Análisis. Milei te puede gustar más o menos, pero...
El discurso en la apertura del 144° período de sesiones ordinarias del Congreso mostró que el Presidente, lejos de bajar el tono, redobla su idea de confrontación. El error de subestimarlo, las fallas de la oposición y la incomodidad de la oposición dubitativa.
Te puede gustar más o menos, podés cuestionar sus formas, su tono heavy y su vocación de conflicto permanente. Pero lo que a esta altura no podés es subestimar a Javier Milei. Su discurso en la apertura del 144° período de sesiones ordinarias del Congreso fue una demostración de esa potencia política que muchos siguen leyendo mal.
En la Asamblea Legislativa no habló como un presidente acorralado. Lo hizo más bien como alguien convencido de que está ganando la batalla cultural y que ahora va por la arquitectura institucional.
“Nada más importante que seguir defendiendo el equilibrio fiscal”, afirmó. La frase es una declaración de identidad. Porque, ¿alguien duda de que el equilibrio fiscal dejó de ser una variable macro para convertirse en un principio moral?
Ahí está una de las claves de su liderazgo, porque lo que Milei pone en juego son valores. Por ejemplo, cuando reiteró que “la justicia social es un robo” volvió a poner una bomba en el viejo lenguaje político argentino. Esa frase, que indigna a sus adversarios peronistas, funciona como dispositivo que cohesiona su base, al delimitar un "nosotros y ellos", y obliga al resto a tener que posicionarse con ese marco conceptual.
Subestimar a Milei es no comprender ese desplazamiento. Durante años, buena parte del sistema político creyó que su discurso era exageración, desvarío y que en el ejercicio del poder se moderaría. Sin embargo, el domingo en el Congreso redobló la apuesta. No sólo no buscó conciliación, sino que anunció 10 paquetes de reformas estructurales por ministerio, aunque no detalló los cambios que propondrá.
También volvió a cargar contra el pasado. Describió la herencia como una “situación de crisis terminal” y dijo que recibió un país al borde de “convertirse en Venezuela”. Esa narrativa cumple perfecto la necesidad de Milei. Si el punto de partida fue el abismo, entonces cualquier estabilización es un logro histórico. Punto para el Presidente.
En esa línea, le apuntó al kirchnerismo, la fuerza política que le dejó un país al borde de la hiperinflación. “Va a seguir presa… porque es una chorra”, dijo en referencia a Cristina de Kirchner, con lo que dejó en claro que la confrontación es fundacional para los libertarios. Aunque hasta el propio kirchnerismo sepa que no tiene hoy ni la fuerza ni los líderes para oponerse.

A Milei no le importa. Enfrentar a los K es una definición dirigida a consolidar su núcleo duro y a dejar a la oposición dubitativa (Provincias Unidas, por ejemplo) atrapada entre el silencio, que convalidaría el legado kirchnerista, y la dificultad para ofrecer algo distinto. ¿Pero qué?
El kirchnerismo se lo ganó. Viene cometiendo un error que el discurso del domingo volvió a exponer. Durante meses pronosticó que el gobierno de Milei no resistiría, que el ajuste sería políticamente inviable y que la calle lo forzaría a retroceder. Incluso un gobernador, el riojano Ricardo Quintela, dijo que el Presidente no debería llegar al fin de su mandato.
Pero nada de eso pasó. Por el contrario, Milei puede exhibir superávit fiscal, inflación a la baja y una narrativa de orden en la calle que la gente valora. Incluso, con sus bemoles, ha reconocido que la negociación institucional es parte de su gobierno.
Los empresarios, nuevos actores
El discurso incluyó otro elemento novedoso: la crítica a los empresarios. Habló de “prebendarios” que se beneficiaron de un entramado que permitía “robar” con precios abusivos, con acciones que formalmente eran legales, aunque ilegítimas. Señaló sobreprecios y mercados cerrados y dio ejemplos (los neumáticos y las remeras básicas) que toda la gente entiende.
Es un movimiento arriesgado, porque amplía el conflicto más allá de la política y lo lleva al corazón del capitalismo. Pero al mismo tiempo refuerza su imagen de outsider que no vino a negociar ni siquiera con las corporaciones del mercado.
Eso potencia todavía más su discurso y deja en claro que en Argentina también hay desconfianza hacia ciertos grupos económicos. Milei no se presenta como árbitro neutral entre intereses, sino como el que viene a romper el sistema de privilegios. Narrativa coherente con su campaña y su identidad.
El problema, para sus adversarios, es que siguen combatiéndolo en un plano que él ya desplazó. Lo critican por el tono, por las formas y por la agresividad verbal. Pero su capital político no depende de la corrección institucional sino de la percepción de eficacia y coherencia. Mientras una parte significativa de la sociedad crea que está cumpliendo lo que prometió, la retórica incendiaria no lo va a debilitar.
El problema es que eso no lo vuelve invulnerable, sino que su discurso lo ata a resultados económicos concretos. Cuando sostuvo que “la malaria terminó”, asumió un compromiso con la experiencia cotidiana de millones. Pero, ¿y si el salario real no mejora, si la actividad no repunta, si la promesa de apertura no se traduce en oportunidades? Entonces la épica perderá tracción.

Como sea, subestimar a Milei no es jactancia moral: es error analítico. Su intervención en la Asamblea Legislativa mostró a un presidente que no se siente transitorio, que no habló para administrar un ciclo, sino que piensa clausurar uno y abrir otro. Reducirlo a un fenómeno pasajero es repetir la ceguera que ya pagaron otros. Y la política argentina cambió de eje.



