Exclusión. Encontrar talles de ropa en Córdoba: una deuda que persiste
Especialistas advierten sobre el impacto de la falta de talles en la autoestima, la salud mental y la inclusión. La promesa de la diversidad corporal nunca se cumplió.
Mientras la conversación pública dejó de hablar de diversidad corporal, miles de personas en Argentina siguen enfrentándose a un problema cotidiano: no poder encontrar ropa de su talle.
Desde los 12 años Candelaria dejó de comprar ropa en los mismos locales que sus amigas. Mientras ellas elegían shorts y remeras en negocios de moda adolescente, ella empezó a recorrer locales de ropa para adultos porque era el único lugar donde encontraba su talle. Fue ahí que comenzó a pensar que había ciertos cuerpos para los cuales la moda no estaba diseñada.
Para Nicolás, la experiencia fue similar. En su adolescencia entendió que, para él, comprar ropa no era una experiencia tan sencilla como para el resto de sus amigos. En ese momento aceptó que esa búsqueda se vería condicionada por encontrar algo que le cupiera, más que algo que le gustara.
Estos no son casos aislados. Un informe de la organización AnyBody realizado en 2024 reveló que más de la mitad de los encuestados (5.100 personas) tiene dificultades para encontrar ropa de su talle.
En Córdoba, la Ley 10.302 que obligaba a los comerciantes a fabricar indumentaria de todos los talles fue aprobada en 2015. En ese primer texto, se establecía un plazo de 180 días para la reglamentación. Sin embargo, eso nunca ocurrió y aquellas promesas llevan 11 años sin cumplirse.
Para conocer qué pasa en la práctica, La Voz visitó locales de venta de ropa femenina en barrios Nueva Córdoba y Centro de la ciudad de Córdoba.
El recorrido mostró una constante: en ninguno de los locales relevados había pantalones por encima del talle 44. Es decir, quienes necesitan talles superiores directamente quedan sin opciones en esos locales.
En cuanto a las partes superiores, la mayoría de los tops eran talle único y sólo algunas remeras llegaban hasta el L o el XL.
Aunque vendedoras reconocen esta situación y algunas afirman que aunque buscan proveedores que ofrezcan variedad de talles, muchas veces no consiguen. “Lamentablemente sí pasa un montón que vienen chicas buscando ciertos talles o incluso entran a probarse... pero no tenemos para ofrecerles”, afirma una vendedora en la calle San Lorenzo.
Un problema estructural
A nivel nacional, la Ley de Talles (Ley 27.521) fue aprobada y reglamentada en 2019, pero su implementación nunca se concretó.
Desde los movimientos de diversidad cultural aún siguen sin dar el brazo a torcer en esta batalla. Mercedes Estruch, presidenta de la organización AnyBody, explica: “Fundamentalmente necesitamos una voluntad política que hoy no existe. No es de interés ni está en las prioridades la implementación de la ley”.
Según explica la activista, la idea de la delgadez como estereotipo nunca “pasó de moda”, sino que el contexto político y social actual favorece la difusión de este discurso. Sobre todo, Estruch intenta brindar claridad sobre un asunto: el problema de la falta de talles no es individual, no es de cada cuerpo, sino del sistema.
El Estudio Antropométrico Argentino fue realizado en 2021 por el Inti (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) y relevó a 13.276 personas de 20 ciudades del país.

A partir de esos datos se concluyó que las medidas corporales de la población son mayores que las que muchas marcas toman como referencia. “Lo que hoy muchas marcas consideran un L, en realidad se acerca más a un M”, ejemplifica Estruch. Es decir, incluso prendas etiquetadas como “grandes” muchas veces tienen medidas que corresponden a talles medios de la población.
Según ese mismo estudio, una mujer argentina promedio mide 87 centímetros de cintura y 100 de cadera. En muchas marcas, esas medidas ya corresponden a los talles más grandes disponibles.
Más allá del probador
Sobre todo, Mercedes sostiene que no encontrar ropa del talle adecuado influye directamente en la construcción de la propia imagen e identidad: “No es sólo una cuestión de practicidad, sino que también afecta a la construcción identitaria y definitivamente influye en la sociabilidad”.
Las consecuencias de esa exclusión van mucho más allá de no encontrar un pantalón o una remera.
“El mercado te muestra constantemente que hay cuerpos que merecen más opciones y otros que no son válidos. Es muy triste naturalizar eso y esas situaciones dejan marcas muy reales”, reflexiona Nicolás.
Según explica la psicóloga especialista en TCA (Trastornos de la Conducta Alimentaria) Lucía Beresñak (MN 50730), lo que genera la falta de talles es una confirmación: “A esas personas les llega el mensaje de que su cuerpo está fallado, que debe cambiar para entrar en la ropa y no al revés. Sin dudas la frustración de salir y no encontrar nada afecta muchísimo a la autoestima y confirma que el problema sos vos”.
Candelaria describe la experiencia de ir a comprar ropa como algo “traumático” o “masoquista”, la mayoría de las veces: “ Entrar a un probador es como darte con un látigo. La relación con mi cuerpo y mi autoestima siempre estuvieron mal porque no soy una persona que pesa 50 kg... En última instancia no encontrar ropa es un recordatorio de lo mal que está tu cuerpo, que no puede entrar en esas prendas”.
La falta de talles puede contribuir y reforzar una mala relación con el propio cuerpo e incluso favorecer el desarrollo de trastornos alimenticios en personas vulnerables. “Sin duda ese ideal de belleza predispone a los TCA porque se intenta alcanzar esos ideales o incluso, algunos cuerpos irreales mediados por filtros o ediciones que no son realistas”, sostiene la psicóloga.
Para la socióloga e investigadora María Inés Landa, especialista en estudios sobre cuerpos y cultura, el incumplimiento de la Ley de Talles va mucho más allá que la dificultad de encontrar ropa: “Es un sistema de exclusión”, resume.
Según explica, cuando la industria define qué cuerpos pueden acceder a la ropa disponible y cuáles no, también construye una “norma corporal”: un modelo de cuerpo considerado deseable que deja afuera a una enorme diversidad de personas.
“Eso que se considera deseable en términos estéticos y morales define un buen ciudadano”, sostiene. “Y en realidad deja afuera a una heterogeneidad que ni siquiera es reconocida en su diversidad”.
Esa lógica, agrega, desplaza la responsabilidad hacia las personas. En lugar de cuestionar una oferta limitada de talles, quienes no logran encontrar ropa suelen sentir que son ellos quienes deben modificar su cuerpo para poder encajar: “Esos cuerpos son penalizados, es como si fuera un castigo social”.
Al final, la discusión sobre la falta de talles deja de ser un problema exclusivo de la industria de la moda o de las balanzas para convertirse en un reclamo de ciudadanía básico.

“Hablamos sobre el derecho a existir en el espacio público con dignidad, a expresarse y a sentirse parte. Ningún cuerpo debería ser tratado como un error que necesita corregirse para merecer ropa, respeto o visibilidad. Todos los cuerpos merecen las mismas oportunidades para habitar el mundo sin vergüenza y sin discriminación”, confía Nicolás.
Y Candelaria agrega: “Algo tan básico como vestirse no debería ser un privilegio, sino un derecho”.

