Los festejos de Rosario Central tras su victoria en el clásico rosarino ante Newell’s volvieron a quedar en el centro de la polémica, luego de que durante el partido frente a Banfield se registraron distintos episodios considerados excesivos.
Pero lo ocurrido en el Gigante de Arroyito no puede leerse solo como una provocación más dentro del folclore futbolero: abre preguntas incómodas sobre los límites de lo tolerable y sobre qué tipo de violencias siguen circulando en los estadios.
En ese contexto, hinchas locales arrojaron al campo de juego muñecas inflables y muñecos con la camiseta del rival, lo que obligó al árbitro Nicolás Lamolina a detener el encuentro durante más de un minuto.
El hecho no fue aislado, sino que se sumó a una serie de manifestaciones provocadoras por parte de la hinchada canalla, que incluían la exhibición de banderas con contenido explícito dirigidas a Newell’s.
Estas imágenes, que rápidamente se viralizaron en redes sociales, reflejan una escalada en las cargadas tras el triunfo en el clásico y volvieron a poner en discusión los límites del llamado “folklore del fútbol”.
Pero también exponen algo más profundo: la persistencia de prácticas que, bajo la forma de la burla, reproducen formas de violencia simbólica naturalizadas.
Las consecuencias no tardaron en aparecer: desde el Ministerio de Seguridad de Santa Fe, se inició un análisis para determinar posibles sanciones contra el club, en un contexto donde, además, pesa la reincidencia por episodios similares en el pasado.
Entre las medidas que se evalúan, figuran multas económicas y restricciones para el ingreso de elementos a la cancha, como ya había ocurrido anteriormente.
Sin embargo, el debate excede lo disciplinario: qué se sanciona y qué se sigue permitiendo socialmente es parte de una discusión más amplia.
Violencia simbólica en la tribuna
Más allá del ámbito deportivo, el episodio generó un fuerte repudio social, especialmente por el uso de muñecas inflables como forma de burla. Diversos colectivos, como la Asamblea Lesbotransfeminista de Rosario, denunciaron que este tipo de acciones no son simples cargadas, sino que reproducen violencia simbólica y una lógica de dominación sexual, señalando incluso que promueven lo que definieron como “cultura de la violación”.
Es decir, no se trata solo de un exceso aislado, sino de un mensaje que encuentra eco en prácticas sociales más extendidas.
Así, lo que comenzó como una celebración por un triunfo en el clásico terminó derivando en un nuevo escándalo para Rosario Central, que quedó expuesto tanto a sanciones institucionales como a un debate más profundo sobre los límites de la rivalidad futbolera y las expresiones que se toleran dentro de los estadios.
La pregunta, entonces, es incómoda, pero necesaria: ¿qué se considera parte del folklore y qué debería dejar de ser tolerado? Porque si todo puede justificarse en nombre de la rivalidad, el riesgo es que la violencia, aunque sea simbólica, siga encontrando un lugar legítimo.
Sexismo en el fútbol
Ese debate no es nuevo. En los últimos años, los feminismos lograron interpelar prácticas arraigadas en el fútbol: desde cánticos sexistas hasta formas de violencia naturalizadas en las tribunas.
Algunas de esas expresiones comenzaron a ser sancionadas o al menos cuestionadas públicamente.
Pero episodios como el de Rosario muestran que esas transformaciones conviven con resistencias y retrocesos.
Masculinidades, grupo y validación
Para el psicólogo Mariano Cupayolo, lo ocurrido en Rosario Central es una expresión clara de un fenómeno más amplio. “La situación refleja esto de la cultura de la violación, que fue reproducida y legitimada en esta hinchada”, explicó en diálogo con La Voz.
Y agregó que la utilización de muñecas inflables “marca esto de tomar a la mujer como un objeto de posesión, un objeto de conquista y de exhibición”.
Según el especialista, estas prácticas no pueden separarse del contexto en el que se producen. “Esto se valida y se refuerza desde una concepción de masculinidad hegemónica, sobre todo en grupos de pares, como una hinchada”, señaló.
En ese sentido, advirtió que la burla y la humillación funcionan como mecanismos de disciplinamiento social que refuerzan jerarquías de género: “Se reproduce la dominación masculina y se menosprecia lo femenino y las diversidades”.
El fútbol, en ese esquema, aparece como un espacio donde esas lógicas no solo persisten, sino que encuentran una especie de legitimación colectiva.
La tribuna amplifica lo que en otros ámbitos puede aparecer más solapado: el uso de la violencia simbólica como forma de afirmación identitaria.
Cupayolo también vinculó este tipo de episodios con discursos sociales más amplios. “Estamos en un momento donde se naturaliza un modelo de masculinidad violenta, con metáforas de violación, incluso desde espacios de poder”, sostuvo.
Y remarca que esos discursos habilitan prácticas que luego se reproducen en la vida cotidiana: “Cuando eso baja a la sociedad, se ejerce con una sensación de impunidad”.
Frente a este escenario, el psicólogo plantea que no alcanza sólo con sanciones aisladas. Propone entonces avanzar en medidas estructurales dentro de los clubes, como la implementación de capacitaciones en perspectiva de género.
“La formación en la ley Micaela podría ser una herramienta fundamental para entender estas desigualdades y prevenir este tipo de violencias”, explicó.

