Gente Picante. Guillermo Grimoldi: “Si estoy muy cargado, me saco los zapatos y me abrazo a un árbol”
Fue óptico, tuvo una empresa con 17 empleados, trabajó para la Municipalidad, cerró todo y reinventó su vida entre plantas. Hoy es uno de los divulgadores de jardinería más populares del país. Pero detrás del personaje hay una historia durísima y profundamente humana.
–Tu currículum debería empezar diciendo que sos óptico y contactólogo. Pero explicanos un poco.
–Soy óptico y contactólogo. Yo debería haber estudiado en Bell Ville, en la ENA de Bell Ville. Debería haber estudiado ahí porque toda mi vida estuvo marcada por las plantas. Pero tuve un inconveniente a los seis años: sufrí una sobredosis de vacunas y tenía convulsiones. Entonces mis padres no me podían enviar a un colegio internado, porque tomaba seis pastillas por día. Y las escuelas de agricultura, en ese entonces, eran todas internadas. Entonces estudié en el Casafousth, en la escuela industrial. Era muy rebelde porque no quería estudiar algo que no estuviera relacionado con las plantas. Casi todos los años me llevaba todas las materias, absolutamente todas. Mi padre, que era secretario del colegio y jefe de celadores, me dijo: “Mirá, la escuela técnica, el doble turno, a vos no te sirve. Sos muy rebelde”.
-¿Y entonces?
-Él veía que me gustaban mucho la física y la óptica. Me dijo: “Hay una carrera de óptica que te va a hacer vivir”. Me recibí de óptico y de contactólogo. Cuando inauguró el Paseo del Patio, en la galería, tuve mi óptica y terminé fundido con la 1050. Había comprado unos departamentos y tuve que cerrar. Pero cerré a tiempo, porque si no, perdía todo. Ahí empecé a estudiar agronomía. Ya tenía la responsabilidad del tipo que trabaja, así que arranqué la facultad a los 26 años. Trabajaba de lunes a viernes en la óptica y cursaba a los ponchazos. Hasta que un día decidí casarme. Mi esposa es arquitecta, me apoyé mucho en su profesión porque en ese momento ella estaba trabajando bien. Y empecé en el Paseo de las Artes vendiendo flores, tirando un trapito, cuando todavía nadie vendía plantas ahí. Hoy vende todo el mundo, pero en ese momento no había nadie y me fue muy bien, muy bien. Un día una señora me dice: “Soy la esposa del intendente Mestre”. Y me cuenta que las plantas que yo le había vendido para la Municipalidad eran las únicas que sobrevivían. Me dijo: “Usted vende plantas con explicación”. Ella le había transmitido mis consejos al marido y a los empleados municipales, y las plantas estaban fantásticas. Entonces me propuso inscribirme como proveedor municipal. Me anoté y gané el CPC Villa El Libertador. Después vino Martín, después otros CPC, y me quedé durante muchos años siendo proveedor municipal. Cuando Plaza España rebosaba de flores, era yo quien las mantenía. Cuando estaban los maceteros en el centro, era yo quien los cuidaba. Yo venía de una estructura donde con dos pesos me conformaba. Las grandes empresas cotizaban carísimo y ahí aprendí lo que no aprendí en siglos. Dejé la facultad, nunca la terminé, y me dediqué al vivero durante prácticamente 20 años.
–La contactología, archivada.
–La contactología fue mi forma de salir del lugar donde le hacía pasar papelones a mi padre. Él era secretario del colegio y el hijo se llevaba todas las materias. Después le demostré que era inteligente. Los últimos años los hice rapidísimo, incluso uno lo rendí libre porque me fui a trabajar a Tucumán. Pero yo era rebelde porque no encontraba lo que realmente me gustaba. Y lo que me gustaba eran las plantas.
–¿Qué te provocan las plantas? ¿Qué te gusta de ellas?
–Todo. Si estoy muy cargado, me saco los zapatos y me abrazo a un árbol. Descargo todo ahí. Venimos de la naturaleza. Tocar la tierra es la mejor terapia. Yo decidí ser feliz y soy feliz con lo que hago. Soy un privilegiado porque toco tierra todos los días. Tengo un invernaderito en casa y cuando estoy tenso me voy ahí, meto las manos en la tierra y me saco todo. Siempre doy un ejemplo. Vos agarrás a un aborigen que no conoce nada de nuestra sociedad y lo traés acá. Ve a un tipo entrar a una caja de chapa, meter una tarjeta y sacar papeles con caras de próceres para intercambiar cosas. Después se sube a otra caja con ruedas y entra a una construcción enorme llena de cerraduras y rejas. No entiende nada. Pero si le das un pimpollo de rosa, lo primero que hace es olerlo y admirarlo. Eso es lo que nos une. Todos tenemos un aborigen adentro. Todos tenemos una genética muy parecida, aunque la sociedad nos haya ido modificando. Pero tocar la tierra, oler una flor, caminar descalzo, todo eso sigue estando adentro nuestro. Eso es lo que me hace feliz.

–¿Te gusta más lo verde o la flor y el color?
–Todo. Vos querés hacerme feliz, meteme en un bosque. Yo en un bosque me siento protegido. Ese olor, ese ruido de la naturaleza… eso es lo que más me llena. Ahora, si me querés hacer sufrir, dejame quince días encerrado en un edificio. Creo que desperté ese gen ancestral que todos tenemos. Ese vínculo con la naturaleza. Y trato de alimentarlo permanentemente.
–¿Qué te dice la gente cuando te escucha o te cruza?
–Me da mucha vergüenza. Porque por ahí me dicen: “Yo curé mi potus”, “la salvia la tengo espectacular”, “me salvé el rosal”. Y me encanta. Lo que sí sufre es la familia, porque vas a comer a un restaurante y terminan preguntándoles cosas de plantas todo el tiempo. “¿Ese es tu hijo? ¿Está casado? ¿Y qué hago con el jazmín del cabo?”. La familia termina absorbiendo parte de esa exposición.
–Volvamos a los CPC. ¿Te encargaste de todo el verde?
–Claro. Empecé a participar de las licitaciones y gané casi todos los últimos CPC. Uno de ellos lo había perdido una empresa fantasma y terminé entrando yo porque había salido segundo. Me acuerdo que estaba en Buenos Aires cuando me avisaron. Venía en auto cargado de plantas. Después hice Plaza San Martín, Plaza España, la Escuela de Aviación, parte del Estadio Córdoba. Con la Escuela de Aviación sufrí bastante porque estuvimos casi un año sin cobrar. Hubo un acto de corrupción ahí, hicieron saltar al brigadier que estaba a cargo y enseguida me pagaron, en un bar. Evidentemente tenían mi plata trabajando a plazo fijo. Pero yo no tenía mañas y eso me ayudó muchísimo. Entré a la Fuerza Aérea por un militar muy honesto que me vio trabajando de madrugada. Nosotros hacíamos el mantenimiento de restaurantes y plazas durante la noche. Un comodoro me dijo: “Siempre los veo trabajando. Quiero conocer al dueño”. Y cuando vio que el dueño era yo, ahí, a las tres de la mañana con tierra hasta las manos, me dijo: “Lo espero el lunes en la Escuela de Aviación”.

-¿Tenías una buena Pyme?
-Tenía 17 empleados. Y un día decidí cerrar. Ya era conocido por la radio y una mañana, un 2 de enero, decidí no irme de vacaciones. Indemnicé a quienes debía indemnizar, transferí contratos, repartí herramientas y empecé a vivir de enseñar y asesorar.
–¿Por qué cerraste?
–Porque tenía 17 problemas. Salían con la camioneta cargada de plantines y yo tenía que creerles cuántos habían puesto. Un día una señora de Carlos Paz me llama para comprarme plantines. Ahí descubrí que mis empleados los viernes vendían los plantines que yo compraba para las obras. Con esa plata se hacían el asado y pasaban el fin de semana al lado del lago. Y el lunes me llegaban a mí las multas porque faltaban plantas. Otro día voy a cargar combustible y me dicen: “¿Por cuánto le hacemos la factura? Porque el muchacho siempre carga 80 litros”. Y yo había pedido 50. Entonces eran despidos, juicios laborales y problemas constantes. Un día dije basta. Además empecé a descubrir que podía vivir de otra manera. Ya tenía alumnos, me llamaban municipios para asesorar, me invitaban a dar charlas. Empecé a darme cuenta de que podía salir del esquema del vivero tradicional y trabajar desde otro lugar.
–¿Cómo aparece la radio?
–Yo escuchaba a Rony Vargas y soñaba con convencerlo. Un día me lo crucé en la calle. Me dijo que estaba lleno de columnistas, pero me hizo una pregunta: “Mi mujer está desesperada con las babosas. ¿Qué hago?”. Le dije: “Póngales cerveza. El lúpulo las atrae y mueren embriagadas”. Le gustó. Empezamos a hablar y me invitó a probarme en marzo. Me dijo: “Si trabás la lengua, hablás una sola vez. Si la gente responde, te quedás toda la vida”. Fui muerto de nervios. El ingeniero Molina me trajo un vaso de agua porque se me pegaba la lengua al paladar. Empezó a llamar la gente y ya pasaron 26 años.

–¿Las consultas más repetidas?
–Limoneros y rosales. Siempre. El limonero en Córdoba es una obsesión. La gente quiere tener un limonero sí o sí. Y el rosal también. Son las dos plantas más consultadas.
–Dame consejos para el limonero.
–Hoy los limoneros cambiaron mucho. Por una reglamentación sanitaria deben hacerse en invernaderos con malla antiáfidos. Antes se hacían a campo y soportaban mejor el frío. Ahora vienen malcriados, porque pasan años sin heladas. Entonces, primero hay que cuidarlos mucho los primeros años. Necesitan sol y estar lejos de paredes porque el gran enemigo son las hormigas. Las hormigas son ganaderas: crían pulgones y cochinillas porque viven del melado que producen. Una cochinilla puede tener miles de huevos. Entonces la hormiga las lleva a la planta porque vive de esa mielcita que generan. Si no tenés hormigas, no tenés cochinillas ni pulgones. El limonero además tiene que ser injertado. El de semilla no sirve.
–¿Y los rosales?
–Primero hay que elegir bien la variedad. Hay rosales que florecen una vez al año y otros que florecen permanentemente. La poda es clave. Si cortás mal, no vuelve a florecer. La hoja del rosal tiene tres o cinco folíolos. Si cortás arriba de una hoja de tres, da rama. Si cortás arriba de una de cinco, da flor. Entonces ese mismo rosal puede florecer todo el año si sabés cortarlo.

–¿Las plantas tienen un idioma?
–Sí, totalmente. Yo aprendí el idioma de las plantas. Igual que vos entendés cuando un perro mueve la cola o cuando está por morderte, la planta también habla. Vos te das cuenta si le falta agua, si el suelo es malo, si sufrió viento. Las hojas te dicen todo. Una hoja muy dividida permite pasar el viento o el agua. Las hojas grandes son de selva. Mientras más grande la hoja, más selvática es la planta. Hoy están de moda las monsteras. Bueno, si vos la regás mucho, las hojas salen partidas para dejar pasar el agua. Si la regás poco, salen enteras. La planta siempre está dialogando con el ambiente.
–¿Hay hoy una necesidad más fuerte de volver a lo verde?
–Siempre estuvo. Lo llevamos en los genes. Queremos meter el bosque dentro de nuestros balcones y nuestras casas. La gente se satura de tecnología y tiene ganas de caminar descalza, abrazarse a un árbol. Eso es totalmente normal.
-Contaste que sufriste convulsiones por una sobredosis de vacunas. ¿Cómo fue ese episodio?
–Me vacunaron y como no me sellaron el carnet, la maestra pensó que no me habían vacunado. Me llevó de una oreja y me pusieron otra vez la triple. Eso me generó convulsiones muy fuertes, pérdidas de conocimiento y muchísimo miedo. Yo veía mis manos y me asustaban. Todo me daba miedo. Era como si me hubiesen puesto en un mundo ajeno. La tela me daba miedo, mi propia piel me daba miedo. Recién tres años después se descubre lo que había pasado. Mi mamá se cruza con la maestra y ahí cuento que me había vacunado dos veces. Entonces los médicos entienden cómo tratarme. En ese momento estaba el doctor Favaero, que era una eminencia en Córdoba, y empezaron a probar distintos medicamentos hasta encontrar el tratamiento correcto. Llegué a tomar seis medicamentos por día. Me dormía en clase, tenía ojeras, sufrí muchísimo bullying. Siempre me tenía que levantar a media mañana para ir al baño a tomar las pastillas y el que me veía con el vasito decía “este es drogadicto”. Para un chico era muy duro. Y yo siempre cuento esto porque sé que a muchos padres les sirve. A veces me escriben papás desesperados porque tienen un hijo con convulsiones. Y yo les digo: “Mirá, acá estoy”. No me quedé ahí. Salí adelante. Entonces por ahí sirve escucharlo de alguien que pasó por eso.

–¿El tratamiento funcionó?
–Sí. La última convulsión la tuve a los 17 años y recién a los 40 me sacaron la medicación. Nunca tomé alcohol hasta los 40 porque estaba contraindicado. Entonces yo era siempre el que manejaba. “Total maneja el Guille”, decían todos. Era el designado permanente.
–¿Y qué era exactamente lo que te provocaba?
–La sobredosis me había permeabilizado la membrana celular. Entraban cosas a la célula que no debían entrar y salían otras que no debían salir. Eso me generaba convulsiones muy fuertes. Las últimas ya me agarraban en la calle y yo me daba cuenta. Entonces me sentaba en un rincón y esperaba que pasara. Pero para un chico de seis años era terrible. Y además yo tenía que explicarles a mis compañeros cómo actuar si me daba una convulsión. Entonces todos sabían que “a Grimoldi le agarra el ataque”. Era muy fuerte crecer así.
–Te vuelvo a las plantas. ¿También perciben energía?
–Sí. Hay gente que tiene “dedo verde”. La planta percibe nuestra energía. Y además dialogan entre ellas. Eso hoy está demostrado científicamente. Stéfano Mancuso descubrió que las plantas se comunican mediante lo que se llama “criqueo”: hacen explotar células de las raíces y envían mensajes. También se comunican por aromas. En África descubrieron que ciertas acacias avisan a otras cuando vienen las cabras. Entonces las demás liberan toxinas y las hojas se vuelven amargas. Primero se pensó que era solamente por aromas y después se descubrió toda esta comunicación subterránea. La planta convive con el ambiente y sabe perfectamente dónde está el agua, dónde están los nutrientes y hacia dónde tiene que dirigir sus raíces.

–La planta también exige paciencia.
–Claro. Nosotros queremos todo inmediato. La planta nace, crece y muere en el mismo lugar. No tiene hipotálamo. Nosotros nos adaptamos rápido; ellas tardan meses. Vos querés matar un ficus, cambialo de lugar varias veces. La planta necesita estabilidad. Imaginate: nació en un vivero donde el sol salía de un lado, después la llevaron a un invernadero donde el sol venía de otro y después termina en un living donde la luz entra distinta. Eso para la planta son meses de adaptación. Nosotros nos ponemos una gorra y listo. La planta no puede. Tiene otros tiempos y hay que respetarlos.
–¿Cuál es el mayor error que cometemos?
–Creer en los milagros. Todos quieren resultados rápidos. Compran fertilizantes, le ponen de más y terminan quemando la planta. O la hacen dependiente. La planta tiene mecanismos increíbles para buscar nutrientes, para sobrevivir. Pero nosotros la malcriamos. La regamos de más, la fertilizamos de más y queremos que viva a nuestra velocidad. El limonero no da frutos y enseguida alguien dice: “Pegále con un palo”. Y sí, muchas veces florece porque entra en situación límite y cree que va a morir. Entonces genera frutos para dejar descendencia. Pero la planta tiene otro ritmo. Hace 600 millones de años que está en el planeta. Nosotros no tenemos ni un millón.
–¿Cómo fue el salto en redes?
–Ahí descubrí que necesitaba un community manager. Y apareció mi hija, que es periodista y especialista en redes. Ella me maneja a mí y a varios periodistas también. Y entendí algo clave: había que hablar simple. Antes todo se explicaba muy técnico. Pablo, que trabaja conmigo, me decía: “No hables de fisiología vegetal. Explicalo simple. Contá cómo sube la savia”. Y ahí empecé a encontrar una forma de hablarle a la gente. Mi hija prácticamente se crió en el vivero. Hacía moñitos para el Día de la Madre mientras yo atendía gente. Y hoy trabajamos juntos. Me reta, me hace grabar videos veinte veces, me corrige. Pero hacemos un gran equipo. Yo creo mucho en enseñar. A mis hijos les enseñé desde arreglar un enchufe hasta cambiar una rueda. Creo que hay que transmitir herramientas. Y también hago eso con la jardinería.

–¿Jardín prolijo o salvaje?
–Salvaje. Hay torturadores de plantas. Gente obsesionada con el pasto cortito y las plantas podadas con forma de paragüitas. La planta tiene dignidad. Nosotros le debemos todo: alimentos, medicina, el aire que respiramos. Entonces me parece una falta de respeto deformarlas porque sí. El pasto demasiado corto, además, se enferma más. Mientras más largo, más protege el suelo y más humedad conserva.
–¿Hay plantas sobrevaloradas?
–Sí, muchas veces el mercado pone plantas de moda. Pero todas deberían tener su lugar. Hay algunas más lindas que otras, por supuesto, pero no debería haber esa obsesión por seguir tendencias.
–¿Tus favoritas?
–Las salvias. Son maravillosas. Dan flores hermosas, atraen aves y colibríes, tienen aromas increíbles y además sirven para hacer insecticidas naturales. Vos podés hacer una limonada con flores de salvia y queda espectacular. También podés hacer preparados para ahuyentar insectos. Son plantas nobles, resistentes y generosas.
–¿Y alguna que no te guste?
–Algunos cactus me generan cierta distancia, pero en general me gustan todas. Hay que aprenderles el idioma.
–¿Seguís dando cursos y asesorando?
–Sí. Asesoro a más de 20 municipios. Doy cursos online y vivo de eso y de las redes. Hoy armamos una pyme alrededor de todo esto. Y además sigo disfrutándolo muchísimo.
–¿Seguís escribiendo?
–Voy a volver. Hace unos años frené un poco, pero quiero seguir editando. Vendí más de 100 mil libros. Mi editor pensaba que vender 2.000 ya era un éxito. El primer libro se agotó en 48 horas. Después vinieron las agendas, que funcionaron muchísimo. Vos anotabas tus cosas del día y abajo te decía: “Hoy es momento de sembrar salvia” o “levantá la altura de la cortadora porque viene el calor”. La gente aprendía mientras organizaba su vida.
–¿Sigue existiendo amor por la huerta?
–Más que nunca. Cuando yo era chico, tener huerta era sinónimo de pobre. Hoy es sinónimo de inteligente. Hoy hay CEOs, empresarios, profesionales, todos haciendo huerta. Porque entendieron el valor de producir alimento sano y tocar la tierra.
–Consejo para el jazmín del cabo.
–Comprarlo injertado. Córdoba tiene suelo alcalino y el hierro no se disuelve bien. El jazmín común se pone amarillo y pierde hojas. El injertado cambia el pH y absorbe mejor el hierro. Sale más caro, pero funciona.
–Y una última: ¿todas las plantas se podan?
–No. Ese es un error enorme. La planta guarda azúcares en sus ramas para su vejez. Cuando podamos ramas tiernas, le tiramos a la basura su jubilación. Solo se podan rosales, viñedos y algunos frutales que el hombre modificó para que produzcan mejor. Pero no tiene sentido podar lapachos, jazmines o árboles por deporte. Hay que erradicar esa idea de que cuando llega el invierno hay que salir a cortar todo. Un árbol podado vive menos. Y una mala poda puede enfermarlo y terminar matándolo.
Ficha Picante
Guillermo Grimoldi. Es jardinero, viverista, divulgador y uno de los referentes más influyentes de jardinería de Argentina. Nació en Córdoba, se recibió de óptico y contactólogo, cursó Agronomía y Gestión Ambiental, aunque encontró su verdadero camino entre plantas y viveros, con Pyme propia, Desde 2003 es columnista de Cadena 3 y se convirtió en “El Maestro” de la jardinería para miles de oyentes y seguidores. Es autor de best sellers como Secretos del Jardín y Hagamos la Huerta, con más de 100 mil ejemplares vendidos. Hoy suma más de 600 mil seguidores en redes, dicta cursos online y asesora municipios y empresas de toda Latinoamérica.

