
El Gobierno expulsó a Dmitrii Novikov, el ciudadano ruso señalado por presuntas operaciones de desinformación
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Redacción La Voz
Soldados supuestamente ucranianos atrapados por el Ejército ruso dicen que son abandonados por su país. Presuntas cúpulas de hierro defensivas que en realidad son un videogame. Niños descalzos en medio de los escombros, colocados con IA en escenarios de viejos conflictos.
Y así sucesivamente.
¿Cuánto de lo que sabemos sobre los conflictos internacionales es realmente cierto?
Desde hace mucho tiempo, la información dejó de ser sólo un medio para conocer el entorno y se convirtió en uno de los principales campos de batalla de una disputa geopolítica global que utiliza bots, deepfakes y propaganda coordinada para doblegar la voluntad de las sociedades sin necesidad (o además) de disparar balas.
En la era de la hiperconectividad, las fronteras de los conflictos ya no se trazan únicamente con mapas y trincheras, sino con bits y narrativas manipuladas.
Así, el concepto de guerra cognitiva pasó de ser un término de nicho en manuales de inteligencia a una realidad cotidiana que afecta a millones de usuarios. Se define como una estrategia diseñada para influir, manipular o alterar percepciones, emociones y decisiones de una población entera mediante el control de la información.
En este ecosistema informativo, no todo el contenido falso tiene el mismo origen ni el mismo propósito. Los expertos distinguen tres categorías principales:
Estas tácticas son el corazón de las llamadas "guerras híbridas", donde las acciones militares tradicionales se entrelazan con ciberataques, espionaje, presión económica y operaciones psicológicas de desestabilización.
Es lo que se conoce como "Sharp Power" (poder afilado), un término que describe cómo regímenes autoritarios –principalmente Rusia y China– perforan y distorsionan el entorno mediático de las democracias para minar su legitimidad desde adentro.
La manipulación geopolítica no es un fenómeno lejano para el Cono Sur. Entre junio y octubre de 2024, Argentina fue escenario de una sofisticada operación de injerencia rusa vinculada con el Grupo Wagner, conocido en ámbitos de inteligencia como “La Compañía”.
El objetivo era influir en el debate público nacional y desacreditar al gobierno de Javier Milei.
Esta operación involucró una inversión de al menos U$S 283 mil para la publicación de más de 250 artículos en unos 20 medios digitales del país, según la investigación publicada originalmente en Open Democracy.
Los contenidos eran difundidos bajo firmas falsas o autores no identificados, combinaba datos reales con información manipulada y desinformación pura para erosionar la imagen gubernamental y polarizar a la sociedad argentina.
Por supuesto, la reacción del gobierno de Milei volvió a marcar una desproporcionalidad peligrosa en relación con el hecho, en un nuevo capítulo de sus ataques contra el periodismo y los medios en general.
La invasión rusa a Ucrania y el conflicto entre Israel y Hamas llevó la manipulación informativa a altos niveles de sofisticación tecnológica.
En la guerra Rusia-Ucrania, plataformas como Telegram se transformaron en el cuartel general de narrativas opuestas, donde proliferan los deepfakes –videos generados por IA que hacen que líderes parezcan decir cosas que nunca ocurrieron– y campañas de bots para viralizar propaganda internacional.
Un ejemplo de esta distorsión fue un video falso, difundido en marzo de 2022, en el que el ministro de Defensa chino decía que su Gobierno estaba dispuesto a defender a Rusia en “cualquier momento y lugar”.
Fue una información falsa, creada por IA, pero que muchos medios tomaron como reales.
Rusia también trabaja con fuertes campañas de manipulación en Georgia y Moldavia, territorios estratégicos en donde el Kremlin busca frenar el acercamiento a Occidente de ambos países, mediante mensajes antioccidentales y narrativas desinformativas.

En el conflicto Israel-Hamas, la manipulación emocional es masiva y recurre a la IA para crear escenarios impactantes que busquen reacciones directas.
Tanto activistas como cuentas afines a ambos bandos han utilizado estos métodos para intentar influir en la opinión pública mundial y justificar sus narrativas.
Los formatos más comunes incluyen imágenes generadas por IA: abundan las fotografías hiperrealistas que muestran falsamente paisajes devastados o niños huérfanos, con intención de condenar a Israel.
Las urnas son el objetivo final de muchas de estas campañas de desinformación.
El escándalo de Cambridge Analytica marcó un antes y un después al revelar cómo el uso indebido de datos personales de millones de usuarios de Facebook permitió el microtargeting: el envío de mensajes personalizados y noticias falsas segmentadas para grupos muy específicos de votantes, apelando a sus miedos y a sus prejuicios más profundos.
Esta técnica fue determinante en la campaña presidencial de Donald Trump en 2016 y en el proceso del Brexit en el Reino Unido.

La evolución de estas prácticas no se detiene. En las elecciones de la India de 2024, se llegó al extremo de utilizar la imagen de líderes políticos ya fallecidos, reconstruidos mediante IA, para que aparecieran elogiando los logros de sus sucesores actuales en campañas regionales.
El objetivo es siempre el mismo: generar un engagement (fidelización, compromiso) emocional que bloquee la capacidad crítica del votante.
La desinformación no triunfa sólo por la tecnología, sino por cómo está diseñado el cerebro humano. La neurología nos explica que procesamos las imágenes mucho más rápido que el texto y respondemos con descargas de dopamina ante estímulos visuales intensos, sorprendentes o indignantes.

Las plataformas digitales explotan esta economía de la atención, al priorizar contenidos que generen una reacción emocional inmediata para aumentar el tiempo de permanencia del usuario.
Además, el entorno digital fomenta las cámaras de eco, espacios donde sólo consumimos contenidos que refuerzan nuestras creencias previas.
Esto alimenta un sesgo de confirmación que nos hace creer fácilmente en mentiras que se ajustan a nuestra ideología, mientras rechazamos instintivamente cualquier dato verdadero que nos contradiga.
Como advierte el filósofo Byung-Chul Han, corremos el riesgo de una dominación donde los algoritmos moldean nuestros deseos y eliminan nuestra autonomía reflexiva.
Según este enfoque pesimista, la tecnología y las redes sociales tienden a dominar la vida humana, las redes generan vigilancia, dependencia y pérdida de autonomía; la IA puede profundizar la manipulación y el control social, y la sociedad corre el riesgo de quedar subordinada al poder tecnológico y corporativo.
Por supuesto, hay versiones optimistas que ven en estas herramientas la posibilidad de orientar críticamente el desarrollo tecnológico hacia fines democráticos y colectivos.
Pero hasta ahora la realidad no parece acompañar mucho estas posturas.
El pensador Yuval Noa Harari expone esta situación desde una perspectiva preocupante: “El problema de la verdad es que, en primer lugar, es costosa, mientras que la ficción es muy barata".
En segundo lugar, el autor de Homo Deus señala: "La verdad también suele ser muy complicada, porque la realidad es complicada. La ficción se puede hacer lo más simple posible, y la gente tiende a preferir las explicaciones simples sobre las complicadas".
"Y finalmente –asegura Harari–, la verdad puede ser dolorosa. Cada nación tiene sus episodios oscuros, sus propios muertos guardados en el placar, sobre los que la gente no quiere saber. El político que sólo diga la verdad en una campaña electoral difícilmente gane muchos votos. En esta competición entre la verdad y la ficción, la ficción tiende a ganar”.