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Entre desesperación y desesperanza

El reconocimiento de que Giacomino se siente impotente para resolver un problema como el de las cloacas, implica que, hasta el final del mandato, poco o nada cabe esperar. Julio Perotti.

20 de marzo de 2011 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Entre desesperación y desesperanza

Desde la estratégica Secretaría de Finanzas de la Municipalidad de Córdoba, Gabriel Bermúdez es uno de los pocos –cada vez menos– integrantes del círculo cercano del intendente Daniel Giacomino. Hoy, más que nunca, su papel es clave: aferrarse a los números para llegar hasta el final del mandato sin demasiados ahogos económicos. Esto aparece como la única tabla de salvación de una administración maltrecha, incapaz hoy de resolver cuestiones esenciales.Era miércoles por la mañana. Las cloacas seguían en erupción en distintos puntos de la ciudad y a la Municipalidad ya no le quedaba sano el último camión disponible para desobstruirlas. Entonces, Bermúdez hizo ante los micrófonos de Cadena 3 una confesión que poca esperanza aporta a los sufridos habitantes de la Capital:"Esto es absoluta responsabilidad nuestra. No voy a dejar de poner la cara. Nos preocupa y nos desespera. Más que disculpas, no se puede pedir. Giacomino se enloquece de impotencia. Esto no es un problema de plata, sino de gestión. El intendente solo no puede hacer nada".En 47 palabras, que el jueves repitió en El show de la mañana , por Canal Doce, quedó patentizada una realidad que, como van las cosas, no encuentra alternativas de cambio. Es claro que los pedidos de perdón no alcanzan, en especial porque esta administración lleva más de tres años y no puede alegar ineptitud por desconocimiento.Más grave aún, la admisión de que el intendente se siente impotente para resolver un problema como el de las cloacas, por falta de gestión de los mandos intermedios, implica que, hasta el final del mandato, poco o nada cabe esperar, más que una caída rápida de las hojas del almanaque. Más que cloacas. Todos sabemos que no son las cloacas el único drama de esta Córdoba: el deterioro de las escuelas municipales, el enterramiento de los residuos, un gremio que empuja para meter más y más personal en las distintas áreas, entre otros, son el correlato de un gabinete en crisis permanente. Y esta mutación constante de funcionarios deviene de un poder con una fragilidad pocas veces vista, producto de la carencia de estructuras políticas capaces de sostener una intendencia cuando los vientos soplan en contra.En efecto, en estos años, Giacomino perdió todos y cada uno de sus puntos de apoyo en el Palacio 6 de Julio, hasta llegar al extremo de tener que eyectar del cargo a su propia esposa, Gabriela Almagro, después del avergonzante fallido de no poder inaugurar el ciclo lectivo en escuelas y jardines maternales municipales.La ruptura con el juecismo en épocas casi inaugurales; la salida de un grupo radical que lo sostuvo luego; una sociedad con el kirchnerismo que nada le redituó más que el anuncio de obras faraónicas; una desfavorable asociación con un Hugo Moyano cargado de salvajismo, no podían de manera alguna ser compensadas por los gestos que tuvo hacia él el gobernador Juan Schiaretti. Obras en la ciudad y hasta algún salvavidas para pagar sueldos no fueron suficientes para evitar que la gestión cayera en picada por su propia inoperancia.Aun con este cuadro, hace poco Giacomino fracasó ante la Justicia en su deseo de ser candidato a la reelección pese a que había sido viceintendente de Juez, lo cual le dejaba sin margen para un tercer mandato. Ahora, el intendente trajina algunos despachos de la Casa Rosada para lograr que aquel kirchnerismo al que abrazó como un soldado a su fusil, lo salve del ostracismo. Hasta se ilusionó con armar una lista colectora a favor de la presidenta Cristina Fernández que lo deposite, con viento de cola, en una banca de diputado. Metido a pleno en una negociación con el peronismo oficial cordobés (Schiaretti y José Manuel de la Sota), el kirchnerismo que manda desde Buenos Aires no resolverá, hasta dentro de un tiempo, si habilita la alternativa de ir por separado, como aspira el intendente. Lo que viene. Más allá de sus deseos de conservar algún lugar en la constelación política cordobesa, tal vez Giacomino ya sea percibido como parte de un pasado que, es probable, Córdoba va a tardar en olvidar. El que venga, sea del palo que fuere, deberá comenzar por restablecer el principio de autoridad, requisito esencial para cualquiera que pretenda pasar por el Palacio 6 de Julio con decoro. No actuar sobre la realidad significará mantener al Estado municipal ausente de los problemas de la gente, que lo ha visto hasta ahora sucumbir una y otra vez.Es evidente que esta etapa dejó en la sociedad la percepción de que el poder está en manos de la corporación gremial y que no existe un "contrapoder" capaz de equilibrar las cargas. Con el sindicato municipal, Germán Kammerath fue al choque, pero su carencia de sustentación política (estaba peleado con José Manuel de la Sota y el peronismo le daba la espalda) lo dejó muy maltrecho.Luis Juez decidió que no había mejor estrategia que negociar para neutralizarlo, pero en el camino debió ceder una y otra vez.Giacomino fue y vino con el gremio; al final, siempre aflojó y pagó las consecuencias de ver cada día a más áreas de la Municipalidad frenadas por conflictos.Está claro que, para el próximo intendente, prometer obras no alcanzará si no es capaz de demostrar desde la misma campaña que va a aprovechar el poder que le ofrecerán los cordobeses en las urnas para frenar a un gremio que, desde lo político, nada tiene que perder. No será un desafío para afrontar en soledad; la fortaleza deberá emerger de un partido encolumnado y con entronque social. Y también, por cierto, de un consenso entre todas las fuerzas que deje de lado la idea de que se puede hacer política sin pagar costos o, peor aún, transfiriéndoselos a la sociedad.Será difícil de soportar para el atribulado espíritu de los cordobeses una nueva etapa en la que pasen de la desesperación a la desesperanza. O viceversa.