
Celulares en cárceles: hace falta una depuración total
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Redacción La Voz
“La próxima vez que escuches el nombre de Matías Alejandro Altamirano, cortá de inmediato: estás siendo víctima de una estafa telefónica desde alguna de las cárceles de Córdoba”.
La frase pertenece a Daniel, quien días atrás denunció ante el Ministerio Público Fiscal (MPF) el intento que llevó a cabo una presunta banda carcelaria que se dedicaría a contactar a los incautos para ingresar a sus cuentas bancarias.
Las vacían en cuestión de minutos. Si no hay dinero, sacan créditos y se llevan los depósitos. Los datos fueron confirmados por este medio por altas fuentes judiciales.
En diálogo con La Voz, Daniel contó que lo contactaron cuando estaba con su hija de 7, a la salida del dentista. Primero, no pudieron extraer nada de sus cuentas, debido a las últimas medidas de seguridad adoptadas por las entidades bancarias, que bloquean pantallas durante las conversaciones telefónicas.
Luego pasó varias horas que describió como “infructíferas” en la Unidad Judicial más próxima a su domicilio. “No me querían tomar la denuncia”, se quejó.

Lo más preocupante es que, según pudo establecer este medio, el nombre Matías Alejandro Altamirano, con el falso DNI terminado en 223, suena al menos desde hace dos años.
Basta una búsqueda en Google con el seudónimo para corroborar la cantidad de intentos y estafas cometidas bajo este nombre. Sin embargo, continúan multiplicándose sin que las autoridades puedan detener a nadie que haya actuado con este mote.
El episodio que vivió Daniel comenzó con una llamada perdida. “Estaba saliendo del dentista con mi hija. Vi una llamada que decía ‘Seguridad’. Respondí”, relató.
Del otro lado de la línea, una voz que se presentó como “personal de seguridad” de una billetera virtual le advirtió que un supuesto usuario llamado Mateo había realizado una compra con sus tarjetas en dos bancos diferentes.
El argumento era concreto: un televisor adquirido en el exterior utilizando sus cuentas.

“Me dijeron: ‘Si decís la palabra cancelo, te evito estos gastos por la compra’. Les dije que sí, pero me respondieron que no era tan fácil”, recordó.
El falso operador insistió en que debía ingresar a su cuenta de la billetera virtual para bloquear la operación. Allí apareció el primer obstáculo para los estafadores: Daniel nunca había terminado de habilitar su cuenta.
“Había hecho el reconocimiento facial, pero no la segunda verificación con el número de trámite del DNI”, comentó. La maniobra entonces cambió de rumbo.
El interlocutor le sugirió ingresar a las aplicaciones de sus bancos para cancelar la supuesta compra. Cuando intentó hacerlo, uno de los bancos se bloqueó y la otra cuenta, con la llamada telefónica activa, impedía visualizar la pantalla.
Entonces el operador ficticio le hizo una pregunta que encendió las alarmas: “Me preguntó si tenía otro teléfono cerca para hacer la operación desde ahí”.
Daniel estaba con su hija y no había otro dispositivo. Fue entonces cuando apareció el nombre que se repite desde hace al menos dos años. “Te voy a pasar con un supervisor de seguridad”, dijo el operador antes de darle sus datos.
Según la versión del denunciante, el supuesto empleado se presentó como “Matías Alejandro Altamirano”, con un DNI que comenzaba en 34 millones y terminaba en 223. “Anotalo, por si querés verificar”, le ofrecieron.
El detalle resultó extraño.
Minutos después, cuando la llamada fue transferida a otro operador, Daniel notó algo que lo hizo reaccionar: la voz era prácticamente la misma. Cortó la comunicación y llamó a un familiar que trabaja en el sector tecnológico.
“Te quisieron estafar”, le confirmaron. En total, el contacto duró entre 40 y 50 minutos, y aunque en su caso no lograron extraer dinero, tomó medidas preventivas: bloqueó sus cuentas, solicitó nuevos plásticos y retiró los fondos disponibles.
En su entorno laboral, la historia generó un eco inquietante. Una compañera le contó que había atravesado una situación similar. La diferencia fue el resultado: a ella sí le vaciaron la cuenta y le sacaron préstamos a su nombre.
“También la llamó el supuesto Matías Alejandro y la dejó sin nada de dinero y endeudada”, relató Daniel.
Otro detalle que sorprendió a Daniel es que los estafadores parecían conocer información específica sobre sus productos bancarios. “Sabían que tenía cuentas en esos bancos. Eso es lo que más te asusta”, explicó.
Tras cortar la llamada, Daniel decidió hacer la denuncia. El proceso, asegura, fue casi tan frustrante como el intento de estafa.
“Había una persona antes que yo. Me dijeron que hiciera una predenuncia desde el celular para agilizar el trámite”, contó y aseguró haberla realizado en ese mismo momento.
Sin embargo, quiso que lo atendieran personalmente y la espera continuó.
Daniel permaneció en el lugar desde las 14.30 hasta las 19.30. Cuando finalmente lo atendieron, asegura que recibió una respuesta que lo dejó perplejo: “Si no tiene daño económico, ¿para qué vino?”.
El denunciante insistió en que el intento de estafa debía quedar registrado. “No tengo daño hoy. Pero si mañana aparecen compras o créditos a mi nombre, ¿cómo demuestro que no fui yo?”, planteó.
Finalmente, le tomaron la denuncia, aunque el documento –según afirmó– quedó incompleto.
Otros tres damnificados relataron experiencias similares a este medio, con intentos frustrados o engorrosos de denuncia en distintos puntos de la ciudad de Córdoba. Aseguraron que les recomiendan realizar denuncias virtuales o regresar otro día si el hecho no implicó un perjuicio económico inmediato.
En uno de los casos, a la mujer damnificada le dijeron que como no tenía los números de incidencias del banco, debía volver al otro día. Pero luego de largas horas de espera, accedieron a atenderla. La damnificada, que pidió reserva de identidad, se impuso: “Les pedí que escribieran y que después iba a hacer una ampliación. Lo hicieron de mala gana, en la comisaría de San Vicente”, recordó.
Fuentes judiciales señalaron este jueves que la modalidad forma parte de lo que se conoce como el “cuento del tío telefónico”. En la mayoría de los casos resueltos, agregaron, las maniobras se realizaban desde cárceles.
Los estafadores utilizan identidades falsas y nombres fáciles de recordar. “Altamirano puede ser simplemente un mote. También usan otros nombres aleatorios”, explicaron.
Según estimaciones de los investigadores judiciales, el fenómeno se “multiplicó de manera exponencial” en los últimos años por una razón simple: el alto rendimiento económico. “Son estafas muy simples y con un rédito enorme”, plantearon.
En algunos casos, dicen, los delincuentes no logran extraer dinero porque las cuentas están vacías. Pero entonces apelan a otra estrategia: solicitar créditos a nombre de las víctimas. Los montos mínimos suelen oscilar entre $ 5 millones y $ 10 millones.

En total, calculan que este tipo de maniobras pueden generar ganancias de entre $ 10 millones y $ 15 millones por día para las bandas que las ejecutan.
Paradójicamente, desde el punto de vista investigativo no se trata de causas complejas. “Hay maniobras mucho más sofisticadas vinculadas a inversiones falsas o criptomonedas”, explicó una fuente.
El problema, señalan, es la enorme cantidad de víctimas. Aunque muchos intentos fracasan, siempre hay personas que terminan cayendo en la trampa.