Sustentabilidad. Del residuo al negocio verde: el biocarbón, una nueva posibilidad para el agro argentino
Un informe sostiene que la transformación de residuos agroindustriales en biocarbón puede generar valor, capturar carbono y abrir la puerta a nuevos mercados.
La búsqueda de alternativas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y, al mismo tiempo, generar valor agregado a partir de residuos agroindustriales está impulsando el desarrollo de nuevas tecnologías en todo el mundo.
En esa línea, el biocarbón—también conocido como biochar— gana protagonismo como una herramienta capaz de transformar desechos agrícolas, forestales y ganaderos en un producto con aplicaciones productivas y ambientales.
Según un informe de la Bolsa de Comercio de Córdoba, esta tecnología permite transformar biomasa residual —como rastrojos, restos forestales y otros subproductos agroindustriales— en un material estable que puede utilizarse para mejorar los suelos, almacenar carbono durante largos períodos y generar créditos ambientales comercializables.
El estudio destaca que la abundancia de biomasa disponible en regiones productivas como Córdoba posiciona a la Argentina en una situación favorable para desarrollar esta industria emergente y participar de los mercados vinculados a la captura de carbono.
¿Qué es el biocarbón?
El biocarbón es un material que se obtiene a partir de biomasa celulósica, como rastrojos de maíz, cáscaras de arroz o maní, residuos forestales, estiércol animal y otros subproductos orgánicos.
A través de procesos termoquímicos controlados, principalmente pirólisis y gasificación, estos residuos son sometidos a altas temperaturas (entre 350° y 700°) con escasa presencia de oxígeno, dando origen a un carbón vegetal que puede utilizarse para mejorar la calidad de los suelos, incorporarse a procesos industriales o actuar como una herramienta para capturar carbono de manera estable durante largos períodos.
Según datos relevados por la plataforma internacional CDR.fyi, desde 2022 se comercializaron más de 4,6 millones de toneladas de créditos de remoción de carbono vinculados al biocarbón en todo el mundo.

Solo en 2025 se negociaron 2,9 millones de toneladas, equivalentes al 64% de todos los contratos cerrados hasta el momento.
Este crecimiento ubica al biocarbón como el tercer método más utilizado a nivel mundial para la eliminación de carbono, detrás de los créditos asociados a bioenergía y biomasa, consolidándolo como una oportunidad emergente para regiones con fuerte producción agroindustrial, como la Argentina.
La utilidad del biocarbón en el agro
En particular, este producto se convierte en una alternativa sustentable para los residuos agrícolas, sirven como enmiendas para el suelo (disminuyendo costos de adquirir fertilizantes), reducen el uso del agua y disminuyen las emisiones de metano.
Un estudio conjunto de la Iniciativa Internacional de Biocarbón (IBI) y la Iniciativa de Biocarbón de Estados Unidos (USBI) revela que este material se destina principalmente a las actividades agropecuarias.

Sus aplicaciones más importantes se concentran en los cultivos agrícolas (37%), la horticultura (15%), la producción ganadera (13%) y la gestión silvícola (6%). El resto de su uso se divide en la recuperación de suelos degradados (11%), el tratamiento de agua (6%) y el diseño de paisajes (4%).
Por último, existen opciones marginales fuera del campo, como su incorporación en asfalto y elementos de construcción, que abarcan un 3% cada una.
Argentina tiene biomasa suficiente para impulsar una nueva industria
Uno de los aspectos que destaca el informe es el potencial productivo que tiene la Argentina para desarrollar una industria vinculada al biocarbón a partir de residuos agroindustriales.
Según estimaciones realizadas sobre la base de datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el país dispone de un excedente anual de 40,2 millones de toneladas de biomasa que podría destinarse a este tipo de procesos.
Se trata de materiales provenientes de una amplia variedad de actividades productivas, entre ellas forestaciones, caña de azúcar, arroz, cítricos, yerba mate, maní y distintas industrias que generan residuos orgánicos aprovechables.
Al someter esa biomasa a procesos de pirólisis, la tecnología más utilizada para producir biocarbón, el rendimiento promedio se ubica entre el 25% y el 35%, lo que permitiría obtener entre 10,1 y 14,1 millones de toneladas anuales de este material.

Incluso, dependiendo de variables como la temperatura utilizada durante el proceso o las características de la biomasa empleada, el potencial productivo podría oscilar entre 8,1 y 20,2 millones de toneladas por año.
El articulo explica que las temperaturas más bajas favorecen una mayor producción de biocarbón, mientras que las más elevadas incrementan la generación de gases y bioaceites.
El informe estima que Argentina podría alcanzar una producción cercana a las 12,1 millones de toneladas anuales considerando un rendimiento promedio del 30%.

Dividiendo esos números a niveles provinciales, encontramos que Misiones lideraría el ranking con 1,9 millones de toneladas por año, seguida por Salta con 1,4 millones y Chaco con 1,3 millones, gracias a que cuentan con una alta disponibilidad de residuos forestales, cañeros y algodoneros.
En el caso de Córdoba, la capacidad potencial se ubicaría en torno a las 139.000 toneladas anuales de biocarbón. La mayor parte de esa materia prima provendría de la industria procesadora de maní, una de las actividades agroindustriales más representativas de la provincia, complementada por aportes del sector forestal.
Si bien esa cifra representa apenas el 1,2% del potencial nacional y ubica a Córdoba en el puesto 18 entre las provincias argentinas, el estudio considera que existe margen para generar valor agregado a partir de residuos que actualmente tienen una utilización limitada.
Aunque todas parecen buenas noticias, los autores advierten que la producción de biocarbón difícilmente resulte rentable por sí sola.
Su desarrollo aparece asociado a estrategias más amplias de gestión de residuos, generación de energía y, especialmente, a la posibilidad de participar en mercados de créditos de carbono, donde el almacenamiento permanente de dióxido de carbono puede transformarse en una fuente adicional de ingresos para productores e industrias.




