estos que están acá es Belgrano porque fue el único campeón", dispara uno.

"Ojalá tuviésemos un presidente como Fassi", responde otro desde el rincón albiazul.

Los demás se meten, se ríen, retrucan, exageran. Nadie quiere perder la discusión. Nadie quiere dejar de cargar al otro. Pero ya no importa quién gana ese clásico improvisado. Lo importante es que todos terminan en el mismo lugar.

"Vamos a hacer una foto, un abrazo", propone el cronista. Y ahí ocurre la imagen que explica este Mundial mucho mejor que cualquier estadística. Los cuatro aceptan. Se acomodan. Se abrazan. Sonríen para la cámara. La rivalidad queda suspendida durante unos segundos.

Un rato después aparecen otras viejas conocidas de esta cobertura. Las monjas cordobesas vuelven a abrirse paso entre la multitud como si fueran celebridades. Apenas alguien las reconoce, empiezan los saludos.

"¡Las monjas cordobesas! ¡No puede faltar ninguna!", les gritan. Ellas se ríen. Ya saben que son parte del paisaje argentino.

Banderazo épico. Ni Belgrano, ni Talleres, ni Instituto, ni Racing: en Miami Beach todos juegan para la selección.
Banderazo épico. Ni Belgrano, ni Talleres, ni Instituto, ni Racing: en Miami Beach todos juegan para la selección. (La Voz)

"¿Son famosas las monjas cordobesas?", pregunta La Voz. "Claro, hermano. ¡Y en Italia más todavía!", responde una de ellas entre carcajadas.

También son de Córdoba. También llegaron hasta Miami empujadas por la misma fe. Aunque, esta vez, no solamente religiosa.

Todavía buscan una entrada.

"Estamos ahí viendo si alguna marca nos apoya. Está duro, está difícil. Vamos siempre con fe, hay que creer", cuentan sin perder la sonrisa, después de un día entero bajo el sol. "Bajé cinco kilos de transpiración", bromea una de ellas mientras acomoda la ropa empapada.

Hay algo que se repite durante toda la tarde. Nadie parece cansado. Nadie quiere irse. Nadie deja de cantar. Cada bombazo anuncia otro. Cada bandera que se levanta contagia a diez más. Cada grupo encuentra otro grupo. Como si el banderazo nunca tuviera un final.

Miami Beach fue argentina durante varias horas. Y Córdoba también estuvo ahí.

No porque hubiera una bandera gigante de la provincia ni porque sonara el cuarteto entre canción y canción. Estuvo porque un pirata abrazó a un albiazul. Porque un glorioso discutió con un académico y terminaron riéndose. Porque unas monjas caminaron entre miles de hinchas pidiendo un milagro en forma de entrada.

Cuando vuelva el fútbol de todos los fines de semana, cada uno regresará a su tribuna. Volverán las cargadas, las discusiones y los clásicos.

Pero el Mundial tiene esa rara costumbre de hacer posible lo imposible.

Al menos por una tarde, en una playa de Miami, Córdoba dejó de estar dividida en cuatro colores para vestirse de uno solo.