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Ciudadanos

Hablarnos más. Hiperconectados: la palabra bajo la lupa

Estamos hiperconectados, mediados por la tecnología. Pero, paradójicamente, nunca hemos hablado tan poco. Fenómenos de época que tienen sus efectos en todas las edades.

14 de julio de 2026, 08:54
Hiperconectados: la palabra bajo la lupa
Incomunicación, en tiempos de hiperconexión. Un signo de las sociedades actuales.

Nunca en la historia de la humanidad hubo tantos recursos y herramientas para comunicarse. Correos, audios, mensajes de texto, memes y más, intentan informar, compartir con otros lo que cotidianamente se vive o se necesita.

Paradójicamente, nunca hemos hablado tan poco. No es casual que desde el ámbito de la salud mental se señale que uno de los síntomas más fuertes de la época es la soledad.

Muchas personas en silencio viven o trabajan solos.

El home office, instalado con fuerza en la pospandemia, si bien facilitó en muchos aspectos la vida laboral, privó del contacto humano que supone el trabajo en equipo cuando se da en modo presencial.

Mientras recibimos mensajes (aunque sean cargados de afecto), muchos de nosotros añoramos un café con un amigo, donde la mirada y la palabra sellan con carácter de verdad ese momento comunicacional.

Bombardeados por la información incesante de todos los sitios del mundo, nos vivimos cuestionando la verdad o la falsedad de las noticias.

El palabrerío nos abruma. Y las producciones hechas con inteligencia artificial nos deslumbran, a pesar de darnos cuenta de su irrealidad.

Todo contribuye para que el mayor tesoro de los humanos, la palabra, pierda su valor constitutivo y constituyente. Porque la palabra construye o destruye; acaricia o lastima; sana o hiere; se monta en el amor o en el odio; anuncia o denuncia.

Viene cargada de emocionalidad y de historia que nos antecede, ya que antes de hablar hubo un discurso que nos esperaba, un lugar en una historia familiar, un significante que nos define como eslabón de esa cadena simbólica.

Lenguaje y violencia

Hoy asistimos a un progresivo deterioro del lenguaje, mientras aumenta en forma exponencial la violencia en todos sus ropajes.

Y esto no es casual. La violencia es una explosión del lenguaje cuando falla la palabra. Elijo un ejemplo doloroso pero contundente: el femicida mata a la mujer para no verla más en su vida. Podría decírselo e irse. Cuando la palabra es sustituida por una bala o un cuchillo, desaparece de la escena la dimensión de lo humano.

Habría que sostener una ética del bien decir, ya que las palabras lanzadas no son llevadas por el viento, no son inocuas: impactan en el otro sin saber ni poder medir las consecuencias.

Por eso, el psicoanalista francés Jacques Lacan, en pleno siglo de la comunicación, la negó diciendo que no existía, ya que uno dice lo que el otro escucha e instala así el malentendido como un hecho de estructura, y por lo tanto, inevitable.

La ética implica también una responsabilidad en la elección de las palabras que dirigimos al otro y en resistir al anonimato.

Tanto en la escena familiar como en la escolar, los adultos significativos a cargo de la tarea de educar y enseñar hacen un uso cotidiano de la palabra. Evitar los adjetivos humillantes, las comparaciones, las amenazas. Poner límites desde la amorosidad, con palabras claras y sostenibles, es una tarea difícil pero necesaria.

Recordar que alguien se está constituyendo y que la palabra impacta en su autoestima, en la fortaleza del Yo, en ese armado que llevará consigo cuando se enfrente al mundo, y que al momento de expresar deseos o malestares todo será más sencillo si cuenta con una reserva de lenguaje y pensamiento para hacerlo.

Pantallas y lenguaje

Estamos dejando que las pantallas atraviesen la vida de los más pequeños aun antes de que haya aparecido el lenguaje.

Advierten sobre el uso temprano de los celulares en niños y adolescentes.
Advierten sobre el uso temprano de los celulares en niños y adolescentes. (La Voz (imagen generada con asistencia de IA))

Niños con retraso en el habla, resistencia a leer y a escribir, escaso registro del otro como un humano que sufre por las mismas cosas que uno, discursos frívolos y banales, mentiras y verdades mezcladas, emociones que no se pueden poner en palabras y aumento progresivo de la violencia son algunos de los fenómenos de la época que preocupan y de los que venimos ocupándonos.

Si bien la pausa y el silencio reflexivo son saludables, hablar con otros implica escuchar (no siempre lo que nos gusta). Y en ese circuito del silencio, el pensamiento, la escucha y el habla es donde nos hacemos mejores seres humanos.