Bajorrelieve. Si una noche de invierno...
La calma del hospital se rompe con un asesinato enigmático. Un novicio halla un cadáver con un romero sobre el pecho, desatando sospechas en una noche tormentosa.
Julio de 1654
“Romero: Planta labiada de tallos ramosos, hojas lustrosas, de olor muy aromático, flores azuladas y fruto seco con cuatro semillas menudas. Consagrada a los dioses Lares, tiene numerosas aplicaciones en los trabajos de magia y filtros de brujería", Diccionario de Ciencias Ocultas (Espasa Siglo XXI).
Ciudad de Córdoba.
Era una mala noche para hacer guardia en la enfermería del hospital de Santa Olalla. El invierno había comenzado como uno de los más crudos de los últimos años, y un viento intempestivo, cargado de los gritos y las voces de la naturaleza, a veces más impresionantes que las humanas, embestían el edificio.
El novicio de La Merced que, como aprendiz, había sido enviado a velar por los enfermos, estaba arrodillado ante el catre donde dormiría y se esforzaba en mantenerse despierto hasta concluir las oraciones de las Completas.
Poco antes, un grupo de mujeres de buena voluntad había dado de comer a los internados y fray Pedro, tomándose muy en serio los cuidados a los enfermos en sus males corporales y en su asistencia espiritual, había hecho su ronda cuando la vela que marcaba las horas estaba en el círculo de las 9 de la noche.
En aquella última inspección comprobó que el Padre Filemón, redentorista, que aquella mañana había comenzado a recuperarse, continuaba sin fiebre y dormía plácidamente. La Virgen de La Merced había rescatado a uno de los suyos, se sonrió el joven. El paciente hasta había podido tomar la sopa de gallina con orégano que una beata le había llevado.
Sólo preocupaba a fray Pedro la tormenta, que parecía una bestia hambrienta que hacía temblar las paredes con sus truenos mientras sus rayos encendían luces azuladas en los pasillos de la sala.
Intentaba concentrarse en las oraciones cuando oyó algo a lo que en principio no prestó atención, pero que su conciencia no le permitió ignorar. Hubiera jurado que fue el roce de una pisada primero, el ruido de un mueble corrido después y un parpadeo de la claridad que se filtraba desde la sala, como si alguien se hubiera interpuesto entre el candil y la luz, pero no había oído abrirse ninguna puerta y a esas horas, toda la ciudad dormía.
De rodillas, con los ojos cerrados en un momento de introspección y las manos entrelazadas, bajó la cabeza y besó la página que había leído, agradeciendo a Dios su fe y su destino. Se santiguó, se puso de pie, tomó un sorbo de agua y decidió hacer la última ronda.
Al salir del cuartucho y doblar hacia la sala, se quedó quieto, desconcertado: en el pasillo entre las dos hileras de camas separadas por cortinas de lienzo −para que el internado tuviera cierta privacidad− había un cuerpo.
El sobresalto se atenuó cuando pensó: “No es un enfermo que se ha caído al levantarse para orinar”, pues quien allí descansaba, estaba recostado muy púdicamente, con la bata hasta los tobillos, los pies juntos, levemente abiertos en ángulo, las manos sobre la cintura…
“Algún mendigo o un viajero que, por no quedarse bajo la lluvia, se ha acostado a descansar, eso sí, con todo respeto", pensó. Pero al levantar la vista y ver el catre caído, las mantas y las almohadas desparramadas por el piso, cuando hasta hacía unos minutos sobre ellas había descansado fray Filemón, se asustó y corrió a auxiliarlo.
Y allí estaba el mercedario, no con su bata de liencillo, sino con su hábito y en las manos, el rosario de grandes cuentas de madera sosteniendo juntas las muñecas para mantener las palmas unidas como en oración.
Todo pulcro, sin un pliegue fuera de lugar… salvo por el rostro terriblemente distorsionado, donde, sobre la oreja izquierda, se veía el tosco nudo de la soga con que lo habían ahorcado.
El joven cayó de rodillas a su lado, desconcertado primero, asustado luego, horrorizado finalmente. Cuando le dedicó una oración, entre sollozos, un grato olor a especias le llegó a la nariz: el asesino había dejado sobre el pecho del muerto un ramito de romero. En ese momento, un trueno estalló sobre Santa Eulalia haciendo que el novicio se encogiera, sobresaltado.
Lo que, al día siguiente, ni él, ni sus superiores, ni los funcionarios de la justicia imaginaron, fue que aquél era el primero de una serie de asesinatos sin razón aparente.

