Análisis. Milei y el ajuste: ¿ni el "fulbito" de los viernes?
La "motosierra" es la bandera del Gobierno nacional. Si bien, el equilibrio de la macroeconomía es indiscutible, sus efectos podrían estar golpeando el núcleo del ser nacional. Las ideas de Juan Carlos Torre pueden explicar lo sucedido con un grupo de amigos.
Apareció el fin de semana en la red X. Me pareció una escena menor que luego, leída con atención, demostró que condensaba un problema mayor. Resulta que un grupo de amigos que durante 20 años sostuvo una rutina (un partido de fútbol de los viernes, seguido de una comida compartida) empezó a resquebrajarse. Porque algunos ya no pueden pagar y otros se quedan a mitad de camino. Un ritual que se interrumpe.
"En los últimos 5 meses pasó algo que nunca había sucedido en mis grupos. Varias personas no pueden venir a jugar o no pueden quedarse a comer algo porque no llegan a fin de mes. Ni el fulbito con Milei", escribió Hernán Pablos en su cuenta en X.
Caí en la tentación de leer el posteo como una queja superficial, algo banal. En un país en crisis, donde la macro exige correcciones urgentes, ¿qué peso puede tener un partido de fútbol? Sin embargo, esa lectura fue cambiando porque, de alguna manera, linkeó con un texto que había leído días atrás.
Fue entonces que entendí que perdía de vista algo más profundo. Que lo que estaba en juego no era el consumo en sí, sino lo que ese consumo representa en la trama social.
Juego al fútbol los viernes desde hace 20 años. Sí, qué sé yo, ¿vos qué haces los viernes?
— hәrnān ҏablø (@hernanpablo) April 25, 2026
En los últimos 5 meses pasó algo que nunca en mis grupos. Varias personas no pueden venir a jugar o no pueden quedarse a comer algo porque no llegan a fin de mes.
Ni el fulbito con Milei
El otro texto al que hago referencia es del sociólogo Juan Carlos Torre, quien trabajó durante años sobre la hipótesis de que Argentina está atravesada por un “impulso igualitario” que no siempre se traduce en igualdad material, pero sí en una expectativa de trato horizontal.
Pero hay que aclarar que Torre explica que ese igualitarismo no es principalmente distributivo, sino relacional. No se trata tanto de cuánto tenés, sino de cómo los argentinos nos vinculan entre nosotros. De que "naides es más que naides" y de que en la interacción cotidiana no haya jerarquías demasiado visibles ni humillaciones implícitas.
Esa expectativa no se construye en los discursos ni en las estadísticas, sino en la vida cotidiana. En el club y en el asado con los amigos, por ejemplo (Pablo cuenta que entre los que jugan hay "gente que no llega porque sigue comprando boludeces" (antes llegaba) y además hay investigadores, comerciantes, docentes e independientes.
Allí, al menos por un rato las diferencias se suspenden o, más bien, se vuelven irrelevantes. Es muy común la transversalidad de esa práctica.
El "fulbito", entendí cuando uní ambos textos, entra en esa categoría. No es un lujo ni un exceso, sino como dispositivo de integración. Un lugar donde la pertenencia se practica y que cuando alguien deja de ir porque no puede pagar no solo está ajustando su gasto, sino que se está quedando afuera de un espacio donde verifica esa igualdad.
Desde esta perspectiva, el posteo dejó de ser trivial. No porque explique la crisis ni porque asigne responsabilidades. Al fin de cuentas, no dice si el ajuste de Milei es necesario o evitable. Lo que hace es registrar el quiebre de algo que durante décadas funcionó como igualador.
La crisis no es gratis
Es cierto que salir de la crisis “no es gratis” y que el desorden macroeconómico heredado del kirchnerismo implica costos. Lo vemos a diario con el ajuste de precios relativos, la caída del ingreso y la reconfiguración de hábitos de consumo. Ningún país corrige desequilibrios profundos como los nuestros sin atravesar una fase de pérdida.
El tema es la forma en que eso se experimenta socialmente. Porque no es lo mismo un ajuste que deteriore indicadores abstractos que uno que perfora prácticas de sociabilidad. Como la del "fulbito". Cuando la restricción económica se vuelve visible en esos espacios la percepción cambia.
Pero hay algo más, y vuelvo a Torre. Ese impulso igualitario es un valor integrador y también es una fuente de conflicto. En una sociedad donde las expectativas de trato horizontal son altas, cualquier ruptura se percibe con mayor intensidad. Cuando la igualdad es un ideal extendido, la desigualdad, aunque sea puntual, se vuelve más irritante.
El problema no es solo que el ajuste duela, sino que duele más en una sociedad especialmente sensible a la exclusión visible. A quedarse sin "fulbito".
Simplificaciones
Acá conviene evitar dos simplificaciones opuestas. La primera es algo que me surgió al comienzo, cuando quise desestimar el posteo porque me resultó frívolo. Bajo esta mirada, había leído la queja de Hernán como una muestra de incapacidad para asumir sacrificios, casi como un síntoma de inmadurez que impediría cualquier proceso de estabilización.
El problema es que esa lectura ignoraba que las personas no procesan los costos en términos puramente racionales. Los procesan -los procesamos- a través de experiencias concretas cargadas de significado.
La segunda simplificación, también mía, es que la escena también podía leerse como un “derecho al consumo” innegociable. Como si existiera una expectativa de que, aun en crisis, ciertas prácticas debieran permanecer intactas. ¿Por qué tenemos que privarnos del "fulbito"?
Pero tampoco es eso lo que muestra el posteo. No hay ahí una teoría de derechos ni una negación de la necesidad de ajuste. Hay, en cambio, la constatación de una pérdida que se siente injusta.
Entre esas dos lecturas se abrió la constatación de que no alcanza con que un programa sea técnicamente correcto; además tiene que ser socialmente viable. Y esa viabilidad no depende solo de la magnitud del costo, sino de su distribución y de su impacto en la cohesión.
La Argentina tiene una historia ambivalente en este punto. Ha aceptado sacrificios importantes, como la hiperinflación de fines de los ‘80, el desempleo de los ‘90, la crisis de 2001-2002; pero esa aceptación siempre fue condicional. Dependió de la expectativa de mejora, de la percepción de equidad en el reparto de cargas y de la existencia de ciertos amortiguadores (una especialidad del peronismo).
Y también hay una constante histórica, ya que cada intento de reorden económico o jerárquico chocó, tarde o temprano, con ese impulso igualitario que resiste la subordinación. Como dice Torre, no es un fenómeno nuevo, sino un patrón.
El problema aparece cuando el ajuste erosiona rápidamente los mecanismos de integración sin ofrecer señales de compensación o de horizonte. En ese escenario, la resistencia no surge de la incomprensión sino de la sensación de exclusión.
"Ni fulbito"
Volvamos entonces a la frase “ni el fulbito con Milei”. Es de alarma porque el impacto cruzó un umbral sensible. La idea no discute el programa del Gobierno en abstracto, sino que lo evalúa por su efecto en la vida cotidiana. En un hecho reconocible por todos.
¿Hasta qué punto es posible sostener un plan económico que, aun siendo necesario, deteriora la sociabilidad básica? ¿Dónde está el límite entre el costo inevitable y el costo destructivo? Spoiler: no hay una respuesta.
Pero ignorar estos indicadores micro puede ser tan problemático como ignorar los desequilibrios macro. Porque la legitimidad de un programa no se construye solo en los números, sino en la experiencia de quienes lo atraviesan.
Al mismo tiempo, también es necesario reconocer un riesgo inverso. Si toda pérdida de bienestar se traduce automáticamente en rechazo, cualquier intento de corrección se vuelve inviable. La sociedad queda atrapada en una lógica donde el costo presente invalida cualquier beneficio futuro.
Esa es, en parte, la trampa argentina de las últimas décadas.
La tensión, entonces, no se resuelve negando uno de los polos. Ni romantizando el “impulso igualitario” ni descalificándolo como obstáculo. Se trata de entender cómo opera, de reconocer que la cohesión social se apoya en prácticas que funcionan como pegamento, pero también que ese mismo impulso genera una sensibilidad frente a cualquier forma de exclusión.
El fin del "fulbito" no define la política económica de un país, pero puede anticipar su destino. En esa escena (menor) se cruzan la lógica del superávit macro y la de la integración social. Y cuando entran en conflicto, la resolución no depende solo de quién tenga razón técnicamente, sino de quién logre sostener un mínimo de pertenencia compartida.
La duda que queda abierta es si la Argentina puede, esta vez, atravesar ese equilibrio sin romperlo. Si es capaz de bancarse costos sin que eso destruya los espacios donde se reconoce como comunidad. O si la tensión entre ajuste y sociabilidad terminará inclinando la balanza hacia la inestabilidad.
Vuelvo al comienzo. Entendí que el posteo abría preguntas que no tienen respuesta fácil. A veces, el estado de una economía se entiende mejor mirando quién puede seguir jugando al fútbol un viernes que leyendo el resultado fiscal en una planilla de Excel.

