A primera vista, la hermana Verónica no encaja en la imagen que muchos imaginan de una religiosa.
Habla cuatro idiomas, toca guitarra y órgano, aprendió electricidad, disfruta de la costura, pero también de ir a la cancha, la astrología, (la banda de rock barrial) Los Gardelitos y hoy conduce un programa de cocina en televisión.
Cuando se le pregunta si alguna vez sintió que era una "monja distinta", responde con naturalidad: "No me considero muy diferente de cualquier otra hermana". Ahí hay algo para contar.

–Si hoy pudieras invitar a cenar a tres personas de la historia, ¿quiénes serían y qué les cocinarías?
–Invitaría a San Pedro, a San Pablo y a San Benito. Tendría muchísimas preguntas para hacerles. Les prepararía una ensalada de arenque de entrada, unos sorrentinos caseros de pollo y verdura como plato principal, y un arrollado húmedo de dulce de leche de postre. Aunque sospecho que ellos también serían felices simplemente con pan y pescado asado.
Desde el nuevo ciclo del canal de cable El Gourmet llamado El convento de la hermana Verónica, la religiosa cocina platos sencillos mientras comparte anécdotas de viajes, experiencias de misión y reflexiones cotidianas.
Lejos de buscar una cocina sofisticada, apuesta por recetas accesibles y por una idea que atraviesa todo el programa: la mesa como lugar de encuentro. "Compartir la mesa une también los corazones y la vida", sostiene, convencida de que una mesa y una comida pueden acercar incluso a personas que piensan diferente.

La cocina
En la charla también aparecen otras facetas inesperadas. Su pasión por la música, el aprendizaje que le dejaron los años viviendo en Estados Unidos y una mirada muy abierta sobre las distintas culturas.
"Aprendí que una parte importante de abrir el corazón a otros pueblos es amar también su cocina", resume la hermana Verónica, una anfitriona que llega a la pantalla para cocinar recetas del mundo y demostrar que una receta también puede contar una historia.
–Sos monja, cocinás en televisión, rompés varios estereotipos. ¿En qué momento te diste cuenta de que no eras exactamente lo que la mayoría imagina?
–Creo que hoy mucha gente simplemente no tiene contacto con religiosas y conserva una imagen de otro tiempo. Recién ahora, leyendo las devoluciones del público sobre el programa, me di cuenta de que muchos se sorprenden.
–Muchos recuerdan con cariño a la hermana Bernarda. ¿Cómo recibís esa comparación?
–Es un honor que me comparen con ella. La hermana Bernarda era una verdadera experta, hasta daba clases de cocina. Yo no tengo toda esa experiencia, pero me encanta cocinar y disfruto mucho haciéndolo. Mi propuesta tiene otro perfil porque comparto muchas recetas internacionales y, sobre todo, muy sencillas para hacer en casa.
–¿Qué aprendiste sobre las personas y sobre vos misma a través de la cocina?
–Aprendí a abrirme a nuevos sabores y combinaciones. Descubrí que una forma muy linda de acercarse a otras culturas es querer también su comida. Y durante las grabaciones aprendí la importancia del orden en la cocina, además de tener paciencia con los procesos y no frustrarme si el resultado no sale exactamente como uno imaginaba.

Música y sabores
–Viviste varios años en Estados Unidos. ¿Qué sabores y qué enseñanzas te trajiste de esa experiencia?
–Fueron tres años que me marcaron muchísimo. Dios superó ampliamente todas mis expectativas. Me quedaron la pasión por los cinnamon rolls, los bagels, la pasta de maní y el clásico BLT (sándwich de panceta, lechuga y tomate). También aprendí a disfrutar de los tamales mejicanos y las arepas venezolanas. Cada viaje deja personas, historias y también recetas. Pero lo más importante fue el aprendizaje que hoy quiero transmitir en la tele: compartir la mesa une también los corazones y la vida. Es una convicción muy fuerte para mí y también para el canal. Cuando existe la voluntad de recibir al otro con respeto, siempre es posible encontrarse, incluso en medio de las diferencias.
–Sos muy musical. ¿Qué encontrás en común entre la música y la espiritualidad?
–Me gustan muchos estilos musicales y voy cambiando con el tiempo, como le pasa a cualquiera. La música tiene la capacidad de elevar el espíritu y acercarnos a Dios porque toca las fibras más profundas del corazón. Puede traer paz cuando estamos inquietos o alegría en un día gris. En ese sentido se parece mucho a la oración.
–¿Qué prejuicio sobre las monjas te gustaría que este programa ayudara a derribar?
–Que somos personas alejadas de la realidad, que solamente rezamos y no nos comprometemos con la sociedad. La vida religiosa también implica trabajar, enseñar, escuchar, compartir y estar cerca de las personas. Espero que el programa pueda mostrar justamente eso.
Su receta
Más allá de las recetas, la hermana Verónica propone otra mirada sobre la cocina. Una donde los ingredientes importan, pero también las historias que los acompañan, los viajes, los afectos y el tiempo compartido alrededor de una mesa. Quizás esa sea la verdadera receta que busca transmitir en cada programa.
Nacida en el barrio porteño de Belgrano, Verónica Evangelina Prieto descubrió su vocación religiosa a los 21 años, mientras estudiaba geografía. Desde entonces, encontró en la enseñanza, la misión y el vínculo humano una manera de construir comunidad.
Aunque nunca estudió gastronomía de forma profesional, convirtió la cocina en uno de sus lenguajes más personales y afectivos. En sus 20 episodios, prepara platos sencillos y deliciosos de distintos orígenes, ideales para disfrutar alrededor de una mesa compartida.
Entre ollas, anécdotas y conversaciones honestas, cada receta se transforma en una excusa para hablar de afectos, recuerdos y pequeños rituales cotidianos.
Para ver
El convento de la hermana Verónica va de lunes a viernes, a las 18, por El Gourmet.

