El 29 de mayo de 1969, Córdoba se rebeló. Obreros y estudiantes desbordaron a la dictadura de Juan Carlos Onganía, levantaron barricadas, paralizaron fábricas y convirtieron a la ciudad en el epicentro de una rebelión popular que marcaría para siempre la historia argentina.
El Cordobazo no fue solamente una protesta: fue la demostración de que existía una clase trabajadora organizada, con identidad, orgullo y capacidad de torcer el rumbo político de un país.
Hay preguntas que han atravesado estos 57 años: ¿por qué nunca se repitió? ¿Podría darse hoy un Cordobazo?

La respuesta negativa tiene una larga serie de aristas y consideraciones, más allá de las condiciones de vida actuales y a lo largo de más de medio siglo.
Han cambiado los contextos. Primero el global, los '60 fueron años agitados en el mundo: la Revolución Cubana, el Mayo Francés, la Primavera de Praga, por citar algunos.
Después, el local. Argentina vivía una de las tantas dictaduras que marcaron el siglo 20, que tuvo breves y escasos períodos democráticos.

Aquello dio lugar a condiciones históricas, políticas y culturales que hicieron posible esa alianza explosiva entre trabajadores, estudiantes y sindicatos combativos.
La Córdoba industrial que no está más
La Córdoba del Cordobazo era una ciudad industrial. Miles de obreros salían diariamente de las plantas de IKA-Renault, de Fiat o de Perkins. El movimiento obrero tenía concentración territorial, identidad colectiva y un peso social enorme.
Sólo la columna obrera de IKA-Renault que avanzó hacia el Centro el 29 de mayo estaba integrada por miles de trabajadores.
La estructura económica de Córdoba tenía en la industria una pata clave. Era una de las capitales industriales de América latina.

Las plantas de IKA-Renault y de Fiat empleaban a más de 20 mil obreros.
El historiador italiano Camillo Robertini planteó hace unos años que en los '60, a nivel mundial, la Fiat era como hoy Google.

“Un poco el paralelismo que podemos hacer es con Google y con otras grandes empresas de la actualidad. No eran simplemente un lugar de trabajo, sino que también brindaban un bienestar social muy evidente y también una identidad”, dijo a Clarín.
Aquellos obreros tenían condiciones materiales y simbólicas muy distintas a las actuales. Un trabajador metalúrgico o mecánico de fines de los años '60, aun en medio de conflictos y dictaduras, podía proyectar una vida relativamente estable: salario industrial fuerte, empleo registrado, sindicato presente, obra social, vacaciones y perspectivas de ascenso social.

De hecho, el ministro de Economía de la época, Adalbert Krieger Vasena, que había dispuesto meses antes un congelamiento de salarios, se quejó de que la revuelta de Córdoba había sido liderada “por los empleados mejor pagos del país”.
Las condiciones generales hoy son bien diferentes.
Por un lado, el peso de la industria en la economía es cada vez más relativo y con ello va atada una serie de modificaciones de las relaciones de trabajo y de las estructuras sindicales.
Por el otro, el peso del trabajo informal, no registrado ni sindicalizado está por encima del 40% en el conjunto de los trabajadores.
El temor a la pérdida de los puestos de trabajo y al trabajo precarizado aleja cada vez más la posibilidad de expresiones colectivas.
Otro sindicalismo
Y, además, aquella referencia fuerte y prestigiosa de los líderes sindicales se ha diluido de la mano de gremialistas enquistados en sus estructuras poco democráticas, que han perdido afiliados, relevancia e incidencia.

En ese sentido, el Cordobazo tuvo dirigentes sindicales que, con enormes diferencias ideológicas, eran respetados incluso por quienes no pensaban como ellos. Agustín Tosco y Elpidio Torres podían enfrentarse políticamente, pero compartían algo fundamental: austeridad, coherencia y legitimidad construida desde abajo.
Desde la izquierda, Tosco murió prácticamente sin bienes materiales. Por el peronismo, Elpidio Torres era reconocido por caminar entre los trabajadores sin custodias ni privilegios.
Hoy, en cambio, gran parte de la sociedad asocia el sindicalismo con burocracia, negocios y corrupción.

Con sus diferencias, referentes como Tosco y Elpidio compartían la legitimidad social que hoy buena parte de los dirigentes sindicales carecen.
Aquella clase trabajadora tenía una experiencia compartida. Los obreros entraban y salían juntos de las fábricas, vivían en los mismos barrios, participaban de la misma vida social en los clubes, viajaban en los mismos colectivos y se reconocían como parte de un mismo mundo. Esa concentración material hacía posible algo que hoy parece lejano: la construcción cotidiana de solidaridad.
Una alianza que ya no existe
El movimiento estudiantil también tenía un importante desarrollo en Córdoba, sede de la universidad más antigua del país, con una población de 30 mil estudiantes, cinco mil de los cuales se reunían cada noche a cenar en el Comedor Universitario.
Y el Cordobazo fue la articulación entre estudiantes y trabajadores. La Córdoba de los años '60 había experimentado una fuerte expansión universitaria y una intensa movilidad social.
Muchos jóvenes obreros estudiaban en la Universidad o compartían espacios cotidianos con estudiantes. Investigaciones históricas muestran que esa alianza no surgió espontáneamente el 29 de mayo, sino que se fue construyendo en barrios, pensiones, sindicatos, comedores universitarios.
Hoy, el movimiento estudiantil de la Universidad Nacional de Córdoba mantiene capacidad de movilización, especialmente en defensa de la educación pública.

Sin embargo, el vínculo orgánico con el mundo del trabajo es mucho más débil que décadas atrás. La democratización universitaria y la elección directa de autoridades ampliaron la participación institucional, pero también empujaron gran parte de la política estudiantil hacia una lógica cada vez más universitaria y menos territorial.
El estudiantado cuenta con menos articulación con otros conflictos sociales. Ya no existe aquella conexión cotidiana entre el taller y el aula que hizo posible el Cordobazo.
Los números de desempleo, informalidad laboral, poder adquisitivo de los salarios son mucho más desfavorables ahora que hace 57 años, pero los contextos han cambiado diametralmente.

