Debate. Inteligencia artificial: el nuevo extractivismo digital
Un periodista y un librero catalanes han destapado un aspecto inquietante de la inteligencia artificial: el “expolio silencioso” de libros de viejo. La IA devora estos volúmenes para superar sus limitaciones creativas y enriquecer sus respuestas.
Todos podemos observar los inmensos beneficios que la IA nos ofrece en bandeja: avances gigantescos en medicina, ciencia, productividad y resolución de problemas. Sin embargo, también genera riesgos significativos, que van desde problemas concretos –como certámenes literarios ganados con su ayuda– hasta graves amenazas existenciales a largo plazo.
Estos peligros son globales porque la tecnología no respeta fronteras. La superinteligencia podría ocupar espacios no deseados en la gobernanza, la seguridad ciudadana y el control de datos, persiguiendo objetivos incompatibles con los valores y el bienestar humanos.
Expertos como Geoffrey Hinton han advertido de una probabilidad nada trivial de extinción humana (alrededor del 10-20%). Encuestas entre investigadores de seguridad de IA sitúan la amenaza de “extinción o desempoderamiento humano” en el 25% o más antes de 2100. Son estimaciones subjetivas, pero no dejan de ser relevantes.
Pérdida de control
¿Perderemos el control de sistemas que se volverán altamente autónomos? Todo apunta a que sí, y que esta pérdida de control se producirá antes de lo esperado.
La causa principal radica en el sistema económico: una carrera competitiva desbocada entre empresas y países en la que el crecimiento de la IA prima sobre cualquier consideración sobre sus efectos inmediatos o futuros.
La desinformación masiva ya es un claro síntoma y fue señalada como uno de los riesgos más urgentes por el Foro Económico Mundial.
El impacto sobre el mundo del trabajo tampoco será menor. Según estimaciones como las del FMI, alrededor del 40% de los empleos a nivel global podrían verse afectados por la IA (ya sea mejorados o desplazados), lo que amenaza con aumentar la desigualdad e inestabilidad social si no se gestiona con políticas activas de reconversión.
Tampoco puede ignorarse el impacto ambiental, aunque muchos prefieran no verlo: las macrogranjas de datos consumen agua y energía de forma desorbitada. Los centros de datos absorben actualmente el 1,5% de la electricidad mundial, porcentaje que se duplicará hacia 2030. Un gran data center puede consumir hasta 19 millones de litros de agua diarios.
El hambre insaciable de datos
A esa sed de energía y agua se suma el voraz apetito de datos. Xavier Vinaixa y Marçal Font denuncian la compra masiva de libros descatalogados por intermediarios para alimentar los modelos de IA y superar el “data wall”. Ellos denominan este proceso “expolio silencioso”.
Libreros de todo el mundo, alertados inicialmente en el foro alemán Lesekauz.de detectaron patrones de compra automatizados por bots. Estos ignoran libros caros o de ficción y se centran en la long tail: ensayos descatalogados, textos académicos de los años 1970-1990 y obras de historia local, muchas en lenguas minoritarias como el catalán.
Las compras se canalizan a través de intermediarios –como ZoomBooks– y se concentran en centros logísticos en Estados Unidos (PrepFort, Illinois). Una vez adquiridos, los libros son guillotinados, escaneados a alta velocidad y destruidos.
Se aprovecha así la First Sale Doctrine estadounidense, que permite al propietario legal disponer libremente del ejemplar físico: venderlo, regalarlo o destruirlo. De esta forma, las empresas digitalizan el contenido en privado y eliminan la evidencia material.
Para situar mejor al lector me permito reproducir un extracto del magnífico texto de Vinaixa y Font: “Todos sabemos que el único paralelo histórico comparable a la eclosión de la inteligencia artificial es la invención de la imprenta. Pero a menudo olvidamos un detalle fundamental: la verdadera revolución no fue el día en que Gutenberg puso en marcha la máquina en Maguncia. La verdadera sacudida al pensamiento humano llegó décadas más tarde a Venecia. Fue allí donde editores como Aldo Manuzio inventaron los índices, las letras cursivas y el libro de bolsillo, cambiando para siempre cómo se estructuraba, custodiaba y vehiculaba el conocimiento. Hoy, la transición de la era analógica a la sintética sufre su propia “fase de Venecia”, pero en lugar de democratizar el formato físico, el objetivo de la industria tecnológica es asimilarlo y destruirlo”.
Vinaixa y Font alertan de que este proceso supone una “decapitación” de la memoria histórica: libros únicos desaparecen para siempre del patrimonio material humano. Se pierde conocimiento periférico y diversidad lingüística, mercantilizados para alimentar el monopolio de datos de Silicon Valley. El fenómeno no se limita al catalán: afecta también al castellano y a cualquier lengua con tradición editorial relevante. Las librerías de viejo de la calle Deán Funes, en Córdoba, pueden verse impactadas por esta extracción masiva a escala global.
Soluciones posibles
Los autores proponen varias líneas de resistencia: proteger el libro físico en colecciones privadas o librerías locales, fortalecer la colaboración entre libreros (alertas tempranas en foros, rastreo de bots y Osint, es decir: la inteligencia de fuentes abiertas).
También pasa por exigir el cierre de vacíos legales con normativas más estrictas, como la Ley de IA de la Unión Europea.
Es evidente que los libros sobrevivirán y no hará falta guardarlos en un búnker ártico como las semillas del depósito de Svalbard (Noruega). Pero a nadie se le escapa que nos encaminamos hacia un choque potencialmente conflictivo con la IA, sobre todo por la enorme concentración de poder cognitivo en unas pocas empresas.
El papa León XIV lo advirtió en su primera encíclica, Magnifica Humanitas, donde insta a “desarmar” o poner límites éticos firmes a la IA, recordando que “ningún sistema de cálculo genera una conciencia capaz de discernir el bien”.
En un mundo donde la soberanía individual y colectiva está fuertemente erosionada, el ser humano verdaderamente libre será quien conserve un pedazo de tierra, acceso al agua, control sobre sus alimentos y su propia energía… y, como vemos ahora, también una buena biblioteca.
Historiador y docente



