Tal vez a los ojos del consumidor común no suene el nombre porque no está visible en la etiqueta, pero es la empresa que congrega a marcas como Trapiche, Finca Las Moras, Costa y Pampa, El Esteco, y la flamante Marantiqua, la etiqueta que sale de la recientemente adquirida bodega en Neuquén, en un abanico de opciones que abarca un despliegue geográfico desde Salta hasta la costa atlántica, Patagonia, San Juan y Valle de Uco con diversas opciones en cada una de las marcas, sumado a que este año compraron una importante distribuidora en Inglaterra y adquirieron la marca Cinzano.
Llegar a Trapiche en Mendoza, el centro neurálgico de la actividad del grupo, es entrar en una parte maravillosa de la historia del vino argentino donde aún se pueden percibir los rastros de la gesta de los pioneros del vino. El edificio original permanece casi inalterado al paso del tiempo, con su fachada simétrica de ladrillos vistos que amurallan un interior en el que se ha resguardado gran parte de la maquinaria original, las vías del tren que literalmente entraba a la bodega a cargar los toneles, el piso de quebracho, los altos techos en las naves sostenidos por inmensas vigas que en su arquitectura semeja entrar a un templo.

El museo en la entrada permite adivinar los ingentes esfuerzos que significó hacer vino en el siglo 19, en un país con un consumo por habitante descomunal. La inventiva de la ingeniería humana está presente en cada paso mientras se avanza por la parte abierta al turismo. Las antiguas piletas refuncionalizadas y en uso dan cuenta de la nobleza de los materiales y de la visión de futuro de los pioneros. El aroma a mosto ondea en el aire, la magia de la uva en su conjunción con el trabajo humano produce esa especie de emoción única y casi tangible que pocas cosas en la vida son capaces de generar.
No todo es pasado: pasajes vidriados dejan ver las ánforas nuevas, los toneles relucientes de madera francesa y americana, los huevos de cemento de diverso tamaño, las pequeñas vasijas para microvinificaciones y los enormes tanques de acero inoxidable que se conjugan para abastecer una producción multifacética para el mercado nacional y el internacional.

La exploración como marca de modernidad
Nada mejor que describir el edificio central de Trapiche en Maipú para entender lo que es Grupo Peñaflor. Porque a esa tradición marcada por el edificio original se suma el moderno restaurante recomendado con mención por la Guía Michelin por tercer año consecutivo. La convivencia de antiguas piletas de cemento con las nuevas ánforas y pequeños toneles de roble abre la experiencia a los vinos que relatan una historia de cruce de tradición y modernidad.
Para definir el momento actual de Peñaflor, Marcelo Belmonte no duda: exploración, innovación y registro del paladar argentino como guía en todo lo que se hace. “El espíritu explorador es lo que nos define”, dice Belmonte, director de viticultura y enología de Grupo Peñaflor que tiene a su cargo la gigantesca tarea de coordinar los equipos de las diferentes bodegas repartidas por toda la geografía nacional.

Exportar a 90 países en el mundo, satisfacer la demanda nacional con vinos desde la entrada de gama hasta los paladares exigentes con vinos icónicos como Iscay o las ediciones especiales que sólo se venden en la bodega no debe ser fácil. La titánica tarea de los enólogos está además siempre condicionada por factores como las lluvias, el suelo, el calor y todas las variables climáticas de cada región en la que están presentes.
Búsqueda de diversidad
Belmonte es ingeniero agrónomo, hizo un doctorado en California y trabajó toda la vida en Grupo Peñaflor. Cada bodega cuenta con un enólogo y equipo enológico propio y reporta a Belmonte, quien está atento a cada pequeño detalle de cada bodega y de cada segmento de la bodega. “La búsqueda de diversidad es lo que interesa. Cada zona se expresa de manera diferente y es esencial mantener la identidad de la uva de cada zona. Si no, no tendría sentido tener tantas bodegas en tantos lugares diferentes”, dice, mientras prepara las botellas para mostrar la diversidad de cada región en la que están presentes.
La larga historia de 142 de años de Trapiche se mezcla con la expansión del grupo que dio origen a este abanico colosal de etiquetas. Belmonte no teme a la expansión y dispersión, sino que está orgulloso de la oferta de vinos diferentes que pueden ofrecer.

“Es un trabajo muy meticuloso en el que todo está puesto en la confianza en los equipos, porque cada región opera de manera diferente en cuanto a variables climáticas y eso lo pueden registrar los que están en el lugar. Este año, en Patagonia, tuvimos heladas tardías en primavera, pero en todo lo otro estuvo muy bien. En Valle de Uco, hubo menor productividad, pero con calidad excepcional. En San Juan, estuvo excelente, pero en Pedernal se perdió mucha cosecha. Los Valles Calchaquíes fueron muy buenos en producción y en calidad”, señala.
Hay que tener en cuenta que cada bodega está en una zona completamente diferente. Por ejemplo, el viñedo en la Patagonia está a 400 metros sobre el nivel del mar, plantado en terrazas con mucho viento y radiación. Mientras que, en San Juan, se trabaja con viñedos en valles diferentes como Calingasta y Pedernal, que son muy distintos entre sí.
Y en los Valles Calchaquíes los viñedos están en Cafayate, que es una llanura sobre el valle, y en Chañar Punco, que son suelos pedregosos sobre la ladera. “Además está el tema del cambio climático, que hace que las ventanas de cosecha se acerquen un montón y la maduración sea más rápida”, cuenta Belmonte.

Enología de "terroir"
“Nuestro fuerte es que tenemos un portfolio amigable con el bolsillo” y lo demuestra con una serie de etiquetas como el blend de Extremos de El Esteco, que es una poderosa demostración de un vino calchaquí que une fuerza y elegancia. De la misma zona, un poco más al sur, en Chañar Punco, salen vinos de partida limitada concentrados e impactantes.
Lo mismo ocurre con los vinos de San Juan, con buena acidez y taninos muy naturales que no necesitan madera para guardar. “Es tan compleja esta bebida que no hay nada analizado químicamente, sino que surgen variables de todo tipo”. Y en este punto Marcelo Belmonte hace una pausa e indica: “Hacemos enología de terroir, cada lugar debe ser analizado cruzando variables, no hay receta para los vinos sino acciones para cada terroir”.
Y la idea de terroir se solidifica al hablar del malbec: “El malbec llegó a ser malbec no por las bodegas, sino por los productores, por eso en la línea terroir de Trapiche serie ponemos la etiqueta del productor”, agrega Belmonte y despliega las líneas Coletto y Ambrosía como dos gemas que funcionan como un tributo a los productores.
Para el final, el clásico Iscay, el vino ícono de los grandes vinos argentinos, histórico y moderno al mismo tiempo, con un diseño intacto que maravilla en cada sorbo. De los vinos amigables con el bolsillo a la alta gama, recorriendo las zonas productivas del territorio nacional y manteniendo la identidad de cada terroir como un tesoro que muestre la diversidad, Belmonte confía en la unión de las corrientes del vino que transitan por la búsqueda de la eficiencia y de la calidad. Sumando el valor de la identidad de cada vino surgido de la exploración.

