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El estado de la democracia en América latina

El 15 de septiembre, la celebración del Día Internacional de la Democracia tiene como tema central este año la participación de los jóvenes en la política.

13 de septiembre de 2014 a las 12:02 a. m.
Daniel Zovatto*
El estado de la democracia en América latina

El año pasado, América latina celebró el 35° aniversario del inicio de la tercera ola democratizadora en la región. Asimismo, y en un clima de bastante normalidad, se inició la segunda fase (2013-2016) de una inédita maratón electoral, que determina que en un período de tan sólo ocho años (2009-2016) se llevarán a cabo 34 comicios presidenciales, de los cuales a la fecha ya se celebraron 26. Nunca antes la región había experimentado una agenda electoral tan intensa e importante en un lapso tan corto.El 15 de septiembre, la celebración del Día Internacional de la Democracia, cuyo tema central de este año es la participación de los jóvenes en la política, es una ocasión propicia para realizar un balance sobre la situación actual de este sistema de gobierno en la región, y sus perspectivas.Tanto en el plano global como en el ámbito latinoamericano, asistimos a un "cambio de época" que viene acompañado de oportunidades, pero también de nuevos desafíos y amenazas para la calidad de la democracia.La revista The Economist publicó hace poco el ensayo titulado ¿En qué ha fallado la democracia? (http://econ.st/1fu0zGe), en el cual se señala que, si bien en nuestros días más personas que nunca antes viven en países que celebran de forma regular elecciones libres y justas, el avance global de la democracia podría haber llegado a su fin, e inclusive parece que algunos países van en reversa.Según la prestigiosa revista inglesa, la democracia pasa por momentos difíciles. Donde se ha sacado a autócratas del poder, en la mayoría de los casos los oponentes han fracasado en crear regímenes democráticos viables.Incluso en las democracias establecidas, las fallas en el sistema se han hecho visibles y la desilusión con la política se ha generalizado.Y agrega: muchas democracias nominales han migrado hacia la autocracia, manteniendo una apariencia democrática externa a través de la celebración de elecciones, pero sin los derechos y las instituciones que la sustentan.

A medio camino

América latina es hoy muy diferente de la de hace tan sólo tres décadas y media. En nuestros días, y pese a todas sus carencias y déficits, la democracia es la forma mayoritaria de gobierno que se practica en la región, si bien presenta un alto grado de heterogeneidad.

Contamos con democracias más consolidadas, mayores y mejores políticas públicas en materia de protección social y economías más fuertes e integradas.

Durante la última década, 60 millones de personas escaparon de la pobreza, expandiendo la clase media en más de 50 por ciento.

El gran desafío pasa ahora por cómo seguir avanzando y hacer sostenible este proceso en el mediano y largo plazo en un contexto global volátil plagado de retos e incertidumbre.

Sin embargo, Latinoamérica presenta una paradoja: es la única región del mundo que combina regímenes democráticos en casi la totalidad de los países que la integran con amplios sectores de su población que viven por debajo de la línea de la pobreza (27,9 por ciento para 2013, según la Cepal), con la distribución del ingreso más desigual del planeta, con altos niveles de corrupción y con las tasas de homicidio más elevadas del planeta.

En ninguna otra región del mundo, la democracia tiene esta inédita combinación que repercute en su calidad.

En efecto, nuestras democracias exhiben importantes déficits y síntomas de fragilidad, así como serios desafíos.

Las asignaturas pendientes abarcan los problemas institucionales que afectan a la gobernabilidad y el Estado de derecho; la independencia y la relación entre los poderes del Estado; el fenómeno de los hiperpresidencialismos y de las reelecciones; la corrupción; las limitaciones a la libertad de expresión; el funcionamiento deficiente de los mecanismos electorales y del sistema de partidos políticos; la falta de equidad de género, así como graves problemas de inseguridad ciudadana, factores que generan malestar con su funcionamiento.

Lo anterior explica que, si bien 56 por ciento de los ciudadanos apoya a la democracia, únicamente 39 por ciento está satisfecho con su funcionamiento (Latinobarómetro, 2013, promedio regional).

“El descontento del progreso” resume muy bien el sentimiento particular que atraviesa América latina. Pese a los importantes avances logrados, los latinoamericanos están insatisfechos con la situación que rige en la actualidad y exigen cada vez más de sus democracias, de sus instituciones y de sus gobiernos.

Hay una demanda creciente de mayor transparencia, mejor liderazgo y de políticas públicas que funcionen.

Un nuevo debate

En un contexto latinoamericano de anémico crecimiento económico (según el Fondo Monetario Internacional, este año la región crecerá por debajo del dos por ciento) e intensa maratón electoral, los gobiernos tendrán que hacer frente a las expectativas y demandas ciudadanas en condiciones de mayor austeridad.

Como consecuencia, los conflictos sociales seguirán presentes (o inclusive aumentarán) con reclamos que, si bien no pondrán en juego la continuidad democrática, harán la gobernabilidad más compleja.

De ahí la importancia de estar atentos frente a la irrupción de nuevos fenómenos y tendencias que emergen en la región; entre ellas, la presencia de dos modelos de democracia –uno republicano, el otro autoritario–, como consecuencia de haberse roto el consenso sobre el concepto de democracia que fuera plasmado en la Carta Democrática Interamericana de 2001.

Mi opinión

La compleja y heterogénea realidad de la democracia latinoamericana demanda un nuevo tipo de debate, no ya sobre las tradicionales regresiones autoritarias, sino acerca de los nuevos tipos de desafíos (procesos de estancamiento, amesetamiento o erosión) y de las nuevas modalidades de autoritarismos, más sofisticados y difíciles de controlar, como son las “democracias iliberales” o los “autoritarismos competitivos”.

Un debate que esté centrado en la calidad de la democracia; en cómo transitar de una democracia electoral a una democracia de ciudadanos y de instituciones; en cómo conciliar democracia con desarrollo económico en el marco de sociedades con mayores niveles de cohesión social, menor de­sigualdad y pobreza y mayor equidad de género; en cómo buscar una relación más estratégica entre el mercado y el Estado, y una más funcional entre el Estado y la sociedad; en cómo lograr que la democracia entregue respuestas eficaces a nuevos tipos de demandas provenientes de sociedades más complejas, más modernas, más urbanas y más jóvenes.

Esta es la agenda que la democracia latinoamericana necesita debatir de manera urgente e inteligente.

*Director regional de Idea Internacional para América latina y el Caribe