Historia cordobesa. La patriada del girasol: el experimento de 1945 que transformó el sur cordobés

Relato de una experiencia en primera persona en Olaeta, en el departamento Juárez Celman, que terminó impulsando la expansión de uno de los principales cultivos oleaginosos del país.

17 de julio de 2026 a las 09:53 a. m.
Aldo Rudi (*)
La patriada del girasol: el experimento de 1945 que transformó el sur cordobés
EL INICIO DEL GIRASOL. En los años 40 un médico italiano probó con sembrar girasol en la provincia, ¿el resultado? Uno de los cultivos más seguro en zonas marginales.

Soy Aldo Ennio Rudi, ingeniero agrónomo. Nací en 1931 en Río Cuarto y me crié en Olaeta, un pueblo chacarero fundado con la llegada del ferrocarril. Mi padre, médico italiano radicado allí desde 1927, atendía tres pueblos y seis colonias agrícolas.

En aquellos años el trigo dominaba por completo la producción de la zona, pero él siempre buscaba nuevas alternativas para los productores. Así fue como comenzó a interesarse por un cultivo del que casi no se hablaba: el girasol.

Después de intercambiar correspondencia con el Ministerio de Agricultura de la Nación, recibió la propuesta de realizar una siembra experimental. A los pocos días llegó un ingeniero agrónomo con la semilla y la intención de encontrar un productor capaz de multiplicarla.

Mi padre, Don Ennio, ya había conversado con Juan Amione, un chacarero de la colonia Don Ovidio Lagos. La sorpresa fue encontrar que Amione tenía preparado un lote de unas cinco hectáreas con un barbecho impecable: dos pasadas de reja, rastras, rolo y un manejo muy cuidadoso de la humedad del suelo. Aquello demostraba su experiencia y su enorme capacidad de observación.

Yo estaba por cumplir quince años durante la campaña 1945/46. La visita de aquel ingeniero agrónomo despertó definitivamente mi vocación. Descubrí que existía esa profesión y seguí con atención cada explicación sobre la nueva siembra. Haber crecido entre aquellos chacareros italianos hizo que esa experiencia marcara el rumbo de mi vida.

Cuando el ingeniero preguntó cómo pensaban sembrar el girasol, Amione mostró la sembradora de trigo que compartía con otros productores.

Con una sencilla modificación en las bajadas de semillas logró sembrar en hileras separadas a la distancia adecuada. El ingeniero comprendió enseguida que estaba frente al productor indicado para multiplicar la semilla que el Ministerio necesitaba.

Una experiencia pionera

Vale recordar que muchos de los colonos de esa región provenían del Piamonte italiano. Habían sido convocados décadas antes por las políticas inmigratorias impulsadas durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, orientadas a incorporar familias con amplia tradición agrícola. Ese conocimiento fue decisivo para el desarrollo productivo de la zona.

De regreso a Olaeta, el ingeniero se comunicó telefónicamente con sus superiores en el Ministerio y obtuvo la autorización para firmar un contrato mediante el cual el Estado se comprometía a comprar toda la semilla producida.

El convenio se redactó en la única máquina de escribir que existía en el pueblo, en la casa de Ramos Generales y Acopio de Granos de Humberto y Victorio Bonavia. Lo firmaron mi padre, Juan Amione, el ingeniero y don Victorio Bonavia como testigo. Así comenzó una experiencia que, a 80 años de distancia, sigue siendo un antecedente muy importante para la historia del girasol argentino.

Los pioneros del girasol.
Los pioneros del girasol. (Aldo Ennio Rudi)

La semilla llegó rápidamente por ferrocarril y la siembra se realizó sin demoras. Todas las labores fueron manuales: carpidas, desmalezado y raleo. Yo acompañé las recorridas de seguimiento hasta que debí trasladarme a Córdoba para continuar mis estudios.

Más tarde, mi padre me escribió contándome que el lote había rendido algo más de 10 quintales por hectárea y que la calidad de la semilla era excelente. Siempre sostuvo que el rendimiento podría haber sido aún mayor si el raleo no hubiese sido tan exigente, ya que el excelente barbecho realizado por Amione permitía una mayor densidad de plantas.

La primera cosecha

La cosecha también dejó enseñanzas. El ingeniero había recomendado cortar cada capítulo, darlo vuelta y dejarlo secar sobre la propia planta antes de desgranar.

Sin embargo, Juan Amione encontró un sistema mucho más práctico: utilizó una yegua mansa y un carro de ruedas bajas para recorrer el lote mientras los peones arrancaban las cabezas del girasol y las depositaban sobre una arpillera, evitando pérdidas de grano.

El material cosechado permaneció protegido bajo una gran lona hasta la llegada de una desgranadora especialmente adaptada.

Mi padre había enviado previamente una muestra de semilla a Rosario para fabricar las zarandas necesarias y permitir que una máquina construida en General Cabrera pudiera desgranar el girasol con eficiencia. Una vez limpio, ventilado, calibrado y embolsado, todo el material fue enviado por ferrocarril hacia Buenos Aires.

El resultado fue muy satisfactorio. De aquellas cinco hectáreas se obtuvieron alrededor de 5.000 kilos de semilla, equivalentes a 100 bolsas de 50 kilos. El Ministerio cumplió con lo acordado y pagó un buen precio, lo que permitió recuperar prácticamente toda la inversión realizada.

La primera cosecha en el sur cordobés.
La primera cosecha en el sur cordobés. (Aldo Ennio Rudi)

Se cubrieron los costos de la siembra, las labores manuales, la cosecha, la desgranada, las bolsas y los fletes, mientras que Juan Amione obtuvo una ganancia importante por su trabajo. Sin asegurar que haya sido la primera producción oficial de semilla de girasol del país, considero que aquella campaña 1945/46 constituye un antecedente de enorme valor histórico.

La experiencia continuó al año siguiente. El Ministerio volvió a entregar semilla y esta vez se utilizó una sembradora de maíz de cinco cuerpos, que distribuía las semillas individualmente y evitaba el costoso raleo manual. Fue un paso importante hacia una producción más eficiente.

De aquellos años también conservo una enseñanza que nunca olvidé. Juan Amione explicaba que el secreto de una buena agricultura estaba en preparar correctamente el suelo: arar en profundidad, deshacer los terrones, afirmar la tierra con el rolo y, después de cada lluvia, ingresar apenas fuera posible con una rastra liviana para impedir que "se escapara el agua".

Años más tarde, cuando estudié Agronomía en la Universidad Nacional de La Plata, comprobé que esa práctica recibía una explicación técnica: romper la capilaridad del suelo para conservar la humedad. Siempre pensé que la experiencia de aquellos chacareros muchas veces se adelantaba a las definiciones académicas.

Con el tiempo, la estancia Don Ovidio cambió de propietarios y nunca volví a encontrarme con Juan Amione, de quien tanto aprendí. Sin embargo, las enseñanzas de aquel chacarero quedaron para siempre en mi formación profesional.

En 1957 me instalé en Río Cuarto como socio fundador de Agrovet SRL, la primera agroveterinaria creada en el país. Poco después incorporamos desde Estados Unidos una moderna planta para clasificación de semillas con mesas vibradoras, tecnología que mejoró notablemente la calidad del material destinado a la siembra.

Entre nuestros clientes se encontraba Juan Zell, productor de Ucacha, asociado con Rasmussen, de Río Cuarto. Ambos sembraban más de mil hectáreas de girasol todos los años en la zona de La Punilla, San Luis.

Zell sostenía que el girasol era el cultivo más seguro, capaz de responder incluso en ambientes marginales. Para él, la clave estaba en lograr una excelente implantación mediante semillas vigorosas y cuidadosamente clasificadas. Esa convicción coincidía plenamente con nuestra experiencia.

Mientras tanto, Río Cuarto se consolidaba como uno de los principales polos girasoleros del país. La instalación de Oleaginosa Río Cuarto impulsó el desarrollo industrial de la región. Allí se recibía el grano, se extraía el aceite y el expeller se destinaba principalmente a la exportación.

El característico aroma del girasol impregnaba buena parte de la ciudad y se intensificó cuando la fábrica incorporó la extracción por solventes para aprovechar el aceite residual.

Recuerdo especialmente la logística que había desarrollado la empresa. Una importante flota de camiones Leyland trasladaba el expeller hacia los puertos. Incluso se comentaba que esos vehículos tenían limitada su velocidad para permitir que el producto se enfriara durante el viaje y pudiera almacenarse con mayor seguridad antes de ser embarcado hacia Europa.

Según sus directivos, ese sistema permitió alcanzar una gran eficiencia operativa. En algunos años, el volumen de semilla recibido llegó a superar incluso al de importantes plantas aceiteras de Rosario.

De esa manera, Río Cuarto pasó a convertirse en uno de los grandes centros de acopio y procesamiento de girasol, junto con las industrias de Berrotarán y Aceitera General Deheza, empresas que fueron incorporando nuevas tecnologías y agregando cada vez más valor a la producción de la región.

A comienzos de la década de 1960 participé también como socio fundador de Panoja, empresa que estableció una estrecha relación técnica con Frontier Hybrid, de Kansas, Estados Unidos.

Nuestro principal desarrollo estuvo orientado a los sorgos híbridos, cuya producción alcanzó rápidamente una escala muy importante y llegó a cubrir más de 50.000 hectáreas en la campaña 1962/63, compitiendo con grandes compañías internacionales instaladas en el país.

Durante un viaje a Estados Unidos tuve la oportunidad de conocer los avances genéticos que también se estaban desarrollando en girasol. Sin embargo, en esos años decidimos no incorporar materiales norteamericanos porque las variedades disponibles en Argentina respondían muy bien y sus costos de producción eran considerablemente menores.

Recién en 1973 comenzamos a trabajar con híbridos de Seed Research Associates para su inscripción y futura producción, acompañando la evolución tecnológica que ya mostraba el mercado.

Mirando en perspectiva, considero que desde Río Cuarto existieron durante décadas todas las condiciones para sostener el liderazgo del girasol argentino: producción de semillas, capacidad industrial, innovación tecnológica y productores con una enorme experiencia.

Para comienzos de la década de 1970, la gran mayoría de los agricultores del sur de Córdoba ya dominaba plenamente las técnicas de siembra y cosecha de esta oleaginosa, fruto de un aprendizaje construido durante muchos años.

Al mirar hacia atrás, comprendo que fui testigo del nacimiento y la consolidación del cultivo del girasol en el sur de Córdoba. Aquella experiencia iniciada en 1945 por mi padre, Don Ennio Rudi, junto con Juan Amione y el apoyo del Ministerio de Agricultura, demostró que la combinación entre iniciativa, conocimiento y trabajo podía abrir nuevos caminos para la producción agropecuaria.

A ochenta años de aquella primera siembra, sigo convencido de que esa historia merece ser recordada. No solo por el crecimiento que alcanzó el girasol, sino también por el espíritu emprendedor de quienes se animaron a apostar por un cultivo desconocido cuando casi todo el horizonte agrícola estaba ocupado por el trigo.

Gracias a esa visión, el girasol encontró en el sur de Córdoba una tierra fértil para desarrollarse y escribir una parte importante de la historia agrícola argentina.