A 50 años del Golpe. La presidenta que nadie quiere recordar

Isabel queda en un lugar ambiguo: pionera sin épica, protagonista sin relato. Ni heroína ni figura decorativa.

23 de marzo de 2026 a las 09:22 p. m.
La presidenta que nadie quiere recordar
Isabel Martínez de Perón

María Estela Martínez de Perón fue la primera mujer del mundo en ocupar la presidencia de un país. Su nombre, por esa sola razón, debería figurar en cualquier genealogía del poder femenino. Sin embargo, su memoria no convoca celebraciones sino silencios, incomodidades y simplificaciones. Hay allí una incomodidad persistente, cómo inscribir una figura que es, al mismo tiempo, pionera y fracaso.

Explicar ese olvido sólo en clave de género resulta insuficiente. Isabel fue, sin duda, objeto de un tratamiento machista, ridiculizada, infantilizada, reducida a la condición de viuda de Juan Domingo Perón. Pero esa dimensión no agota el problema. Porque Isabel no fue sólo un símbolo: gobernó, y lo hizo en condiciones extraordinariamente adversas.

Cuando asumió en 1974, heredó un escenario en crisis. El peronismo estaba fracturado y la economía comenzaba a sentir el impacto de la crisis del petróleo de 1973. No había margen para una transición ordenada, sino una acumulación de tensiones que empezaban a desbordar.

Los datos económicos son elocuentes. La inflación pasó de 24% en 1974 a más del 300% en 1975. El punto de quiebre fue el Rodrigazo, impulsado por Celestino Rodrigo: devaluación, aumento de tarifas y liberación de precios que pulverizaron el salario real. En pocos meses, los ingresos cayeron entre un 30% y un 40%. La Argentina del pleno empleo ingresaba en la experiencia de la pobreza.

Ese es el dato central; no fue el desempleo, todavía bajo, sino el empobrecimiento de quienes trabajaban. El pacto distributivo del peronismo clásico comenzaba a romperse. La promesa de movilidad ascendente se desmoronaba en tiempo real.

La conflictividad social acompañó ese deterioro. 1975 fue uno de los años con más huelgas registradas, incluso contra un gobierno peronista. La alianza entre Estado y movimiento obrero entraba en crisis. Por primera vez, el peronismo era impugnado desde su propia base.

Sin embargo, hay un punto clave: Isabel no creó esa crisis: la administró en su fase más aguda. Su margen de maniobra era mínimo. Cada decisión implicaba costos inmediatos, en un contexto donde el consenso se había evaporado. Gobernar ya no era conducir, sino contener.

En paralelo, la violencia política se intensificó. La Triple A y organizaciones armadas como Montoneros o el ERP configuraban un escenario de radicalización creciente. El Estado aparecía fragmentado, atravesado por lógicas contradictorias.

No hay evidencia concluyente de que Isabel haya creado la Triple A, pero sí gobernó mientras actuaba y formó parte del entramado que la permitió, al menos hasta la salida de José López Rega en 1975, por presiones de los sindicatos. Ese dato no la absuelve, pero obliga a leer su gobierno como una gestión desbordada, más que como un proyecto coherente.

Incluso en política exterior predominó la defensiva. La Argentina dejó de proyectar una estrategia autónoma y se replegó, condicionada por la crisis interna. Más que una decisión, fue una pérdida de capacidad.

Nada de esto convierte a Isabel en una figura exitosa. Su gobierno fracasó en estabilizar la economía, en contener la violencia y en sostener la cohesión política. Pero reducirla a una caricatura es también simplificar. El poder no siempre se ejerce en condiciones elegidas. A veces se ejerce en medio del derrumbe.

El final es conocido. El golpe de Estado de 1976 la derrocó y dio inicio al régimen criminal encabezado por Jorge Rafael Videla. Pero hay un aspecto menos señalado: Isabel no negoció su salida ni buscó garantías personales. Fue detenida y permaneció bajo arresto hasta 1981.

En un contexto donde muchos optaron por el exilio o negociaron protección, su conducta fue estoica. No convalidó al nuevo poder ni construyó una salida bajo tutela militar. Atravesó el encierro en silencio, convertida en la primera prisionera del régimen.

Por eso Isabel queda en un lugar ambiguo: pionera sin épica, protagonista sin relato. Ni heroína ni figura decorativa. Más bien, el rostro de una transición imposible. No inauguró la crisis: la encarnó. Y para muchos, en esa incomodidad reside, todavía hoy, la dificultad de recordarla.