Que la gente vuelva a confiar
La Policía provincial atraviesa uno de los peores momentos de su historia. El nuevo jefe lo sabe y tiene claro que una espada pende sobre su cabeza.
Austero, simple, despojado de cualquier pompa, sin efectismos y sin figuras políticas ni judiciales. Lo justo y necesario. Ni acto masivo en la explanada de la Jefatura policial, ni Himno nacional, ni miles de policías parados como estatuas, ni móviles recién comprados y lustrados posando, ni palcos, como en años anteriores. Ni gobernador, ni vicegobernadora. Ausencias, ausencias, más ausencias.
Lejos de toda ostentación, la ceremonia de ayer de asunción de las nuevas autoridades de la Policía de Córdoba fue un mero acto protocolar en el salón VIP de la Jefatura.
La oficina estuvo repleta, con las autoridades policiales entrantes y salientes; la nueva ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva (quizá la más nerviosa); su par de Justicia, Graciela Chayep (que no habló); comisarios jefes de distintas reparticiones; familiares de los recién ascendidos... y prensa, mucha prensa ávida de respuestas. En una mesa, apenas tres copas de agua que nadie bebería.
La Policía atraviesa uno de los peores momentos en su historia reciente. Por estas horas, está en la boca de un huracán impredecible, luego de que una investigación federal comenzara a avanzar sobre presuntos vínculos delictivos entre policías y narcos, lo que ya derivó en la detención de cinco oficiales de Narcotráfico (entre ellos, el ahora exjefe del área) y la imputación de otros tres altos jefes. Una investigación que, si bien al comienzo fue minimizada por el Gobierno provincial, en menos de una semana derivó en el descabezamiento de una cúpula policial que había llegado con toda la pompa y un acto soberbio nueve meses atrás.
Ayer hubo caras serias, mandíbulas apretadas, manos sudorosas. Las risas fueron aisladas. Y si las hubo, fue al final, cuando las esposas e hijos saludaron a los policías ascendidos.
El nuevo jefe policial, César Almada, es un comisario con amplia trayectoria en la fuerza, tiene apoyo de la tropa, cuenta con buenos pergaminos y llega en un momento muy delicado. Y lo sabe. Conoce que una espada pende sobre su cabeza. Almada reemplazó a Ramón Frías, quien ayer se fue sonriente y saludando a todos.
Alejo Paredes, el exministro de Seguridad, tampoco fue, pero le dio todo el apoyo a Monteoliva, una técnica que sabe que está en el centro de la escena: de ella depende nada más y nada menos que la principal preocupación de la sociedad: el delito en cada esquina.
Almada fue claro y directo. No leyó su discurso. Sabe que debe trabajar para recobrar la confianza de la sociedad. Lo dijo varias veces: hay que trabajar para que la gente “vuelva a creer en la Policía”. Con la voz entrecortada, dijo que en la Policía hubo “héroes” y que los seguirá habiendo, mencionó que hay 20 mil uniformados en las calles que se la “juegan”, habló de luchar contra el narcotráfico y alejar a los chicos de las drogas. Se fue aplaudido y emocionado. El tiempo le corre.

