Gente Picante. Marcelo Polakoff, rabino: Vivimos el fenómeno selfi; no necesitar de los demás

El religioso reflexiona sobre el avance de los extremismos, la cultura del yo, la pérdida de la paciencia y los desafíos espirituales de una sociedad cada vez más polarizada.

22 de marzo de 2026 a las 08:00 a. m.
Marcelo Polakoff, rabino: Vivimos el fenómeno selfi; no necesitar de los demás
Marcelo Polakoff es rabino del Centro Unión Israelita de Córdoba desde el año 2002.

–¿Cuál es el trabajo de un rabino?

–Por supuesto, siempre uno le pone un toque personal, pero yo te diría que el rabino está enfocado en tres pilares. Lo que te voy a decir está basado en un texto talmúdico que dice que el mundo se sostiene en tres patas: Torah, Abodá y Jasadim. Te lo digo así rapidito, para no olvidarme. Torah significa estudio. Torah es biblia, pero también es desarrollo intelectual. O sea, tenés que apoyar y promover el desarrollo intelectual. Dos: Abodá, que en hebreo sería el desarrollo espiritual, toda la cuestión que tiene que ver ya no con el desarrollo de la cabeza, sino del corazón. Y tres: Guemilut Jasadim, que tiene que ver con lo que uno llamaría acciones piadosas, que sería el desarrollo social. Es decir que nuestra tarea, que es muy integral, intenta –todo esto es en la teoría, en la práctica hacemos lo que podemos– que en lo cotidiano podamos promover cada una de estas tres áreas. Que cada persona, cada familia que se acerca o con la que tenemos contacto en la comunidad, o en general, pueda poner énfasis en aumentar su desarrollo intelectual, su desarrollo espiritual y también su desarrollo social. Y si uno tuviera la suerte o la bendición de poder dedicar un tercio de cada día o de cada semana a esto, estaría por buena senda, porque las tres patas son importantes. Cuando vos solamente te anclás en una, quedás medio rengo de las demás, y las tres son importantes. Hay que buscar un equilibrio, que siempre es fácil decirlo y, después, difícil hacerlo. Pero yo te diría que la tarea es esa: incentivar a que el resto lo haga.

–Tiene puntos en común con el sacerdocio católico.

–Sí, sí, sí; en ese sentido, tiene muchos puntos en común. La diferencia esencial, te diría, es que el rol del rabino no tiene ninguna representación formal entre lo que sería el cielo y la tierra, ¿entendés? O sea, cuando no está el sacerdote, obviamente no puede haber una misa. Pero si yo no estoy, cualquiera que lo sepa hacer puede hacerlo: no hace falta un rabino para nada, entre comillas.

–¿Qué estudiás para ser rabino?

–Estudié en el seminario rabínico. Hay varios, con distintos modos y modelos, pero en general, en el mundo más liberal, que es en el que yo me muevo y en el que se mueve la mayoría del mundo judío, estudiamos varios años en un seminario. Tenemos que tener, aparte, una carrera universitaria, cualquiera sea: puede ser dentista, arquitecto, abogado, lo que sea, pero tenés que tener una carrera universitaria.

–¿Y vos qué estudiaste?

–Cuestiones vinculadas a la sociología, ciencias políticas, relaciones internacionales, esas cosas poco prácticas.

–Ayuda, todo ayuda. ¿Te ayudó a lo largo de tu carrera?

–Sí, sí; toda esa formación ayuda.

–¿Y podés dejar de ser un día rabino, así como se abandonan los hábitos del sacerdocio?

–Nosotros, por ejemplo, tenemos un comité de ética a nivel internacional que, por suerte, en pocos casos les ha dicho a algunos: “Mirá, ¿sabés qué? Nosotros te sacamos el título”. Es como un médico.

–Pero el sacerdote lo es de por vida.

–En ese sentido, es igual. Pero, obviamente, tenemos rabinos, compañeros míos, que estudiaron en su momento y después, por H o por B, se dedicaron a otra cosa. Entonces sí, puede pasar.

Con monseñor Ángel Rossi en el Vaticano. Polakoff reivindica el diálogo por encima de todo.
Con monseñor Ángel Rossi en el Vaticano. Polakoff reivindica el diálogo por encima de todo. (Gentileza)

–En la Iglesia católica hay mucha gente que se declara católica, pero no es practicante, o incluso ni siquiera tiene fe. ¿Pasa eso en la comunidad judía?

–Yo te diría que sí, pero con un toque distinto. ¿Por qué? Porque, aunque está bien homologar cristianos y judíos, el problema lo tenemos nosotros, porque el cristianismo es una religión claramente consolidada, incluso en términos de definición conceptual de lo que es una religión. Pero el judaísmo no es sólo una religión. Para ponerlo claro, no hay comida cristiana, pero hay comida judía. No hay bailes cristianos, pero hay bailes judíos. No hay un género musical cristiano, no estoy hablando de música sacra, y vos no vas a una librería y decís: “Mostrame el estante de humor cristiano”. No hay. Pero hay humor judío. No es que uno esté bien o mal; es que el cristianismo es una religión claramente definida. El judaísmo es más bien una especie de civilización o de pueblo. Entonces, puede haber gente en la que la veta de la creencia, la fe o la práctica estén más disminuidas, pero que tenga una tradición cultural muy fuerte de lectura, baile, comida, idioma, humor. Eso también hace a la identidad judía, que es un poquito más compleja.

–Si tuvieras que definirme el mundo hoy, después de los atentados en Israel, ¿creés que se volvió más hostil para el judaísmo?

Yo creo que sí. Creció, lamentablemente, el antisemitismo por diferentes motivos; es pluricausal, no hay una sola causa. Pero el mundo está entrando, ya hace tiempo, no desde ahora, en una lógica que nosotros sufrimos como argentinos ya en la década de los ‘90. Lo que empezó acá en la Argentina después lamentablemente se globalizó mucho, y tiene que ver con muchas situaciones donde el extremismo religioso, político, económico –fijate, hasta en los deportes hay deportes extremos, que son los que están más de moda– va cobrando relevancia. Toda la cuestión del extremismo, del fanatismo, y también las redes, que tienen tantas bendiciones pero, a su vez, ayudan mucho a dispersar esto, ha producido una vuelta de discursos de odio, que por supuesto a veces se mezclan con muchas cosas. Y vos lo ves: a veces aparece en la extrema izquierda, a veces en la extrema derecha, o en el extremismo de ideología islámica. Pero cualquier extremismo es malo. Lo tenemos también dentro de la tradición judía, y también hay que denunciarlo y ponerle algún tipo de dique. Me parece que estamos en épocas, en general, en las que la voz más fanática va teniendo cada vez más lugar, y es un problema serio. Estamos haciendo un mundo con mayor polaridad, con menor paciencia. Hoy la palabra moderado es casi una mala palabra.

Con el Papa Francisco. También cantó un salmo en hebreo en la primera comida kosher ofrecida por un pontífice en el Vaticano.
Con el Papa Francisco. También cantó un salmo en hebreo en la primera comida kosher ofrecida por un pontífice en el Vaticano. (Gentileza)

–Hasta en las elecciones, a quienes se presentaron como moderados les fue mal.

–Claro. Y yo lo veo como un retroceso humano. Fijate que a veces uno dice: “Bueno, este es un tibio”. En realidad, nosotros vivimos gracias a la tibieza. Si tu temperatura no es tibia, olvidate: o estás muerto porque tenés 30 grados o estás muerto porque tenés 45. Entonces, la tibieza no es sinónimo de apatía; al revés, es sinónimo de vitalidad. Y cuando uno va de una punta o la otra, en cualquiera de los casos, se mete en problemas. Ahí sí puede ser por extrema frialdad o por extrema calentura.

–¿Qué más nos pasa en las relaciones interpersonales, en la familia? ¿Qué más hay para que tengamos siempre esa sensación de que falta el aire?

–Yo creo que nos pasan dos o tres cosas relativamente graves. Una, te diría, tiene que ver con lo que a veces se llama "el fenómeno selfi". La selfi se convirtió en una especie de marca distintiva de la humanidad, y la selfi no necesita de los demás. Entonces, el extremismo del yo está a un nivel terrible. El extremo cuidado de uno mismo, obviamente sacando a los demás, poniéndolos a distancia y en otro nivel, es un problema muy serio. Eso, entre otras cosas, también está haciendo que muchos jóvenes decidan, por ejemplo, no tener hijos. Es un fenómeno nuevo.

–Sí. Y muy veloz.

–Velocísimo. Es un fenómeno que habla muy mal de nosotros, digo de nosotros todos, porque los jóvenes también son consecuencia de lo que hemos hecho nosotros como educadores, como padres. Ese me parece un fenómeno muy fuerte, y hay que tener mucho cuidado con eso. Hay una sobreabundancia del yo, yo, yo, yo. Fijate que también es cultural. A mí me gusta mirar los idiomas, tengo una especie de pasión por la etimología y esas cosas. Y fijate qué loco que en el idioma que hoy es prácticamente universal, el inglés, la única palabra que siempre tenés que escribir con mayúscula es "I", "yo". No está "we" con mayúscula ni "you" con mayúscula. Es terrible. Quiero decir: el inglés es precioso, pero ahí hay una señal no buena. Y otro de los temas tiene que ver con la urgencia: llame ya, tenga ya, quiero ya, todo ya. Se acabó la ternura de la espera. En esto hay un filósofo muy conocido, Byung-Chul Han, que tiene obras maravillosas, libros chiquitos pero cada uno es un tesoro. Y hay uno donde habla muchísimo sobre cómo la humanidad también aprendió a ser humana en la espera. El que no puede esperar es un animalito. A un perrito no le podés pedir: “No hagas pipí, esperá dos horas”. Un ser humano puede esperar. Hasta te diría que el hecho arqueológico, antropológico, de la cocina, de comer alimentos cocinados, hizo también que seamos más humanos. Un animal va y se come a otro; está bien, es un animal. Pero nosotros podemos esperar. Ahora, cuando vos ves que nadie puede esperar nada, estamos en serios problemas.

–Todo ya.

–Es cierto que uno quiere todo ya, porque pareciera que la velocidad es sinónimo de eficiencia. También la idea de que nada para, nada frena, es terrible, porque te llevás puesto algo. Entonces ahí empieza a cobrar más sentido un fenómeno religioso, cultural y civilizacional del pueblo judío, que es el Shabat. Una vez por semana frenás, descansás, parás, no producís. Nada. Pausa. Una vez cada siete días. Y es genial. Y te diría una cosa más. Me parece que la responsabilidad, en el sentido de la autoridad, especialmente de los padres, está cada vez más en crisis. Yo todos los días voy a la escuela y veo chicos de 2 o 3 años pegándoles a los padres, retándolos. ¡Los niños! No lo puedo creer. Y ves que falta el buen límite. Bajo el formato de “que haga lo que quiera” se esconde, en el fondo, una ausencia de responsabilidad, a mi gusto, y una falta de autoridad que hace que produzcamos también niños y jóvenes con muy poca tolerancia al fracaso, con muy poca tolerancia al esfuerzo.

Con sus padres, Clara y Daniel, en un reconocimiento que el Congreso le otorgó a Marcelo.
Con sus padres, Clara y Daniel, en un reconocimiento que el Congreso le otorgó a Marcelo. (Gentileza)

–¿Y qué le pasó a esa generación de padres para no advertir que un límite es bueno?

–Yo creo que estamos en este mar de situaciones de civilización. Antes, no antes como hace dos mil años; hablo de hace 50 años. Es como que antes vos tenías una expectativa vital más conservadora o más conocida. Más o menos sabías que todo era un poquito más estable: ibas a tener un trabajo que te iba a durar 30 años, te ibas a recibir de algo, ibas a vivir en tal lugar, ibas a poder mantenerte con tu trabajo, te ibas a casar, ibas a tener tu familia de toda la vida. Bueno, toda esa estabilidad empezó a resquebrajarse. Ya el trabajo no dura tantos años, es difícil encontrar a alguien que haya permanecido mucho tiempo en el mismo lugar, es difícil encontrar a alguien que no se haya divorciado, difícil encontrar a alguien que no tenga incertidumbre sobre su futuro. Entonces, no es que uno sea mal padre porque quiere. También empezaron a aparecer fenómenos sociales, económicos y de civilización que hacen que estemos en un momento difícil. Fijate ahora, con todo lo de la inteligencia artificial, lo que se viene, quién sabe. Los cambios a los que nuestra cabeza o nuestro espíritu estaban acostumbrados a procesar eran menos. Este tren arrollador de cambios, que te levantás hoy y no sabés qué pasa mañana, también tiene su costo. Entonces, me parece que eso ha incidido muy fuertemente en cómo somos.

–Una de las experiencias más trágicas que te ha tocado vivir fue la asistencia en la tragedia de la Amia.

Sí, sí, sí. Yo no iba todos los días; estaba en una especie de departamento de juventud, iba un par de veces por semana. Pero me habían mandado como representante de la Amia –el que estaba a cargo se encontraba de viaje– a Europa, a un congreso de acción judía, una cosa rara. Y yo tenía pasaje para volver el 18 de julio de 1994. Estaba en Holanda, con escala en Madrid, y en la escala algo empezó a escucharse. No había celulares, no había nada de esto. Algo había pasado. Volé esas 11 o 12 horas con los ojos abiertos. Sabía que había pasado algo en la Amia, pero no tenía claro qué. Cuando llegué, me di cuenta, claramente. Y toda esa semana estuve, básicamente –yo era seminarista, estaba estudiando para rabino–, en el triste papel de acompañar a la morgue judicial, que estaba a un par de cuadras, en Once, a las familias para que reconocieran lo que quedaba de sus seres queridos. Terrible. Y una cosa increíble es que, 20 años después, me tocó hacer exactamente lo mismo. Yo nunca más había ido ahí, porque además me vine para Córdoba. Y 20 años después, 21, me tocó acompañar a la mamá del fiscal Nisman a la morgue para reconocer si era su hijo. Increíble. Se me hizo un déjà vu en el momento.

Con las hijas de Alberto Nisman y el entonces presidente Mauricio Macri y su esposa, haciendo una oración.
Con las hijas de Alberto Nisman y el entonces presidente Mauricio Macri y su esposa, haciendo una oración. (Gentileza)

–¿Y qué sentiste? 20 años y seguimos dándole vueltas a lo mismo.

–Sentís que cuando la impunidad florece, es una invitación a nuevos desastres, claramente. Entonces queda una sensación de lástima, de fracaso, de decir por qué. Pero, bueno, nuestro país es precioso. La verdad es que la Argentina es una sociedad hermosa, y yo conozco muchas sociedades en muchos lados, y no cambio esta por ninguna. Pero, a su vez, tenemos todavía muchas deudas. Una tiene que ver con esto, con algunos episodios de violencia colectiva tan fuertes que no han encontrado todavía responsables en la Justicia, y eso es como una invitación a que ocurran más injusticias.

–Dijiste que la Argentina es una sociedad preciosa. Enumerame las cosas lindas que tenemos.

–Tenemos un montón. Primero, el país, de punta a punta, es un paraíso en términos de naturaleza, recursos por todos lados. La gente, en general, es tan sana. El argentino medio es un tipo macanudo. Acá, la amistad es algo absolutamente cotidiano. Imaginate vos: yo tengo amigos por todo el mundo. Juego al tenis y tengo amigos que se fueron a vivir por laburo, o son rabinos también, a cualquier país de Europa o a Estados Unidos. Y me dicen: “No, yo para jugar al tenis, si quiero jugar, tengo que llamar a alguien, esperar que mire la agenda y fijar para dentro de tres meses”. Y llega ese día, juegan, se saludan, gracias, chau. Acá vos llamás por teléfono y decís: “Che, loco, ¿mañana jugamos un rato al tenis y comemos un asado?”. "Sí, dale". Y te quedás tres horas después. Eso, que parece poco, es un montón. Los lazos sociales acá son, en general, muy buenos. No tenemos problemas raciales, no tenemos grandes problemas religiosos; en general, la convivencia es sana.

–¿La inseguridad no la ponés como una cosa que nos agobia?

–Por supuesto que hay problemas, ni qué hablar. Falta trabajo, hay pobreza, hay inseguridad. Pero todo eso también se da en varios lugares. Y vos lo ponés en la balanza, y yo te digo: no, me quedo así. Soy un enamorado de nuestro país.

–Te llevo a las deudas económicas que tenemos desde la democracia hasta esta parte, especialmente la pobreza, y teniendo en cuenta que la comunidad judía pondera mucho la prosperidad económica. ¿Qué creés que nos pasa como Argentina para que no podamos garantizar un piso decente para que todos vivamos bien?

–Bueno, son años de mala praxis, ¿no? De todos los signos políticos. No vamos a hablar de política partidaria, pero los gobiernos en general han hecho mal las cosas de todo tipo, y han promovido en muchos casos que la falta de trabajo no sea considerada, hasta te diría, una desventaja. También hemos generado durante algunas generaciones subsidios que, por supuesto, para mucha gente en emergencia son necesarios; no estoy hablando de eso. Estoy hablando de gente que puede trabajar y que se acostumbró a la dádiva y a que el Estado tenía que garantizarle una entrada mínima, lo que la hacía sentarse en la casa a esperar. Y esas dos o tres generaciones que ya han pasado así han generado también una baja en el esfuerzo, en la propia decisión de decir: “Quiero mejorar, quiero crecer, quiero trabajar”. En algunos momentos, la palabra trabajo pasó a ser mal vista, una locura. Eso me parece todavía una deuda muy importante. También las deudas institucionales, en términos de la Justicia o de construir un aparato gubernamental que no esté asociado a la corrupción. Falta mucho. Pero, bueno, hay que hacerlo, cada uno desde su parte.

Medió junto al obispo cordobés entre la Policía y el Gobierno de Córdoba en el amotinamiento en diciembre de 2013. Después participó del juicio.
Medió junto al obispo cordobés entre la Policía y el Gobierno de Córdoba en el amotinamiento en diciembre de 2013. Después participó del juicio. (Gentileza)

–¿Cómo ves el corto y el mediano plazo en la Argentina?

–Yo estoy para rabino, no para profeta. La macroeconomía se acomodó, eso está claro. Pero todavía falta mucho para que eso le llegue a mucha gente. Y este modelo, que privilegia algunas ventajas comparativas para muchos sectores industriales, para otros claramente son desventajas comparativas. Entonces es muy difícil. No quisiera estar en ese lugar, ni sé cómo hacerlo, pero está claro que vamos a ver algunos sectores –ya se han empezado a ver– con problemas de trabajo. Tenemos que estar atentos, como sociedad, para seguir potenciando todo tipo de dispositivos para que el que está en la lona temporariamente esté un poquito mejor y tenga posibilidades de no estar más en la lona en un tiempo.

–En Córdoba se lleva adelante una iniciativa institucional, muy disruptiva en su momento, que es el Comipaz.

–Sí. El Comipaz nació, en realidad, en el año '98. Cuando llegué, ya tenía tres años y medio. Y la verdad es que, en estos años, ha sido una decisión hermosa de aquellos que lo fundaron. Es el Comité Interreligioso por la Paz, que tiene básicamente cuatro tradiciones religiosas como miembros fundadores, llamémosles así, Y, después, se fueron asociando otras. Está, por supuesto, la Iglesia católica, el mundo evangélico, el mundo islámico y el mundo judío. Y después se asociaron también los armenios, los bahaí, otras denominaciones evangélicas, los griegos ortodoxos, etcétera. Pero el punto es que aprendimos, a lo largo de los años, algo que me parece esencial, que tiene que ver con olvidar por un rato, por lo menos, la pretensión de totalidad, de absoluto o de una verdad única, cosa que es básica en la tradición religiosa. Es bueno darse cuenta de que uno no tiene ese monopolio de la verdad. Es sano. Y a pesar de que uno crea que tiene su verdad, y está muy bien que así sea, puede compartir con los demás acciones comunes con creencias distintas. Aprendimos a acariciar la idea de que cada uno tiene su parte. Y cuando vos aprendés eso, dejás de ser extremista, podés ser más pluralista y, además, tener la bendición de aprender de otras tradiciones. Yo he descubierto en estos años maravillas de la tradición católica, de la tradición islámica: costumbres, valores, ideas, historia, ritos, que a mí me han llenado. Y esto no significa hacer un licuado de tradiciones religiosas ni perder de vista la propia, sino compartir sanamente. Me parece que es un modelo muy sano.

–¿Alguna vez estuviste en conflicto con la fe, con creer en Dios?

–Sí, sí, sí. A ver, conflicto… Mi idea de la teología, si querés ponerlo así, va variando. No es fija. Creo que también tiene que ver con los años y con situaciones vitales. Por supuesto, no concibo la existencia sin Dios. Ahora, jamás sabría decir cómo opera Dios. Un poeta medieval, Yehuda Halevi, decía: “Si yo supiera cómo opera, sería Dios”. Pero voy descubriendo la presencia de lo divino en casi todo o en todo. Cómo se manifiesta en mí, fue modificándose. A veces tengo una visión más espinoziana, tipo semipanteísta; a veces no, a veces me es más trascendente, a veces más inmanente. También en diálogos teológicos que voy aprendiendo. Yo sigo leyendo y estudiando, y eso me parece una búsqueda hermosa. Me parece que la pregunta sobre lo divino y el desarrollo espiritual todo el mundo la tiene, sea creyente o no creyente. La pregunta sobre la existencia, la maravilla de la creación, por qué estamos, qué es la vida, son preguntas que uno puede no hacerse también. Pero cuando uno las encuentra, aun sabiendo que no van a tener respuesta, y hace que la pregunta gane cada vez más terreno, le da más sentido a lo cotidiano. Ese es el punto: hacer que lo cotidiano sea más sagrado. Es muy difícil, pero no es imposible.

–Con tantos años de experiencia y de codearte con sacerdotes católicos, el gran punto de diferencia que tienen los rabinos con los católicos es que ustedes pueden casarse, pueden estar en una familia y eso no es incompatible con el ministerio. ¿Creés que eso debiera ser revisado por la Iglesia católica? ¿Te parece que es un punto clave?

–No lo sé, porque no sería respetuoso que yo dijera qué tiene que hacer la Iglesia. Es un tema de la Iglesia. Yo sé que hay dentro de la Iglesia voces y alguna justificación para que no necesariamente la elección de no tener familia sea obligatoria. En algún momento, tal vez se discuta. Yo conozco sacerdotes y obispos que tienen esa postura dentro de la Iglesia, por supuesto como idea. Tal vez en algún momento sea un cambio, no lo sabemos, pero no es algo tirado de los pelos. Yo prefiero tener familia, y me parece que el desarrollo integral de la persona tiene que ver con eso. Y esto no quiere decir que no esté bien lo que hace un sacerdote. Son modelos distintos.

Marcelo Polakoff con su única hija, Iara.
Marcelo Polakoff con su única hija, Iara. (Gentileza)

–¿Cómo es tu familia?

–Mi familia… bueno, yo me casé, tuvimos a Yara, que hoy tiene 25 años. Después tuvimos un par de embarazos que no salieron bien. Después nos divorciamos hace varios años, y después reincidí.

–¡Te volviste a casar...?

–Sí, así que sí. Sin chicos nuevos. Ya a esta edad estoy para abuelo. Y ahora mi esposa vino con hijos y nietitos, ahora tengo cuatro, de golpe. Soy feliz. Casado hace tres años, recién casado. Te digo que el divorcio está en la Torá, no es un invento nuevo; en el texto bíblico está. Como alternativa, a nadie le gusta y ojalá nadie llegue a eso, porque a la larga es un fracaso también. Pero, bueno, también se puede reconstruir.

Con su esposa Gahlia, con quien se casó hace tres años.
Con su esposa Gahlia, con quien se casó hace tres años. (Gentileza)

–¿Cómo te imaginás en 10 años?

–Espero que menos gordo. Ya me dijo el médico que mi tensión va a ir por los aires si sigo así con estos kilitos. Más canoso. Espero que más tranquilo. También trabajando: no me imagino jubilado. Me gustaría escribir, tener un poco más de tiempo para escribir más.

–¿Un rabino vive de ser rabino o tiene que tener otro empleo?

–No, no, es full, 24/7. Olvidate: celular estallado. Así que me gustaría tener un poquito más de tiempo –supongo que lo voy a hacer– para escribir un poco más, o dar un poco más de clases, viajar un poco más con mi esposa. Pero acá en Córdoba, sin duda. Y ojalá tengamos mejores noticias todos. Que el mundo empiece a darse cuenta de la bendición que es ser humano en general y de la potencialidad que tenemos, que es increíble. Así como podemos hacer desastres, que a veces los hemos hecho y los seguimos haciendo, la potencialidad para lo sagrado, para el bienestar, para el crecimiento, para el contacto con el prójimo, para entender que el otro es un espejo de Dios, es fantástica. No le ponemos mucho énfasis, pero hay que seguir buscando que lo hagamos.

Ficha Picante

Nació en Buenos Aires y vive en Córdoba desde 2002. Se formó en el Seminario Rabínico Latinoamericano y tiene estudios universitarios en ciencias sociales. Es rabino del Centro Unión Israelita de Córdoba. Fue durante tres años el capellán judío de la cárcel más grande de Argentina. Presidió en dos períodos la Asamblea Rabínica Latinoamericana (2010-2012 y 2012-2014).

Le explicó a Benedicto XVI el significado hebreo de su nombre, “Joseph”. Cantó un Salmo en hebreo junto al papa Francisco en la primera comida kosher ofrecida por un pontífice en el Vaticano.

Participa en los servicios interreligiosos previos a los partidos de fútbol de Talleres desde 2015. Brinda conferencias en diversos países y es coautor de varios libros.