El jury a tres de los fiscales que dirigieron la investigación del homicidio de Nora Dalmasso (51) remueve lo que nunca se resolvió.
La denuncia es por omisión: el informe de un experto ex-FBI no incorporado, una recomendación de análisis criminal desoída, las contradicciones y la pista del parquetista Roberto Marcos Bárzola (45), que nunca se profundizó.
Tuvieron que pasar 18 años para que un ADN detectado en el arma homicida se cruzara con el perfil genético de Bárzola. En 2024 sus genes se encontraron en ocho muestras del cinto con el que estrangularon a Dalmasso, así como en un vello púbico hallado sobre el cuerpo.
El viudo Marcelo Macarrón (absuelto en juicio de “crimen por encargo”) y sus hijos, Facundo (imputado cinco años) y Valentina consideran que los fiscales Javier Di Santo, Daniel Miralles y Luis Pizarro son cómplices de la impunidad.
Los denuncian por ineptitud y cobardía frente al poder. Piden que expliquen por qué no le hicieron el ADN a Bárzola, por qué no vieron esa pieza clave, si estaba ahí desde el inicio.
Con razones, estilos y respaldos diferentes, los fiscales se defienden ante el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados. Sus hipótesis fracasaron y resultaron lapidarias para la familia de la víctima. El jury es la oportunidad de esclarecer si por su desempeño corresponde la destitución.
La impunidad y la indignación prolongada anestesian a la sociedad. Hoy el inédito proceso de triple jury es mirado desde lejos, casi como un reality de Tribunales.
Pocos recuerdan que estos tres funcionarios no fueron los únicos intervinientes, en el marco de un infierno de rumores, violencia de género, intereses políticos acuciantes, peritajes contradictorios y largas demoras de laboratorios del exterior.
Es más simple adherir a la sospecha que profundizar en el complejo expediente. Cuesta desentrañar todo lo que se conjugó para llegar a la situación actual y, más aún, garantizar que el sistema hoy funciona diferente.
El jury podrá destituir a Di Santo, Miralles o Pizarro, pero no recuperará el tiempo perdido. No anulará la revictimización, ni expiará el descreimiento en las instituciones democráticas.
El caso Dalmasso sigue siendo un espejo en el que no nos queremos ver. De la hipocresía del sistema.
¿En qué momento dejamos de entender a la Justicia como un derecho y la diluimos hasta convertirla en un servicio a la carta, para saciar el malestar social del momento? ¿Cómo la fortalecemos para que no sea condicionada por el dinero, el poder, o la presión mediática? ¿Es posible reconstruir un código ético común en lugar de atrincherarnos en certezas individuales, sesgadas?
¿Qué pasa cuando la verdad jurídica llega tan tarde que ya no importa porque cada uno tiene su verdad comprada? De tanto manoseo, al rompecabezas se le borra la imagen.
Hay un crimen impune que espera una resolución del TSJ: ¿Debe ser juzgado Bárzola o está prescripta la causa?. El jury pasará, pero seguimos en deuda con la verdad real: ¿Quién mató a Nora Dalmasso?

