Entrevista. Martín Caparrós, y el arte de entender su tiempo: La estupidez tiene más prestigio que la inteligencia
En una charla con La Voz en Vivo, el escritor reflexionó sobre su salud, las acusaciones de racismo hacia Argentina y la innovadora saga policial que combina novela y tangos hechos con IA.
Hubo un tiempo en que la firma de Martín Caparrós era un pasaporte a la aventura, a la descripción minuciosa del hambre y otros horrores en el mundo o a la disección histórica de la militancia setentista. Hoy, ese hombre que recorrió el globo con la curiosidad como principal brújula nos recibe sentado. El diagnóstico de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica) ha modificado su geografía personal: de los aeropuertos a una silla de ruedas, de las crónicas de largo aliento a la brevedad del tango.
Sin embargo, desde su casa en Torrelodones, en las afueras de Madrid, su lucidez sigue siendo un bisturí afilado que corta la maleza de la corrección política y sacude la precariedad del debate actual.
Caparrós acaba de reeditar, a través de la editorial española Galaxia Gutemberg, los primeros tomos de Los tangos de Rivarola, una ambiciosa serie de seis novelas ambientadas en la Buenos Aires de los años ‘30. En ese escenario, donde conviven un joven e ignoto Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo, Carlos Gardel y el nacimiento del Obelisco, su protagonista, el “pibe Rivarola”, intenta descifrar crímenes mientras sueña con ser letrista de tango.
Pero la obra no es solo nostalgia; es un experimento tecnológico que ahora hasta incluye códigos QR para escuchar tangos compuestos y cantados por inteligencia artificial.
En una charla vía Zoom con La Voz en Vivo que atravesó el fútbol, el desprestigio del intelecto y la cruda realidad de su salud, Caparrós demostró que su pensamiento sigue habitando el centro de la escena.
–¿Por qué elegiste la Buenos Aires de los años ’30 para esta saga de novelas policiales?
–Me intrigaba esa época en que el tango estaba vivo. Hoy para nosotros es una pieza de museo; hace 60 años o más que no se compone un tango que trascienda. Me preguntaba cómo sería la vida de un muchacho que, en lugar de querer hacer trap o una batalla de gallos, buscara expresarse escribiendo tangos. Esa década, la de 1930, es fascinante porque en la misma ciudad convivían Borges, Gardel, Evita, Lorca y Alfonsina Storni. Era una Buenos Aires que inauguraba su propia mitología. Me interesaba ese contraste: un joven que, en lugar de estar tironeado por las modas actuales, está inmerso en una realidad de fuertes tensiones políticas y militares a partir de 1933.

–Rivarola, tu protagonista, es un periodista con alma de tanguero. ¿Hay algo de aquel Caparrós que empezó en las redacciones hace cinco décadas en él?
–Hay una proyección en lo que respecta al periodismo, esa profesión en la que hace décadas uno caía casi sin darse cuenta. No había facultades de periodismo; entrabas a una redacción como aprendiz y te enseñaban. A mí me pasó en el ‘74 y a Rivarola le pasa en el ‘32 o el ‘33. Él sueña con ser escritor de tangos y en cada novela se enfrenta a un hecho real, como la desaparición de Bernabé Ferreyra, “La Fiera”.

–Mencionás a Bernabé Ferreyra, un jugador clave que marcó el inicio del profesionalismo en el fútbol argentino.
–Exacto. En el ‘31 empezó el profesionalismo después de una huelga de jugadores. River compró a Bernabé, que venía de Tigre, por lo que hoy sería el precio de un coche mediano, unos U$S 30 mil. Era la compra más impactante de la historia y por eso empezaron a decirles "millonarios". El diario Crítica le prometía una moneda de oro a cada arquero que no recibiera un gol de él, pero casi nadie se la ganaba. A partir de su desaparición momentánea en la vida real, algo que efectivamente pasó, yo construí la trama de ficción.
–Esta saga de libros incluyen códigos QR que dirigen a tangos creados con inteligencia artificial. ¿Cómo es tu vínculo con esa herramienta?
–Con las canciones me la paso bomba. La letra es nuestra, de Rivarola y mía, y la música del señor Suno, una app que sirve para eso (risas). Yo le doy instrucciones: “quiero que esto sea un tango, con tales instrumentos, voz masculina”, y la aplicación tira propuestas. Incluso tuve una columna en la Cadena SER donde opinaba de la actualidad a través de canciones, ya sea un corrido mejicano o un twist. Fuera de eso, uso IA para buscar información rápida, cosas que antes me llevaban media hora y que Claude, la inteligencia que uso, me dice en cinco minutos. Pero tengo una regla: no usarla para algo que yo podría hacer sin ella. Si le pidiera que escribiera mi columna del domingo, sería un boludo y estaría engañándome a mí mismo y a los lectores. Mi límite es ese.
–Vivís en España y estamos justo atravesando una supuesta “movida antiargentina”. ¿Es real o es un invento del algoritmo?
–Es difícil saber qué pasa realmente porque nuestra visión está muy desviada por el algoritmo de las redes sociales. Si tu algoritmo decide mandarte todas las puteadas contra los argentinos, pensás que en el mundo no se habla de otra cosa. Creo que hay una movida extraña que aprovechó el resultado de la final de la selección para sacar a pasear prejuicios. Es ridículo, porque decir que "los argentinos son tal cosa" es tan estúpido como hablar de "los chinos" o "los polacos" en general. Hay gente maravillosa y gente de mierda en todos lados. No tiene ningún sentido, pero estamos cayendo un poco en esa trampa.

–Incluso se llegó a decir que Argentina es el país más racista del mundo.
–Sobre eso escribí hace poco. Traté de contar el proceso de población de Argentina para mostrar que somos pura mezcla. Afortunadamente, no hay "argentinos puros" que puedan excluir al otro y decirle "vos no sos de acá", como quizás sí ocurre en España, Francia o Alemania, donde sí existe esa figura del nacional puro que excluye. El hecho de que seamos mezcla nos hace muy distintos a esa idea de racismo estructural. Por eso, decir que somos el país más racista del mundo no tiene gollete; es una afirmación que no resiste un análisis histórico serio.
–También fuiste crítico con la movilización masiva por el Mundial cuando fuimos campeones en 2022.
–Me impresionó, y no necesariamente para bien, que cinco millones de personas salieran a la calle en Argentina tras Qatar. ¿Cómo puede ser que la mayor movilización de nuestra historia sea porque unos muchachos metieron más goles que otros? El fútbol está muy bien, pero pasan cosas mucho más importantes. Ahora bien, ahora en Madrid por este campeonato del mundo salieron a celebrar a las callas alrededor de dos millones de personas, alrededor del 30% de la población de la ciudad. Y cinco millones en el gran Buenos Aires, también es alrededor del 30%, en ese sentido no hay mucha diferencia. Sí hay una diferencia, de la cual me río desde hace años, y es que los cantitos de cancha y de las manifestaciones acá son muy malos… (risas). Y es particularmente raro que sea en el país de donde salieron Quevedo, Góngora, Lope de Vega, García Lorca. Machado y compañía, que hicieron los mejores versos en la historia del castellano.
–Se te nota enojado con la pobreza de los argumentos en el debate público actual. ¿Qué nos pasó?
–Estoy impresionado por la baja calidad del debate, no solo en Argentina. Hemos llegado a niveles de interés o educación menores a los que considerábamos recomendables. No es que se lea menos –hace 100 años el 80% de la población era analfabeta en la mayoría de nuestros países–, el problema es que leemos boludeces y nos dejamos engañar. No nos tomamos el trabajo de saber. Me cabreaba muchísimo que Milei dijera que íbamos a volver a ser la primera potencia mundial cuando es obvio que Argentina nunca lo fue. Nadie abría Wikipedia o buscaba en Google para contrastar eso. Hay un desprestigio de la inteligencia. Antes la inteligencia tenía prestigio porque servía para que todos viviéramos mejor, pero en los últimos 20 o 30 años mucha gente empezó a pensar que los que “la van de inteligentes” les están dando una vida de mierda.

–¿La inteligencia se volvió "casta"?
–Exactamente. Hay una reacción que le opone la estupidez como algo honesto o simple. Se evita pensar la complejidad. Hace poco escribí que Marcelo Bielsa es el prototipo de lo que la gente detesta de los intelectuales: alguien que, en lugar de hacer simple algo complejo, hace complejo algo simple. Es un tema de cómo se aborda la realidad. Para mí, el intelectual debería intentar simplificar lo complejo para que todos lo entendamos. El problema es cuando alguien, en lugar de hacer eso, hace complejo lo que es simple, y ahí es donde la gente reacciona contra la inteligencia y le empieza a dar más prestigio a la estupidez bajo el pretexto de la honestidad.
–Mirando hacia atrás, ¿sentís que habitamos una era especialmente oscura o todas las generaciones siempre pensaron que lo peor les tocó a ellos?
–La frase que más he citado en los últimos años es una de Borges que dice: “Le tocaron, como a todos los hombres, tiempos duros en que vivir". Siempre tenemos la sensación de que nuestra época es peor que cualquier otra y que todo se va al carajo. Imaginamos los ‘60 como una época más feliz, pero pensemos que entonces había dos potencias nucleares que estuvieron a punto de apretar el botón. Vivías con la posibilidad de que el mundo estallara en pedazos en cualquier momento. Los ‘40 tuvieron la guerra, los ’20 quizás zafan porque salían de la guerra, pero todo terminó de golpe con la crisis del ’29.
Convivir con ELA
En 2024, Martín Caparrós hizo público su diagnóstico de Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Esa enfermedad neurodegenerativa para la cual todavía no hay cura le ha ido reduciendo su movilidad, aunque no detuvo de todas maneras su pulsión por escribir a raudales y explicar el mundo desde sus textos.
–¿Cambiaron las preguntas que te hacés a partir de esta situación de salud que vivís?
–Quizás más que mis preguntas cambiaron mis respuestas. Mis respuestas hoy están condicionadas por estar sentado en una silla de ruedas, por no poder caminar y por el hecho de que ya casi no viajo, lo cual es un lío grande. Mi vida cambió absolutamente: me paso los días acá encerrado tratando de leer, de escribir y hablar con gente; y por otro lado, mi vida tiene un plazo de caducidad que se supone no es muy largo. Claro, a cualquiera le puede caer una maceta en la cabeza, pero también es cierto que mientras no te dicen "tenés esto”, uno se olvida de la "maceta en la cabeza". Las preguntas en serio siguen siendo las mismas, solo que las respuesta son bastante más brutales.

Para leer
Los tanguitos de Rivarola (Editorial Galaxia Gutenberg). Todo por la patria (vol. 1), Horror de Buenos Aires (vol. 2), Los suicidios de Gardel (vol. 3, que saldrá editado en septiembre). Luego seguirán Ojos que no ven (vol. 4), La iglesia condenada, (vol. 5) Viva la muerte (vol. 6).

