Gente Picante. María Elena Módica, exreligiosa: “En el convento sentí una gran ausencia de Dios”

Ingresó a los 19 años a las Esclavas convencida de su vocación, pero durante años atravesó una crisis espiritual que terminó alejándola de la vida consagrada. Escribió un libro, se enamoró y es mamá. Hoy relata ese proceso y lo que aprendió de él.

15 de marzo de 2026 a las 08:00 a. m.
María Elena Módica, exreligiosa: “En el convento sentí una gran ausencia de Dios”
María Elena Módica, exreligiosa que cuenta cómo fue su tránsito de ser monja a abandonar los hábitos. Se casó y tiene dos hijos. Hoy es vicedirectora en el colegio San José.

–¿Qué sentiste para decir: “Bueno, voy a consagrar mi vida”?

–Yo soy de una familia que no era netamente religiosa. Mi papá siempre me dijo que era agnóstico; después fue cambiando. Tuve formación religiosa, pero de una familia que no practicaba mucho. Hice la comunión y, por esas cosas de la vida, terminé estudiando en un colegio religioso. Ahí fue como mi despertar espiritual. Entré a una escuela católica sin haber tenido en la primaria ninguna formación, era nueva en todo un ámbito que no conocía. Tenía las antenas bien paradas para mimetizarme y que no se notara el bache. Justo tenía una materia que me costaba horrores. En general soy buena alumna, pero en primer año hubo una materia que me parecía que no la iba a aprobar nunca. Siempre fui un poco extremista: si tenía una pequeña dificultad, para mí ya era “jamás en la vida me voy a recibir de nada”. Muy propio de la adolescencia. Entonces empecé a rezar para que me fuera bien en esa materia. Iba ofreciendo cosas: “Bueno, te ofrezco rezar un rosario para que me vaya bien”. Y me iba bien, la pasé, la aprobé. Pero me quedó el gusto por la oración. Iba a la capilla del colegio, pedía por la materia y sentía que alguien me escuchaba. Empecé ya no a rezar oraciones aprendidas, sino a contar mis cosas. Y sola, básicamente, tuve un renacer espiritual. Me sentí muy identificada con los valores religiosos. Toda mi adolescencia estuvo marcada por eso, pero de una forma tremenda, porque me totalizaba. Para mí no existía posibilidad de nada distinto.

–¿Y qué hacías?

–Iba a grupos juveniles, iba de misión, rezaba mucho. Fuera de eso no hacía nada distinto del resto, pero yo me sentía totalmente invadida por esa experiencia. Entonces, cuando tuve que tomar una decisión vocacional, decidí por la vida religiosa. Se suponía que era la forma de seguir a Jesús de una manera radical y total, y eso era lo que me atraía: ser totalmente de Dios y dedicarme solamente a Él y a la misión.

–¿A qué congregación?

–A las Esclavas, que tienen un perfil misionero. Se dedican a distintos centros de misión, pero también a escuelas, por eso yo iba a esa escuela. Tienen un perfil educativo muy fuerte.

–¿Y en casa qué dijeron?

–Mi papá siempre me apoyó, porque su idea era que los hijos tienen que tener su impulso propio y su vida propia. Me apoyó porque era mi decisión. A mi mamá le costó más, porque soy hija única. Un proyecto de vida en el que no estuviera presente una pareja ni hijos significaba que no habría nietos. Y además es un estilo de vida muy distinto; a los padres les suele costar porque no hay muchas referencias para saber qué es.

Mar{ia Elena Módica tiene pocas fotos de su vida como religiosa. Acá, en Tucumán, preparando clases. (Gentileza)
Mar{ia Elena Módica tiene pocas fotos de su vida como religiosa. Acá, en Tucumán, preparando clases. (Gentileza) (Gentileza)

–¿Cómo era tu rutina? ¿Qué hacías?

–La rutina va cambiando según las etapas. En la primera etapa, la de formación, cuando todavía no tenés votos, la vida está marcada por eso: mucho trabajo interno, mantenimiento de la casa, estudio, tiempos de oración y tiempos de formación donde te presentan qué es la vida religiosa y su sentido.

–¿En qué año fue? ¿Se notaba entonces ya la crisis de vocaciones?

–Fue en 1990, pero en mi congregación éramos muchas. Tenía un gran florecimiento de vocaciones, también por el estilo pastoral de las hermanas, muy cercano a las chicas. Conmigo habrán entrado 12. En la casa de formación, entre aspirantes, postulantes y novicias, habremos sido 30. Era un lindo número. Después fue decantándose. Con el tiempo la congregación empezó a sentir la crisis, que es común, pero en los ’90 nosotras no la sentíamos.

–¿Te pesó en algún momento esa vida?

–Sí. A mí me pesó desde que ingresé. A los tres días me acuerdo que le dije al sacerdote que me acompañaba en el discernimiento: “Esto no es lo que busco”. A los tres días. Pero me llevó 15 años llegar a la decisión de salir y que esa salida no fuera un “no” a mi deseo profundo, que siempre fue la entrega total a Jesús o el seguimiento radical del Evangelio. Tuve que hacer todo un camino para darme cuenta de que tenía otro lugar. Me pesaron muchas cosas. Lo perfecto está en el cielo; uno siempre se encuentra con situaciones que no son ideales. Pero eso no fue lo que más me dolió. Lo que me dolió fue que en ese espacio donde esperaba encontrar a Dios empecé a vivir una gran ausencia de Dios, un vacío muy grande. Frente a ese vacío se me hizo muy cuesta arriba el tema de la maternidad, más que el de la pareja. En 15 años hay experiencias de enamoramiento, es natural, pero nunca me proyecté como pareja. Sí notaba que no me sentía feliz, que no estaba representada en lo que hacía ni en lo que vestía, pero cuando quería pensarme de otro modo no veía nada. La maternidad me pesaba mucho. Decía: “Renuncio a hijos propios para ser madre de muchos”, pero el día de la madre me costaba que nadie me llamara mamá.

–¿Se hablaba eso entre ustedes?

–Sí, se compartía. Se entiende como algo propio de la renuncia. Quizás yo no me daba cuenta de que para mí era más profundo de lo que creía. En los últimos tiempos estuve en un hogar de menores en Tucumán, con chicas adolescentes que venían del campo para estudiar. Yo era la directora y llevaba la diaria. Ahí la función era realmente de mamá: ver las escuelas, hacerme cargo de ellas, detalles de la mochila, acompañarlas. Esos detalles me conmovían. Muchas veces se les escapaba decirme “mamá” y después corregían: “Perdón, hermana”. Esa palabra me quedaba en el alma. Pero no me decía: “Quiero ser madre biológica”. Seguía sosteniendo que mi maternidad estaba canalizada en la misión. Después me di cuenta de que el deseo era más fuerte de lo que pensaba.

María Elena Módica en el Chaco Salteño, en misión en una comunidad wichi. (Gentileza)
María Elena Módica en el Chaco Salteño, en misión en una comunidad wichi. (Gentileza) (Gentileza)

–Me quedo con algo muy llamativo: entraste a la vida religiosa y notaste la ausencia de Dios. ¿Cómo puede pasar eso?

–Esa era mi pregunta. Yo le decía a Dios: “Vos me metiste en el convento y te fuiste”. Es la parte más honda del drama de Anabel, la protagonista de mi novela, porque es inconsecuente: no debería pasar. Cuando lo conversaba con mis directores espirituales, me decían que tal vez no me entregaba del todo o que era un período de prueba. Pero no tenía respuestas.

–¿Ingresaste a los 19 y decidiste salir a los 35?

–Sí. La ausencia de Dios me tenía clavada el alma. Busqué muchos caminos para resolverla, desafié esquemas mentales y religiosos, me animé a pelearme con Dios. No tenía otro horizonte. Fui y volví por muchas líneas espirituales hasta darme cuenta de que el problema era la imagen de Dios. El Dios que yo traía no era el Dios religioso que asumí después, muy mediado por el culto y la institución. Sentí que la institución se metió en una relación que para mí era fluida. Esa intromisión me hizo ruido. Después de un largo proceso entendí que el problema era esa imagen institucional de Dios. Pedí otra misión, más de contacto directo con personas, para ver si la espiritualidad volvía a ser luminosa. Algo mejoró, pero cierta oscuridad permanecía. Un sacerdote me sugirió pedir un tiempo afuera. Yo tenía 35. Le dije: “Esperemos un año más”. Y me respondió: “No, porque si querés tener un hijo, el tiempo pasa”. Y ahí decidí salir.

–¿Sentiste que traicionabas algo?

–No. Creo que me tomó 15 años porque salí espiritualmente por la puerta ancha, con la conciencia clara de que no era mi vocación. No tenía claro cuál era, pero sabía que esa no.

–¿Renegaste de la fe?

–Sí. Me peleé con Dios muchas veces. Desafié mi propia conciencia. En un momento, después de una gran crisis, tiré a la basura todos mis apuntes espirituales y dije: “Ahora busco yo”. Y paradójicamente, en esos desafíos empezaba a sentir luz. Hay un episodio de la novela en que la protagonista le tira un abrigo al cuadro del Sagrado Corazón y lo insulta. Eso lo hice yo. Y en lugar de culpa sentí liberación. Sentí que estaba rompiendo una imagen de Dios que el mismo Dios quería romper.

María Elena Módica en la actualidad, como vicedirectora de la escuela San José. (Gentileza)
María Elena Módica en la actualidad, como vicedirectora de la escuela San José. (Gentileza) (Gentileza)

–¿La novela la escribiste siendo religiosa o después?

–Siendo religiosa, en el tiempo intermedio entre dejar la rectoría de una escuela en La Rioja y asumir el hogar en Tucumán. Es una novela terapéutica. La escribí para entender qué me pasaba. Sabía que la escritura conecta con el inconsciente. Así surgió la historia de una religiosa que tiene que aprender de siete mujeres con vidas rotas para resolver su crisis. Ahí entendí que tal vez yo no estaba bien en la vida religiosa, pero también que la vida religiosa debía revisar cosas.

–¿Qué creés que debiera revisarse de la vida religiosa?

–Focalizarse en la misión desde el corazón, no en las obras como estructura. Que el compromiso con las personas sea real. Escuchar las heridas antes de los juicios. Empatizar y comprometerse de verdad con el dolor existencial.

–Cuando saliste, ¿cómo fue volver al mundo?

–Muy duro. Vivís dentro de una narrativa que te lo explica todo. Al salir es la intemperie: buscar trabajo, pareja, acomodarte. Volví a la casa de mis padres, que no estaban en una buena situación económica. No quería volver a la educación, me sentía más identificada con lo social, pero no tenía título para eso. Pasé de dirigir una escuela a dejar un currículum. Ese descenso social me costó muchísimo. Y en los grupos humanos no decía que había sido religiosa, porque no siempre se comprende. No tenía un pasado para contar.

María Elena Módica se casó con Raúl cuatro años después de haber salido del convento. Los dos querían hijos. (Gentileza)
María Elena Módica se casó con Raúl cuatro años después de haber salido del convento. Los dos querían hijos. (Gentileza) (Gentileza)

–¿Y la pareja?

–Al principio no lo tenía claro. Transitaba el período de exclaustración, en el que seguís siendo religiosa por un tiempo. Cuando pedí la dispensa me dije: “Soy laica, ¿para qué estar sola?”. Era muy racional: hija única, familia dispersa, no quería terminar sola en un geriátrico. Busqué pareja y me encontré con un mundo de códigos que no entendía. Salí con algunos hombres, pero no prosperó. A los 39 tenía muy claro el deseo de ser madre. Una relación terminó por eso. Me metí en una página que se llamaba Solteros Católicos. No porque buscara alguien del ámbito religioso, sino porque era lo que había. Buscaba hombres separados, porque pensaba que el soltero de 40 era un problema. Vi el perfil de un hombre de 40, soltero, sin hijos, y pensé: “Algo tiene”. Pero siempre volvía a su perfil. Le mandé un link. Me respondió que estaba terminando otra relación. Empaticé y le contesté con respeto. Ahí empezó un ida y vuelta por mensajes de texto. Nos pusimos de novio por teléfono. Él es de otra provincia. Vino a conocerme ya de novios. A los dos meses nos casamos. Se vino a vivir a Córdoba. Hoy tenemos dos hijos.

–¿Cómo fue pasar de la vida religiosa a la vida de pareja?

–La convivencia no nos costó tanto porque yo había vivido en comunidad y él con cinco hermanos. Nos tiramos a la pileta, literalmente. No es algo que aconseje, pero a nosotros nos salió bien. Yo tenía un descrédito total hacia la palabra masculina por experiencias previas. Él tuvo que remar mucho. Hasta después de casados yo pensaba: “A los hombres no hay que creerles”. Pero con el tiempo entendí que lo que decía lo sentía.

–¿La fe se comparte?

–Sí, pero lo clave es que él valore y respete mi fe. Yo soy libre de vivirla, rezar, escribir, dar talleres. Él es creyente, pero tiene su proceso. No lo obligo a nada. Siento un respeto absoluto por mi camino.

Primero llegó Andrea y a los dos años, Pedro. María Elena Módica soñaba con que le dijeran mamá. (Gentileza)
Primero llegó Andrea y a los dos años, Pedro. María Elena Módica soñaba con que le dijeran mamá. (Gentileza) (Gentileza)

–¿Cuándo llegaron los hijos?

–A los 39 Andrea y a los 41, Pedro. Cuando me dijeron “mamá” fue una emoción enorme. Disfruté la maternidad con mucha intensidad. Los tuve por cesárea. Escuchar “mamá” fue el gran regalo de la vida.

–Si volvieras a los 18, ¿harías lo mismo?

–Sí. Si a los 18 me hubieran dicho lo que iba a padecer, no hubiera sido capaz. Pero hoy, mirando atrás, haría exactamente lo mismo. Lo que soy es fruto de todo ese camino. Dios me acompañó siempre. No lo siento más presente ahora que antes, ni menos. Aprendí muchísimo en la vida religiosa. Las misiones en el norte, con los pueblos originarios, en zonas marginales y también con gente muy rica, fueron mi universidad. Me dieron perspectiva.

–¿Tus hijos viven la fe?

–No. Quiero que hagan su propio camino. No quiero que tengan un Dios al que cumplir, sino que si tienen una experiencia espiritual sea desde la belleza y la libertad.

María Elena Módica en la actualidad, dictando un taller de superación personal. (Gentileza)
María Elena Módica en la actualidad, dictando un taller de superación personal. (Gentileza) (Gentileza)

–Muchos dicen que lo más difícil de la vida consagrada es la soledad. ¿Coincidís?

–Sí. Vivir sin sexo es manejable; la mente puede mucho. Pero la soledad es distinta. Yo la sufrí muchísimo. La tenía tan naturalizada que pensaba que iba a morir con ella. La soledad mata. La Iglesia debería revisar eso. La fraternidad debería ser realmente contenedora. No siempre lo es.

–¿Podría ser compatible la vida religiosa con la vida familiar?

–Hay que distinguir. La vida religiosa tiene como centralidad el voto de castidad. Para que amerite esa renuncia tiene que haber una misión que lo justifique: una tarea que no podrías hacer con una familia. Si no, privarse de hijos y pareja por creer que Dios lo valora más es una idea que yo desconstruyo.

Ficha Picante

María Elena Módica, exreligiosa que cuenta cómo fue su tránsito de ser monja a abandonar los hábitos. Se casó y tiene dos hijos. Hoy es vicedirectora en el colegio San José.
María Elena Módica, exreligiosa que cuenta cómo fue su tránsito de ser monja a abandonar los hábitos. Se casó y tiene dos hijos. Hoy es vicedirectora en el colegio San José. (José Gabriel Hernández / La Voz)

María Elena Módica (55) es vicedirectora de la escuela secundaria San José de la ciudad de Córdoba. Autora del libro Siete rostros para una mujer, que escribió cuando era religiosa. Fue parte de las Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús durante 15 años. Contacto: @maria.elena.modica