Debate. La democracia no debe permitir que la disrupción de la IA arrase con el periodismo

Si permitimos que los cimientos económicos del periodismo sean desmantelados por una nueva ola de disrupción tecnológica, no sólo perderemos organizaciones de noticias. Perderemos nuestra base compartida de hechos. Perderemos la rendición de cuentas de los poderosos. Perderemos la verdad.

02 de junio de 2026 a las 04:27 p. m.
A. G. Sulzberger*
La democracia no debe permitir que la disrupción de la IA arrase con el periodismo
A. G. Sulzberger

No hay duda de que la inteligencia artificial generativa representa la próxima gran revolución tecnológica, una revolución que trae consigo una cantidad vertiginosa de preguntas importantes.

¿Impulsará la IA un aumento de la productividad o eliminará categorías enteras de puestos de trabajo? ¿Desbloqueará avances médicos asombrosos o facilitará un ataque biológico? ¿Se pueden comprender plenamente las acciones de los modelos y agentes de IA? ¿Se pueden controlar?

Agrego preguntas un poco más limitadas, pero que nos importan muchísimo a nosotros y a la sociedad. ¿Cómo cambiará la IA las noticias? ¿Cómo afectarán esos cambios al ecosistema de información que sirve de plaza pública para los ciudadanos comprometidos? ¿Qué podemos hacer para garantizar el futuro del periodismo basado en hechos, esencial para la salud de nuestras democracias?

Las primeras señales preocupan. Las empresas que impulsan la IA –que ya están entre las más ricas y poderosas de la historia– están consolidando un control desmedido sobre nuestros datos y nuestra atención. Y no asumen una responsabilidad fundamental que conlleva este poder: garantizar que el público tenga acceso a noticias e información fiables.

Su apropiación de la plaza pública es posible por el pecado original que da vida a sus productos: un descarado robo de propiedad intelectual. Los gigantes tecnológicos explotan los sitios de noticias sin permiso ni compensación. Reempaquetan estos bienes robados como si fueran suyos y desvían audiencia e ingresos que de otro modo irían a las organizaciones de noticias. Esto ocurre no sólo durante el entrenamiento, sino innumerables veces cada día.

¿Un futuro sin periodistas?

Como resultado, nos dirigimos a toda velocidad hacia un futuro con cada vez menos periodistas para realizar la costosa y difícil labor del periodismo: hablar con la gente, develar información, aportar contexto y análisis, investigar a los poderosos. Un futuro en el que se siga secando una fuente crucial para una democracia estable: la verdad, la comprensión y la rendición de cuentas que proporciona el periodismo original.

Este daño potencial va mucho más allá de las noticias. Las empresas de IA han saqueado todo el corpus de obras originales de la civilización, y ello también plantea un peligro para el futuro de los libros, la música, las películas, la investigación y otros campos. En Estados Unidos, estas industrias representan no sólo el corazón de la cultura y la vida intelectual, sino un pilar de su economía y de sus exportaciones. Las profesiones creativas emplean a más de 50 millones de personas en todo el mundo y producen aproximadamente 12 billones de dólares de valor económico al año.

Los editores aquí reunidos dirigen organizaciones de noticias de más de 60 países. Eso significa que ya luchan contra las presiones que golpean al periodismo en todas partes, desde la desaparición de los ingresos hasta la intermediación tecnológica, pasando por los crecientes ataques a la prensa. Pero con la IA debemos hacer más. Nuestra profesión ha sido demasiado silenciosa, pasiva y fragmentada ante los abusos de las empresas de IA.

No podemos permitir que los promotores de la IA dominen la conversación pública sin defender un futuro sostenible para el periodismo original. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras las empresas de IA intentan desmantelar los derechos sobre el trabajo que creamos.

Algunos calificarán mis comentarios como anti-IA, como defensa del statu quo, como una institución fosilizada que arremete contra los innovadores que impulsan el progreso. Aclaro: tenemos larga trayectoria de adopción de la tecnología para el periodismo independiente.

Afrontar las disrupciones con curiosidad y adaptabilidad nos ayudó a sortear el colapso de nuestro negocio impreso. Utilizamos la IA de forma responsable, ética y con seres humanos tomando decisiones, para mejorar la forma en que informamos, editamos, distribuimos y monetizamos nuestro periodismo. Desechar una nueva y potente tecnología es una receta para el fracaso.

La IA tiene puede hacer mucho bien en el mundo. No pienso que los gigantes tecnológicos sean malos o perversos. Sí advierto que las empresas de IA toman decisiones que violan leyes, amenazan el trabajo creativo y pueden causar daños innecesarios.

Las organizaciones de noticias deberían desear lo bueno que aporte la IA, pero las tecnológicas deberían querer apoyar el flujo sano de información y creatividad que alimenta la IA, para que sus acciones no nos lleven a una tragedia cívica.

¿Por qué no pagar por datos?

Los modelos de IA se componen de cuatro ingredientes: 1) talento de personas que diseñan los algoritmos; 2) capacidad de cómputo, infraestructura, chips y centros de datos; 3) electricidad para alimentar productos que consumen tanta energía; 4) datos.

Esta última palabra hace parecer que el trabajo creativo es trivial. Pero los datos son, entre otras cosas, sinónimos de libros, películas, música y periodismo y deberíamos llamarlos contenido protegido por derechos de autor.

El talento, la capacidad de cómputo, la energía y los datos son esenciales para el éxito de la IA y de las tecnológicas. Los tres primeros se pagan. Ningún director de tecnología se atrevería a sugerir que los ingenieros trabajen gratis. Habitualmente ofrecen salarios de decenas o centenares de millones de dólares. Tampoco se les ocurriría robar chips a Nvidia o pinchar ilegalmente una línea eléctrica.

En cambio, las empresas de IA toman los datos sin consentimiento ni compensación. Dicen que la innovación lo requiere; que sólo se limitan a tomar hechos, de los cuales nadie puede ser propietario. Que los acuerdos tardan y cuestan demasiado. Que la doctrina del uso legítimo (fair use) les permite tomar contenidos gratis. Invocan la seguridad nacional, advirtiendo que si se las obliga a pagar, Estados Unidos perderá la carrera tecnológica frente a China.

Ninguno de estos argumentos resiste un análisis riguroso. Construir centros de datos y plantas de energía es mucho más costoso y requiere más tiempo que contratar abogados para redactar acuerdos con organizaciones noticiosas. El uso legítimo no permite copias perjudiciales y sustitutivas. En su competencia con China, Estados Unidos sólo se debilita a sí mismo, al abandonar las protecciones de propiedad intelectual que alimentan la innovación e impulsan las industrias creativas del país.

El valor combinado de las seis principales empresas de IA es de U$S 11 billones, más de tres veces el PIB de Francia. La inversión privada en IA en Estados Unidos alcanzó casi U$S 350 mil millones en 2025 y se acelera en 2026. Por ende, el robo de propiedad intelectual no se produce por falta de dinero para pagarla.

Un pacto abandonado

Antes de la llegada de la IA, la industria de noticias ya luchaba por sobrevivir a los cambios desatados por internet, teléfonos inteligentes y redes sociales. En las dos últimas décadas, Estados Unidos perdió, según estimaciones, 75% de sus periodistas y más de 3.000 periódicos. Cada tres días se cierra otro periódico. Los medios digitales no cubren ni una fracción de ese vacío.

Pero hasta que llegó la IA, existía un intercambio de valor real, aunque sesgado, entre plataformas tecnológicas y creadores de contenidos. Era el pacto de la "web abierta". Las plataformas de búsqueda y redes sociales se quedaban con una parte cada vez mayor de los ingresos publicitarios que antes iban a los medios de comunicación, pero a cambio ofrecían una audiencia mucho mayor. Ahora, al apoderarse del periodismo en sí mismo, las tecnológicas se quedan también con una parte creciente de la audiencia.

Lograr que un usuario de Google haga clic en un enlace es hoy 10 veces más difícil que hace una década.

Ante esta amenaza, algunos editores decidieron que el mejor camino es negociar acuerdos con las empresas de IA. Respetamos esa elección. Pero estos convenios suelen ser de un tamaño modesto y a menudo exigen que los editores renuncien a derechos fundamentales. Son una curita temporal sobre una herida estructural.

Proteger el ecosistema

Por esta razón, The New York Times y otros medios elegimos el camino de la acción legal. Nuestra demanda no busca únicamente proteger nuestro trabajo; se trata de establecer un precedente claro de que las leyes de propiedad intelectual se aplican en la era digital y a la IA. Se trata de proteger el ecosistema mismo del periodismo original.

Los gobiernos tienen un papel crucial que desempeñar. Los reguladores deben mirar más allá de la exageración publicitaria de la IA y hacer cumplir las leyes de derechos de autor, antimonopolio y protección al consumidor. Si es necesario, deben crear nuevos marcos para garantizar que los creadores reciban una compensación justa.

El periodismo original es una labor costosa, difícil y a menudo peligrosa. Requiere enviar reporteros al terreno, verificar hechos y valentía editorial. Es el combustible que alimenta a una ciudadanía bien informada. Y una ciudadanía bien informada es la piedra angular de cualquier democracia funcional.

Si permitimos que los cimientos económicos del periodismo sean desmantelados por una nueva ola de disrupción tecnológica, no sólo perderemos organizaciones de noticias. Perderemos nuestra base compartida de hechos. Perderemos la rendición de cuentas de los poderosos. Perderemos la verdad.

No podemos permitir que eso suceda. Debemos defender el valor de nuestro trabajo, el futuro de nuestra profesión y la salud de nuestras sociedades.

*Presidente y editor general de The New York Times; extracto de su discurso en el Congreso Mundial 2026 de la Asociación Mundial de Editores de Noticias (WAN-Ifra), que se realiza en Marsella, Francia