Navidad: tiempo de cambio
Concebir que un año comienza nos permite tener esperanzas de poder cambiar lo que no hemos hecho, que los ciclos de malos momentos se terminan. Vivimos la ilusión de renovarnos.
Concebir que un año comienza nos permite tener esperanzas de poder cambiar lo que no hemos hecho, que los ciclos de malos momentos se terminan. Vivimos la ilusión de renovarnos. Desde siempre, el ser humano a todo lo que lo rodeaba de una identidad análoga a sí mismo, lo invistió de sus propias características, de su ánima o alma. Esto es el animismo. Y, a través de rituales de magia intentó influir en su entorno. Así, lo significaron con un sentido mágico animista.Producto de la observación del comportamiento del sol significaron al solsticio de invierno, día más corto del año (21 de diciembre en el hemisferio norte) con la idea de renacimiento del sol. Un ciclo se termina y otro vuelve a empezar. Las cosechas y, por ende, el alimento, dependen de este ciclo. Desde esta óptica, el hombre ve la historia como continuos ciclos que terminan y comienzan. "Mito del eterno retorno" lo llamaba Mircea Eliade.Pero la historia de cada uno de nosotros es una línea que comienza con la vida y termina con la muerte, no es sólo cíclica sino también lineal.Las dos modalidades del tiempo conviven en nosotros. Concebir que un año comienza nos permite tener esperanzas de poder cambiar lo que no hemos hecho, que los ciclos de malos momentos se terminan. Vivimos la ilusión de renovarnos. De este modo, alejamos la idea atemorizante del tiempo con un final sin nuevo comienzo, como algo abierto e incierto cuyo misterio insondable provocaría una intensa zozobra.El fin de un año, como un momento del tan remanido balance, trae tristeza o depresión en la medida que no se han alcanzado ideales propuestos, pero el nuevo inicio conjura la frustración en la medida que reabre la posibilidad de una nueva oportunidad.Lo importante es tener en cuenta que las metas son posibles cuando su obtención depende de nosotros mismos. Por lo general, aquellas que dependen de otras circunstancias que no sean las propias son irrealizables.Las metas deben de ser posibles de lograr. Un obeso no puede tener como meta perder 50 kilos en dos meses, pero sí puede lograr perder 500 gramos por semana y cada vez que lo logra incrementa su autoestima.En general, quienes crean metas que no dependen de sí o forjan objetivos inalcanzables se deprimen ante el fracaso y además pierden el interés por nuevas metas como manera de protegerse de la próxima frustración.Como decía, el fin de año confronta al yo actual con el ideal y el producto de la comparación nos hace más o menos satisfechos. La ilusión del nuevo comienzo trae esperanzas de cambio, los adultos nos volvemos algo niños al experimentar como ellos la sensación de crecimiento, de etapa nueva por vivir, de lograr ser "grandes", vale decir, exitosos o triunfadores. Nutridos, además, de vacaciones, regalos y familia.Para las personas solas, sin embargo, es un momento difícil, debido a que en este momento del año se nota más la ausencia de los que no están porque se fueron o nunca llegaron. El contraste en este sentido lo marca la posibilidad de pasar las fiestas y estos momentos de supuesto tránsito incluidos en el seno de una familia. Los afectos primarios: padres, hijos, hermanos, parejas, son el contexto que da sentido real a una vida y la trascendencia que naturalmente tiene. Los regalos que unos a otros nos damos significan la intensa necesidad de garantizarnos de que permanezcan siempre con nosotros y que ningún bien material sustituye. En esa balanza que sopesa objetivos y logros, que mide y califica, a veces tan duramente, sólo se equilibra y se armoniza en el amor familiar y en el afecto de los amigos y compañeros de ruta.
*Psiquiatra. Miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y de la Asociación Psicoanalítica Internacional.

