Superación. A los 46 volvió a la escuela y su hijo de 11 es su "maestro": Gaby, la cordobesa que nunca se rindió
Vive en Obispo Trejo, quedó viuda dos veces y crió sola a sus cuatro hijos. Hoy cursa sexto grado en la primaria para adultos mientras su hijo Pili, que está en el mismo año, la ayuda a estudiar. Una historia de esfuerzo, amor y segundas oportunidades.
En una casa humilde de Obispo Trejo, al norte de Córdoba, una escena cotidiana se vuelve extraordinaria: una madre y su hijo repasan las tablas de multiplicar. Pero hay un detalle que transforma ese momento en una historia que conmueve: es el niño quien le enseña a su mamá.
Gabriela –Gaby para todos– tiene 46 años y cursa sexto grado en la escuela primaria para adultos. Su hijo, llamado Pilar y conocido por todos como “Pili”, tiene 11 y está en el mismo grado, pero en el sistema tradicional. Comparten contenidos, tareas y hasta dudas. También comparten algo más profundo: el deseo de salir adelante.
“Le tengo que ayudar un poco, porque a veces se confunde”, dice Pili con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo. Y en esa frase sencilla se resume un vínculo lleno de ternura, paciencia y compañerismo.
Gaby no se avergüenza. Al contrario: sonríe, escucha y vuelve a intentar. “Lo que más me cuesta es matemática”, reconoce. Entonces Pili aparece, la guía en las sumas, en las tablas, en esos números que alguna vez quedaron lejos cuando la vida le puso otras urgencias por delante.

Una vida marcada por la adversidad
Ese proceso la marcó para siempre. También sembró una semilla: el deseo de ayudar a otros. “Me gustaría algún día ser enfermera, para acompañar a las personas”, cuenta esperanzada. Lo dice con convicción, como quien encontró un propósito en medio del dolor.
Hoy trabaja como empleada doméstica en el pueblo. Limpia casas, hace lo que puede, lo que hay. Pero cuando cae la noche, cambia el rol: se convierte en estudiante. Va a la escuela de adultos, se sienta en el aula, escucha, pregunta, aprende.
“Me encanta estudiar”, asegura. Aunque admite que le cuesta, porque hace mucho no estaba en una escuela. Pero insiste. Siempre insiste. Y no lo hace solo por ella. Es, sobre todo, por sus hijos.
“Yo soy mamá y papá”, cuenta. Y no es una frase hecha. Es la realidad que le tocó asumir después de las pérdidas. Sus hijos —Mayra, Tatiana, Jeremias y Pilar— son el motor que la empuja todos los días.
“Si yo me caigo, ellos no pueden seguir”, explica. Por eso se levanta, una y otra vez.

El motor: sus hijos
En el medio, también hubo momentos difíciles. Uno de sus hijos dejó la escuela tras la muerte de su padre. El golpe fue demasiado duro. Gaby lo sabe, lo entiende, pero también insiste y anhela que su hijo vuelva a estudiar: “Es feo no tener estudio hoy en día. No conseguís trabajo, no te toman en ningún lado”.
Por eso, cada día, vuelve sobre el mismo mensaje: estudiar es el camino. Y lo predica con el ejemplo.
“A mí me faltaron muchas cosas. No pude terminar en su momento, pero lo estoy haciendo ahora”, cuenta. No hay reproches, solo una decisión firme: cambiar su historia.
En ese camino, Pili, su hijo menor, se convirtió en su aliado más inesperado. El nene, que sueña con ser futbolista, la acompaña en cada tarea. Tiene paciencia, la corrige, la incentiva. También la admira. “Es buena mamá”, dice sin dudar. “La quiero y la amo”.
El vínculo entre los dos está atravesado por el amor, pero también por las ausencias. Pili recuerda a su papá en escenas simples: jugando a la pelota, durmiendo las siestas juntos, compartiendo momentos cotidianos. “Lo extraño mucho”, confiesa entre lágrimas.
Sin embargo, encuentra fuerza en su mamá. "De ella”, responde cuando le preguntan de dónde saca la energía para seguir sonriendo a pesar de todo.
Gaby también encuentra en sus hijos la razón para no rendirse. “Ellos me levantaron”, cuenta. Hubo un tiempo en que no quería saber nada, en que el dolor la había dejado sin fuerzas. Aún así, juntó fuerzas y siguió. Volvió a la escuela. Se animó. Se sentó en un aula después de años. Aprendió a no tener vergüenza. A preguntar. A equivocarse.
Volver a empezar
En Obispo Trejo, donde todos se conocen, Gaby es conocida por algo más que su historia: su sonrisa. A pesar de todo, nunca la pierde. “Le pueden pasar mil cosas malas y ella siempre sonríe”, dicen quienes la conocen. Ella lo explica de manera simple e insiste: “Sigo por mis hijos”.
Mientras tanto, la escena se repite: madre e hijo, cuaderno en mano, repasando las tablas. Él le explica. Ella escucha. Se equivocan, se ríen, vuelven a empezar.
Hay algo profundamente simbólico en esa imagen: un niño enseñándole a su madre. Pero hay más de lo que se ve a simple vista: una mujer que, después de todo, decide aprender. Gaby no pierde nunca la esperanza. Gaby algún día será enfermera. Gaby, entre sus carpetas, muestra que nunca es tarde para empezar otra vez.



