
Llaryora ve en el deshielo con Milei una señal para 2027
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Redacción La Voz
Este Mundial de fútbol nos ha demostrado que las pausas de hidratación en la mitad de cada uno de los tiempos de juego tienen una incidencia relativa, pero no determinante en los partidos.
A grandes rasgos, el corte suele favorecer a los equipos que están con mayores dificultades en el juego, pero no termina siendo mucho más que eso.
La política argentina y la cordobesa han encontrado en esta Copa del Mundo su cooling break o hydration break.
No es un gol, no es un penal, no es el triunfo ni mucho menos el campeonato. Es un respiro, una tregua.
Una pausa para gestiones que, en diferentes contextos, están atravesando una serie de complicaciones.
Con cuestiones y urgencias distintas, Javier Milei y Martín Llaryora entraron al Mundial con muchos problemas.
Estos 40 días mundialistas fueron simplemente una pausa para tomar agua, elongar un poco y repensar algunos movimientos.
El partido en serio sigue el lunes, y los problemas seguirán estando en el mismo lugar que estaban hace un mes.
El Presidente y el gobernador comparten algo más: quieren un segundo mandato y seguirán, con el campeonato o el subcampeonato de fútbol, en su idea de sostener el camino hacia la reelección.

Pero para ese objetivo tienen que hacer los goles ellos y evitar que se los sigan haciendo.
Esto fue apenas una pausa.
Y ya tenemos casuística como para saber si llegar a las finales de mundiales da o no un envión a las gestiones en términos electorales.
Raúl Alfonsín empezó a despedirse con aquella dura derrota legislativa y de elección de gobernadores un año después de haber ganado el Mundial de 1986.
Carlos Menem recién empezaba cuando jugamos la final de Italia 1990.
Cristina Fernández no pudo imponer a su sucesor en 2015 después del subcampeonato en Brasil de 2014, y se cerró así el primer ciclo kirchnerista.
Alberto Fernández siguió más hundido que antes después de la tercera estrella de Qatar a fines de 2022.
Cuando la pelota mundialista se pare este domingo, los problemas seguirán en el mismo lugar.
La pausa de hidratación sí trajo algunas escenas amigables entre la gestión mileísta y la llaryorista.
La Nación le abrió el grifo a Córdoba y llegaron algunos fondos a las arcas locales, que fueron recibidos como agua en tiempos de sequía extrema.
Los de Llaryora se entusiasman con un acuerdo electoral tácito, de características similares al que sellaron en su momento Mauricio Macri y Juan Schiaretti.
Una canilla abierta es una señal, no un sello definitivo.
Además, habrá que dimensionar el peso político de los actores y un elemento que ni Milei ni Llaryora ni nadie puede manejar: la voluntad de los ciudadanos.
Las marcas que se ponen en las boletas de votación están hace tiempo alejadas de acuerdos de cúpulas. Y las estructuras tienen una incidencia cada vez más relativa; de lo contrario, Milei no sería presidente.

Milei hizo cambios obligados antes del Mundial y encontró oxígeno.
Llaryora haría lo mismo en los próximos días, aunque para reflotar su administración aparece en principio con menos herramientas propias que el libertario.
El gobernador tiene el lastre propio, el de los 27 años en el poder y el de la gestión capitalina, continuidad de la que él mismo encabezó hasta hace tres años.
Es curioso que Llaryora mueva el banco (o al menos mande a activar a quienes tiene en el banco) y siga sin hacerlo el intendente Daniel Passerini, que tiene en la ciudad de Córdoba los mayores problemas.
Alguno podrá argüir que en realidad los cambios provinciales tienen que ver con una injerencia cada vez más explícita en cuestiones municipales.
Como que Llaryora es entrenador de dos equipos a la vez. Justamente eso aumenta todos los riesgos que corre.